Archivo | agosto, 2011

Un verano inolvidable

31 Ago

¡Para humor estoy yo que llevo todo el verano en un apartamento precioso frente al mar y no me atrevo a salir de él! Lo he intentado muchas veces, pero nada, que no puedo. Por las mañanas me asomo a la terraza y contemplo un hermoso mar en calma y un cielo azul de ensueño. Ambos me llaman. ¡Leocadia, ven!, ven a bañarte en estas límpidas aguas que fortalecerán tus huesos. Ven a recibir una dosis justa de rayos solares que te aportaran vitamina D que tan beneficiosa es para tu salud. Y yo deseando, pero que no, que no me visto, que no me pongo el bañador y que no salgo. Eso sí, me desayuno un tazón de los grandes lleno de cereales integrales con leche y media torta de pasas y nueces que me sube la vecina cuando va a comprar el pan. La recibo en la puerta, le doy las gracias y no la dejo entrar para que no vea
mi absoluto desorden. A mediodía y por la noche como unos menús exquisitos y abundantes que pido por teléfono en el restaurante.

Las tardes son igualmente insoportables. Contemplo desde el balcón el paseo lleno de gente alegre andando de aquí para allá. En una casa cercana entonan el “cumpleaños feliz”, en otra mueven sin cesar los cubilete de dados del parchís y mi vecinita de abajo toca el saxofon, ya con cierta maestría, no con la pesadez con la que empezó hace 14 años. Yo quiero bajar , quiero pasear, tomar el aire y despejar esta cabecita mía que esta cada día más sonada, pero nada que no puedo. En el armario guardo todo el vestuario de la temporada que me compré por catálogo, muerto de risa está el pobre, ni me atrevo a abrir la puerta para que no se ría en mis narices o me diga alguna barbaridad. Qué ganas tengo de que llegue el invierno para estar tan a gusto metida en casa al amor de la chimenea.

Texto: Lucrecia Hoyos Piqueras
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Tango con luna

30 Ago

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Esta es la noche. Contempla su figura en el espejo, la imagen le satisface, la chaqueta bien ajustada, el pantalón gris que se acopla a sus piernas a la perfección, el pañuelo al cuello y el chambergo tanguero ligeramente ladeado, dejando caer apenas una sombra sobre su oscura mirada.
Es un hombre dispuesto a la conquista de su amor, quizás hoy sea posible el prodigio.
Sale a la calle, las manos medio ocultas en los bolsillos de la chaqueta, al pisar el asfalto su cuerpo inicia de una manera inconsciente el cadencioso movimiento de caderas de un compadrito.
Ella ilumina las calles que lo conducen a su cita mensual, hoy está espléndida con una claridad que hacia tiempo que no mostraba.
Ahí está su placita, el lugar de su declaración de amor. No hay farolas, no es necesario, su hermosa obsesión alumbra todo en el pequeño círculo que es su escenario.
Se coloca en el centro, durante unos segundos
permanece inmóvil, la melodía se acerca y llena su interior, sólo él puede oírla y el tango se inicia, el torso inmóvil, los pies empiezan a moverse, los brazos se levantan, en un claro gesto de abrazo sensual a una pareja invisible.
En el silencio de su mente, se deslizan mágicamente las estrofas.
“Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida…!
Sí, sabe que es una buena elección, su esquiva amante hoy tendrá que bajar y dejarse llevar entre sus brazos.
Se desliza con fiereza por la coqueta plaza, con destreza va resolviendo cortes, quebradas y firuletes, sintiendo dentro de sí todas las palabras de la canción.
“El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta…”
Los balcones son mudos testigos de sus sensuales movimientos, ni una sola luz se enciende en las ventanas.
 Apoyada en la baranda de su mirador Flora contempla el silencioso baile del hombre, no pierde ninguno de los movimientos. Sus ojos nostálgicos siguen con avidez cada uno de los gestos del personaje, de forma imperceptible su cuerpo parece acompañar el ritmo, sus viejos huesos protestan, está varada como una sirena en espera del milagro que cada luna llena se produce. Ilusionada por el regalo que la noche le entrega.
Más alejada, en el ventanal de la esquina, María se esconde tras las cortinas, sabe que la oscuridad impide que nadie pueda saber que está ahí, hace tiempo que se refugió en la soledad, nadie volvería a hacerle daño,  no padecería el dolor del desengaño.  Observa al bailarín, no puede evitar sentirse conmovida por ese derroche de pasión sin mesura que se despliega ante su mirada. Todos los meses espera impaciente la actuación, las noches de luna llena él acude puntual y ella durante el tiempo en que se produce este milagro de entrega, vive la emoción de un amor que ha renunciado a conocer.
Agarrando los barrotes con sus pequeñas manos, Victoria mantiene sus ojos abiertos, maravillada sin perder detalle de la coreografía fantástica que se desarrolla en la plaza, sueña con los príncipes que llegaran a su vida, quizás le ofrezcan como este danzarín el baile que dibuje durante toda su vida una sonrisa en sus labios.
Orlando, ajeno a las espectadoras que le observan, baila, sus ojos cerrados, sintiendo entre sus brazos el dulce peso de su amante, las lagrimas de felicidad se deslizan mansas por sus mejillas, esta noche sí, el ensueño está vivo. Su luminosa amante ha danzado en su regazo.
Texto: © Elysa Brioa Escudero
Narración: La Voz Silenciosa

Perdida

30 Ago

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Lo peor es que no me quiero encontrar.

O lo mejor.
Vagar y divagar por este bosque de cemento
donde sólo huelen a pino los ambientadores
y los semáforos me señalan órdenes
que ya no pienso cumplir.
Callejear como una perra
sin collar ni vacunas,
sin necesidad de marcar territorio
ni extender olores.
Reconcentrada como el zumo de la sabiduría
que sabe más por lo que duele que por vieja.
Recalcitrante en mis convicciones
única religión que como agnóstica ladro.
Habitada por mis pulgas, malas o buenas,
pero mías.
Me rasco donde me pica,
me lamo donde me place,
y la lluvia me moja más que nunca.
Perdida en la felicidad de lo evidente,
en el paisaje de lo tangible y
en la convicción sana de que soñar
no sale gratis.

Texto: Anabel Consejo Pano
Narración: La Voz Silenciosa

La muerte no tiene vacaciones (en tres Actos)

30 Ago
ACTO 1. La vida pasa.

La jornada emergió azul; la brisa, suave; el sol, humano. La luz del día penetraba entre las oquedades del cortinaje, ofensiva, insultante, encumbrando el desorden, la anarquía de aquella desconsolada habitación de hotel. Se oteaba el mar. Ella, allí sentada; absorta, en el vidrio de la ventana se reflejaba su mirada cansina; sus ojos perdidos en el horizonte, la sombra de su existencia irradiada en el batir de las olas. Estremecida, la vida que va y viene, la vida que te moja, que te cala, que te empapa… Así estaba, meditabunda, abstraída, ensimismada, cautiva de sus aprietos, presa de sus problemas, esclava de sus ahogos. Los minutos que pasan, las horas que se suceden, el día que cae, que huye, el sol perezoso, camino del ocaso. Nubes de crepúsculo, frío, sus sueños, sus ilusiones saturadas de tristeza, de estruendos, de sal y de arena. Allí estaba, barruntando pensamientos, la vida convertida en
una ruina, devastada, calamitosa; el ruido de sus angustias, ! la cantinela de sus obsesiones, le impidió escuchar el eco de su consciencia, raída, huérfana de satisfacciones, su cerebro martilleaba a consternación, a desesperanza.

ACTO 2. Desde la ventana

El azul del cielo devino gris, tal vez negro; una soledad prepotente, vacía, inmensa, envolvió su contorno, su cuerpo sudoroso, su mente desgastada naufragaba en un mar hórrido, atroz, como si la bolsa amniótica de la existencia se hubiera roto hecha añicos, fragmentada en mil pedazos. En ese momento abrió el ventanalque le permitía ver el mundo, cortó el cordón umbilical que le unía a la vida y, retando a la ley de la gravedad, se arrojó al vacío. Mientras su cuerpo peregrinaba por el acantilado de la muerte, caviló en el mas allá: ¡puta vida!, no había túnel oscuro, ni luz cegadora, ni siquiera vio su vida despedazada en fotogramas; ni su espíritu, ni su alma, se transmutaron reencarnándose en un ave, o simplemente en aire, en viento, en polvo: nada, sólo le asaltó el vértigo infinito del fracaso. Mientras se arrepentía, como siempre, percibió que la vida le había vuelto a engañar, pero esta vez no se dejó vencer y, antes de chocar contra el sue! lo, dejó de respirar traicionando así a la muerte. Quedó allí extendida, garabateada en el asfalto. Yo sólo la vi caer.

ACTO 3: Yo sólo la vi caer.

Observé su mirada añil, su belleza, su rostro de princesa, y me sorprendió que su sangre no fuera azul. ¡Ojalá la hubiera conocido antes!, para auxiliarla, para socorrerla, para abrazar su hombro y susurrarle al oído que siempre, en cualquier circunstancia, es mejor existir. Abochornado por mi osadía, me desleí en esos pensamientos y sentí frío, el mismo que envuelve al embustero, el mismo que encubre al farsante: ¿quién soy yo para enjuiciar sus actos?, ni siquiera conozco su nombre. Ella, me da igual como se llamara, tuvo valor, se lanzó al vacío y libremente eligió expirar, morir. ¿Yo?, no tengo agallas, ni siquiera cojones para pensarlo, yo solo soy un esclavo, un presidiario de las mazmorras de la vida. ¿Quién coño me he creído? ¿Quién soy yo para decirle no temas, es mejor vivir? Quizás un mequetrefe, tal vez un majadero, un mentecato. Tendría que borrar estas líneas, desmembrar estas frases, deshacer mi indolencia, pero ya no puedo, no soy ca! paz. Yo sólo la vi caer, como pluma de ánade que bambolea el viento, como cometa perdida rebuscando una mano, y conjeturé sus últimos pensamientos, imaginé sus postreras divagaciones y me atreví a escribir esta mierda de relato. Ni siquiera conocía su nombre, yo sólo la vi caer, quedó allí tendida, extinta, su cuerpo eviscerado, descoyuntado, naufragando en un océano de sangre. Sí, por jodida que sea la subsistencia, por lacerante que sea la vida, le hubiera dicho que siempre es mejor existir. Lo siento, yo sólo la vi caer desde la ventana, y la miré a los ojos.
Texto: Xavier Blanco

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Ultílogo

29 Ago

Con sus últimas fuerzas escribiría aquel último ser, luego de haber visto todo lo que sus ojos podían ver, una frase de corta extensión para lo que fue una larga vida, pero no la vida de este ultimo ser, no, sino la larga vida de toda una especie que había habitado el lugar. Tres palabras, cada una más corta que la otra, fueron tomando forma sobre la arena, y sobre la arena también quedaban sus fuerzas. Al concluir, cayó suavemente, y de su boca un último suspiro brotó, borrando la frase.

Texto: Marian Alefes Silva

Nada es lo que parece

29 Ago

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─¿Su mujer? –Preguntó el barman mientras adornaba las caipiriñas con alegres minisombrillas de colores.

El rostro se le retorció con una expresión entre duda y extrañeza.
─Tiene muchas perras. ¡Qué le vamos a hacer!
Lo esperaba en la orilla, recostada en la hamaca, con el pelo encrespado de tanto tinte, las carnes colgonas renegridas por el sol y su sonriente boca arrugada mostrando una dentadura gastada por el tiempo.
─¡Qué bueno que te haya tocado la lotería mamá!
─ Y mejor premio aún que me hayas querido acompañar en este viaje. El que me prometió tu padre desde que nos conocimos.
Sus ojos se aguaron mientras le daba un sorbo a la bebida y apretaba fuerte la mano de su hijo invitándolo a sentarse a su lado.
Ambos se quedaron juntos, abrazados, vigilados por la atenta mirada de un camarero que retorcía su imaginación y juzgaba indignado lo que no conocía.

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Narración: La Voz Silenciosa

El ciclo de la vida

28 Ago

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María tiene ochenta años, Alba veinte días. Casi un siglo, dos generaciones biológicas – tres si consideramos el tiempo real- les distancian y separan. Ahora están juntas, sujetada la pequeña por los brazos temblorosos e inseguros de la mayor, que no cesa de sonreír y de decir palabras halagadoras; demasiadas palabras, frases repetititivas y estereotipadas que al cabo de un rato resultan cansinas:

– ¡Qué bonita es!. Hay que ver las manos lo pequeñas que se ven. Tiene mucho pelo, parece rubio…- y vuelta a empezar
-¡Qué bonita es…- Su débil cerebro no da para más, pero nadie duda de su emoción sincera y de que esa niña nueva,
su undécima nieta, supone el regreso por unos minutos a los tiempos en los que se sintió útil – esposa, madre, abuela- y que ella ignora, aunque empiece a sospecharlo, que nunca volverán.
Alba aún no sabe hablar, apenas sonríe, necesita ser alimentada y cuidada a todas horas para sobrevivir ( las crías de la especie humana tardan en ser autosuficientes), pero llora, mama y patalea como una jabata. María, en el extremo opuesto del ciclo vital, se vale por sí misma para comer, arreglarse y asearse, mas su conversación cada vez es menos inteligible y, aunque camina sin bastón, sus pasos carecen de rumbo y su día a día requiere casi tanta supervisión como los de la recién nacida.
Dentro de muy pocos años, tres, cuatro a lo sumo, sus papeles se habrán invertido: Alba se desplazará libremente, con algún tropezón que le enseñe a caminar con prudencia, y se comunicará con palabras para entender y hacerse entender; María se parecerá cada vez más a la bebita que ahora acoge en su seno, al cachorro humano incapaz de sobrevivir por sí solo.
Hoy, que todavía es mayor el empuje de la anciana que el de la niña, inmortalizo y retengo esos momentos como homenaje a la vida, que sigue su ciclo imparable y que a veces puede ser maravillosa.
Texto: Ángeles Hernández
Narración: La Voz silenciosa

Cambio de hábitos

28 Ago
Fue en verano. Bastó una semana para darse cuenta de que en cuestión de amores y relaciones de pareja, no iba a ser nominado al premio del “hombre del año”. Tras el enésimo fracaso sentimental, responsable de una herida que dolió mucho más que cualquiera de las anteriores, decidió que era un buen momento para iniciar lo que denominó como “Dieta de los Sentimientos”. Un recurso necesario para su salud emocional, que con el paso de los meses se estaba especializando en generar hábitos tóxicos en forma de abandonos y desamores. Recordó la recomendación de un compañero que, abocado por las circunstancias a iniciar dicha dieta, consiguió modificar
su tormentosa vida sentimental en un plazo no demasiado largo.
Indicado en casos de sobrepeso de las emociones (sobre todo en aquéllos con ingesta elevada de proteínas dañinas como tristeza, decepción y soledad) este régimen era la mejor opción a adoptar en ese momento de su vida, en el que los excesos alimentarios en forma de rechazo y desconfianza habían llevado a provocar una úlcera aguda de autoestima. Además, sus niveles sanguíneos de fracaso alcanzaban unos valores patológicos que ningún corazón toleraría sin rozar el infarto por depresión.
Como toda dieta, ésta también se componía de una lista de alimentos recomendables (para rehabilitar un estado de ánimo deteriorado) y de otros prohibidos, tanto por su excesivo contenido calórico-sentimental como por ser perjudiciales para el metabolismo de una confianza que no se encontraba en el mejor nivel de salud.
Entre los nutrientes adecuados en esta dieta, se encontraban el afecto, la esperanza, el optimismo y la seguridad; pero todos debían tener como acompañamiento un aliño de felicidad y alegría que no siempre eran fáciles de encontrar, salvo en tiendas especializadas. Los expertos recomendaban también beber al menos dos litros diarios de ambición, combinados con zumo de humildad para contrarrestar la acidez provocada. Si bien una consecuencia inicial de la dieta era un rechazo a tolerar alimentos tan positivos, este efecto secundario desaparecía en cuanto los kilos de orgullo descendían a valores adecuados.
Por contra, la dieta descartaba de manera categórica todo tipo de alimentación en la que la indiferencia fuera el ingrediente principal. Alimentos del tipo de la autocompasión, el desaliento, la ansiedad y la vehemencia no formaban parte de las recetas recomendadas. Podían provocar alergias de frustración y una intolerancia a la inferioridad que no era adecuada para el buen funcionamiento corporal.
La duración dependía del estado inicial en el que el sujeto se encontrase. Era obvio que en casos de sobrepeso grave, provocado por adicciones a comida basura tal como el desprecio y el pesimismo, se precisaba una duración mayor del tratamiento. Pero por regla general, en un intervalo de tres a cuatro meses, un 90% de los pacientes recuperaba su peso adecuado, lo que se controlaba mediante la báscula de la aceptación.
El ejercicio se antojaba parte fundamental de esta dieta de sentimientos, pues sus beneficios para la euforia y la resolución eran conocidos por todos los científicos y nutricionistas que habían desarrollado la idea. Su único peligro era que, practicado en exceso, podía elevar las enzimas de la vanidad, creando un efecto paradójico no siempre bien entendido por el enfermo.
Y en aquel día de verano, plenamente motivado y con la convicción de aportar un cambio radical en el aspecto corporal de sus emociones, se prometió a sí mismo que comenzaría esa severa dieta.
En Septiembre la conoció y se enamoró de ella. Ingeniosa, sensual y llena de vida. Su sonrisa fue la mejor medicina para abandonar una dieta que ya no volvió a necesitar durante el resto de su vida.

Texto: Miguel Ángel Díaz Fuentes
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Crisis

27 Ago

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A las ocho y media de la mañana la cola ya era infinita, una cadena cuyos eslabones se soldaban más fuertes a la cruda realidad. La oficina de empleo estaba situada en una calle del antiguo barrio latino, adoquinada y flanqueada por edificios de solera. El silencio reinante irrumpía en los corazones como una ola fría que helaba el alma y la esperanza. Nadie tenía prisa ni intentaba colar el turno.
El sonido de unos pasos firmes y rápidos que se acercaban a la cola de las horas muertas, atrajeron la atención de todos. Una silueta de aspecto infantil se paró al comienzo de la insana culebra. Lo que más llamaba su atención era un enorme lazo rojo sobre un pelo castaño terminado en unos tirabuzones que enmarcaban un rostro dulce de grandes ojos profundos y labios como cerezas frescas. La vestimenta resultaba extraña y algo ridícula, pero estaba impecable: un pichi azul cielo sobre una exquisita camisa de batista, unos calcetines del mismo color que el vestido resaltados por unos zapatos rojos brillantes.
-Buenos días-dijo- ¿Es aquí donde dan trabajo?
Los asombrados penitentes laborales no daban crédito
a lo que estaban viendo, el primero de la cola contestó:
– Trabajo, lo que se dice trabajo no es que den; pero si guardas cola cuando llegue tu turno formarás parte de un mundo laboral que no existe.
– ¿Cola? – contestó el extraño personaje- ¡No tengo tiempo para guardar cola.¡Tengo que trabajar! Por favor me dejaría usted pasar? Sólo me llevará unos segundos.
 Al decir esto, un diminuto yorkshire apareció de entre los brazos de la chica, arrugó su hocico mostrando unos colmillos nada despreciables para su tamaño y sus ojillos brillaron tomando un tono rojizo. Por su apariencia se notaba que no había comido carne en varios años. La cabeza de la cadena calibró la situación y llegó a la conclusión de que era mejor dejarlos pasar ante la sospecha de tener que soportarlos un minuto más.
-Está bien -dijo en un suspiro el primero de ellos -por mí puedes pasar.
La chica dio las gracias y entró en el edifico que en otros tiempos sirvió de hospital. Se acercó a la ventanilla de demandas de empleo y tosió.
El funcionario levantó la vista sobre sus gafas de cerca. Llevaba más de veinte años como funcionario del INEM y jamás había visto algo semejante.
– ¿En qué puedo ayudarla? -dijo.
-Pues está claro, ¿No es aquí donde dan trabajo? Pues quiero trabajo, mejor dicho, quiero cambiar de trabajo.
-Muy bien-. Contestó el funcionario- lo que desea es una mejora de empleo. Dígame su nombre, apellidos, en qué trabaja y los motivos para querer cambiar de empleo.
-Me llamo Dorothy Gale , trabajo en la tierra de Oz desde el año 1900 y el motivo de querer cambiar de trabajo es que estoy hasta el lazo de cantar el “Somewhere Over the Rainbow “. Estoy harta de este vestido y estos zapatos rojos; ¿A nadie se le ha ocurrido que en más de un siglo me han crecido los pechos y los pies? ¡Me aprieta todo ¡¡Me duele todo ¡¡Y estos malditos tirabuzones ¿Usted ha visto que alguien hoy en día lleve tirabuzones? Por no hablar de mis compañeros de trabajo:
 Un hombre de lata que tengo que engrasar cada cinco minutos, y entre usted y yo; desde hace unos años más por las partes bajas que por el resto del cuerpo, porque, según él, se atora. Un hombre de paja al que he repetido mil veces que debe seguir el camino de losas amarillas y no se entera. Y para colmo, un león que dice ser un cobarde, pero que más bien es un pillo que finge tener miedo para esconderse bajo mi falda. ¿Le parecen motivos suficientes, señor calvo con kilos de más?
El funcionario no daba crédito a lo que estaba oyendo- me llamo Filiberto-dijo algo tímido.
¡Ohh! ,Lo siento -contestó Dorothy- cada uno tenemos nuestros problemas. El caso, señor Gilberto..
-Filiberto, me llamo Filiberto – interrumpió el funcionario.
 Eso he dicho, Filamento. -El funcionario suspiró resignado- Como le iba diciendo, la bruja del norte me ha enseñado un folleto de los trabajos que hacen las chicas hoy. He visto a una tal Lara Croff, que viste monísima: pantalones cortos , ¡Muuuuy cortos !, camisas ajustadas y escotadas, lleva pistolas en los muslos , da saltos enormes , el pelo recogido en una maravillosa trenza, pega patadas a todos los hombres paja del mundo, es inteligente , guapa y sobretodo: ¡No tiene que cantar constantemente ! . He decidido que quiero ser otra Lara croff. Un ligero ladrido del yorkshire cerró el argumento.
 Filiberto seca el sudor de su frente mientras imagina el maravilloso día en que su jefe le regala un reloj de oro como agradecimiento a los años de servicio durante la fiesta de su jubilación. Vuelve a su ordenador e imprime una tarjeta de mejora de empleo.
-Aquí tiene, señorita Gale, su mejora de empleo. En cuanto tengamos una oferta que se adapte a su demanda nos pondremos en contacto con usted.
– ¿Ya está? -dijo Dorothy sorprendida- ¿Tan fácil? ¡Ohh, gracias , gracias, señor Undalberto!.
Dorothy agarró temblorosa su tarjeta de empleo y salió del edificio observando con admiración aquel trozo de papel que cambiaría su vida. Caminó por el centro de la calzada sin oír el estruendo de pitidos procedentes de la larga cola de conductores que siempre llevan prisa.
– ¿Ves Toto? -dijo- ¡Mira este papel ¡Es la puerta a la libertad ¡ . Es el sueño de toda chica moderna: Fama, riqueza… Es caminar por la vida con un enorme trasero y una gran delantera. Seré el objeto del deseo de todos; idolatrada, venerada y admirada. Conseguiré imitadoras, fans enloquecidos que me enviarán flores y regalos caros. Toto, míralo bien. En este papel se esconde una nueva Dorothy Gale. Dentro de muy poco, dejaremos esa horrible granja de Kansas y nos mudaremos a una X-BOX.Pero antes quemaremos estas malditas zapatillas rojas ¡¡¡POR ESTAS!!!
Texto: Mae (Ester)
Narración. La Voz Silenciosa

Sueños monstruosos

27 Ago

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Una de las primeras palabras que aprendió fue mar. Una de las primeras que pronunció con nitidez, sin balbuceos. 
No sería sorprendente si no fuera porque él había nacido tierra adentro, donde el mar es sólo una figura lejana, una representación azul sobre un mapamundi, una inmensidad que mucha gente apegada a esa tierra reseca nunca llega a contemplar.
Sin embargo, para él fueron tres letras que se convirtieron en una inquietud desde la infancia.
Para llegar ese momento tuvieron que transcurrir más de sesenta años. En su imaginación creó un sueño, una imagen forjada a través de las lecturas de innumerables libros de historia: Barcos que arribaban a orillas mediterráneas donde sólo existía la arena, el agua y el sol. Playas interminables, limpias y protegidas por feroces dioses, hombres de un solo ojo y terribles criaturas de cuya cabeza salían serpientes. Sesenta años recreando una fábula. 
Tomó un tren y
se sentó junto a la ventanilla. Con los ojos cerrados, mientras atravesaban tierras rojizas salpicadas de oleaje amarillo, recordó las imágenes vistas en los documentales: los colores cambiantes del agua, la bravura de las olas, los fondos marinos. Respiró hondo para que el deseado salitre calara en sus pulmones sedientos de aire húmedo. 
Al llegar a su destino fue en busca del mar. Anduvo desorientado entre gigantescos edificios, monstruos que parecían ahuyentar el sol. Después de preguntar a varias personas, llegó hasta la playa. El mar seguía allí, ajeno al devenir del mundo. Con la sensación de vivir un mal sueño, se acercó hasta la orilla sorteando sombrillas, toallas y gente tumbada sobre la arena. El mar, su mar estaba allí, a sus pies, y lo encontró absurdo, con todo aquel escándalo, aquella gente gritando, los edificios rodeándolo como si pretendieran ahogarlo entre sus paredes.
Al despertar en el hospital no tuvo conciencia del tiempo que permaneció de pie en la orilla buscando sus dioses feroces o sus hombres de un solo ojo. Al recibir el alta, cogió de nuevo su maleta y regresó, con los ojos resecos, a su casa.
Texto: Elena Casero.
Narración: La Voz Silenciosa 
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