Archivo | agosto, 2011

Un verano inolvidable

31 Ago

¡Para humor estoy yo que llevo todo el verano en un apartamento precioso frente al mar y no me atrevo a salir de él! Lo he intentado muchas veces, pero nada, que no puedo. Por las mañanas me asomo a la terraza y contemplo un hermoso mar en calma y un cielo azul de ensueño. Ambos me llaman. ¡Leocadia, ven!, ven a bañarte en estas límpidas aguas que fortalecerán tus huesos. Ven a recibir una dosis justa de rayos solares que te aportaran vitamina D que tan beneficiosa es para tu salud. Y yo deseando, pero que no, que no me visto, que no me pongo el bañador y que no salgo. Eso sí, me desayuno un tazón de los grandes lleno de cereales integrales con leche y media torta de pasas y nueces que me sube la vecina cuando va a comprar el pan. La recibo en la puerta, le doy las gracias y no la dejo entrar para que no vea
mi absoluto desorden. A mediodía y por la noche como unos menús exquisitos y abundantes que pido por teléfono en el restaurante.

Las tardes son igualmente insoportables. Contemplo desde el balcón el paseo lleno de gente alegre andando de aquí para allá. En una casa cercana entonan el “cumpleaños feliz”, en otra mueven sin cesar los cubilete de dados del parchís y mi vecinita de abajo toca el saxofon, ya con cierta maestría, no con la pesadez con la que empezó hace 14 años. Yo quiero bajar , quiero pasear, tomar el aire y despejar esta cabecita mía que esta cada día más sonada, pero nada que no puedo. En el armario guardo todo el vestuario de la temporada que me compré por catálogo, muerto de risa está el pobre, ni me atrevo a abrir la puerta para que no se ría en mis narices o me diga alguna barbaridad. Qué ganas tengo de que llegue el invierno para estar tan a gusto metida en casa al amor de la chimenea.

Texto: Lucrecia Hoyos Piqueras
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Tango con luna

30 Ago

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Esta es la noche. Contempla su figura en el espejo, la imagen le satisface, la chaqueta bien ajustada, el pantalón gris que se acopla a sus piernas a la perfección, el pañuelo al cuello y el chambergo tanguero ligeramente ladeado, dejando caer apenas una sombra sobre su oscura mirada.
Es un hombre dispuesto a la conquista de su amor, quizás hoy sea posible el prodigio.
Sale a la calle, las manos medio ocultas en los bolsillos de la chaqueta, al pisar el asfalto su cuerpo inicia de una manera inconsciente el cadencioso movimiento de caderas de un compadrito.
Ella ilumina las calles que lo conducen a su cita mensual, hoy está espléndida con una claridad que hacia tiempo que no mostraba.
Ahí está su placita, el lugar de su declaración de amor. No hay farolas, no es necesario, su hermosa obsesión alumbra todo en el pequeño círculo que es su escenario.
Se coloca en el centro, durante unos segundos
permanece inmóvil, la melodía se acerca y llena su interior, sólo él puede oírla y el tango se inicia, el torso inmóvil, los pies empiezan a moverse, los brazos se levantan, en un claro gesto de abrazo sensual a una pareja invisible.
En el silencio de su mente, se deslizan mágicamente las estrofas.
“Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida…!
Sí, sabe que es una buena elección, su esquiva amante hoy tendrá que bajar y dejarse llevar entre sus brazos.
Se desliza con fiereza por la coqueta plaza, con destreza va resolviendo cortes, quebradas y firuletes, sintiendo dentro de sí todas las palabras de la canción.
“El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta…”
Los balcones son mudos testigos de sus sensuales movimientos, ni una sola luz se enciende en las ventanas.
 Apoyada en la baranda de su mirador Flora contempla el silencioso baile del hombre, no pierde ninguno de los movimientos. Sus ojos nostálgicos siguen con avidez cada uno de los gestos del personaje, de forma imperceptible su cuerpo parece acompañar el ritmo, sus viejos huesos protestan, está varada como una sirena en espera del milagro que cada luna llena se produce. Ilusionada por el regalo que la noche le entrega.
Más alejada, en el ventanal de la esquina, María se esconde tras las cortinas, sabe que la oscuridad impide que nadie pueda saber que está ahí, hace tiempo que se refugió en la soledad, nadie volvería a hacerle daño,  no padecería el dolor del desengaño.  Observa al bailarín, no puede evitar sentirse conmovida por ese derroche de pasión sin mesura que se despliega ante su mirada. Todos los meses espera impaciente la actuación, las noches de luna llena él acude puntual y ella durante el tiempo en que se produce este milagro de entrega, vive la emoción de un amor que ha renunciado a conocer.
Agarrando los barrotes con sus pequeñas manos, Victoria mantiene sus ojos abiertos, maravillada sin perder detalle de la coreografía fantástica que se desarrolla en la plaza, sueña con los príncipes que llegaran a su vida, quizás le ofrezcan como este danzarín el baile que dibuje durante toda su vida una sonrisa en sus labios.
Orlando, ajeno a las espectadoras que le observan, baila, sus ojos cerrados, sintiendo entre sus brazos el dulce peso de su amante, las lagrimas de felicidad se deslizan mansas por sus mejillas, esta noche sí, el ensueño está vivo. Su luminosa amante ha danzado en su regazo.
Texto: © Elysa Brioa Escudero
Narración: La Voz Silenciosa

Perdida

30 Ago

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Lo peor es que no me quiero encontrar.

O lo mejor.
Vagar y divagar por este bosque de cemento
donde sólo huelen a pino los ambientadores
y los semáforos me señalan órdenes
que ya no pienso cumplir.
Callejear como una perra
sin collar ni vacunas,
sin necesidad de marcar territorio
ni extender olores.
Reconcentrada como el zumo de la sabiduría
que sabe más por lo que duele que por vieja.
Recalcitrante en mis convicciones
única religión que como agnóstica ladro.
Habitada por mis pulgas, malas o buenas,
pero mías.
Me rasco donde me pica,
me lamo donde me place,
y la lluvia me moja más que nunca.
Perdida en la felicidad de lo evidente,
en el paisaje de lo tangible y
en la convicción sana de que soñar
no sale gratis.

Texto: Anabel Consejo Pano
Narración: La Voz Silenciosa

La muerte no tiene vacaciones (en tres Actos)

30 Ago
ACTO 1. La vida pasa.

La jornada emergió azul; la brisa, suave; el sol, humano. La luz del día penetraba entre las oquedades del cortinaje, ofensiva, insultante, encumbrando el desorden, la anarquía de aquella desconsolada habitación de hotel. Se oteaba el mar. Ella, allí sentada; absorta, en el vidrio de la ventana se reflejaba su mirada cansina; sus ojos perdidos en el horizonte, la sombra de su existencia irradiada en el batir de las olas. Estremecida, la vida que va y viene, la vida que te moja, que te cala, que te empapa… Así estaba, meditabunda, abstraída, ensimismada, cautiva de sus aprietos, presa de sus problemas, esclava de sus ahogos. Los minutos que pasan, las horas que se suceden, el día que cae, que huye, el sol perezoso, camino del ocaso. Nubes de crepúsculo, frío, sus sueños, sus ilusiones saturadas de tristeza, de estruendos, de sal y de arena. Allí estaba, barruntando pensamientos, la vida convertida en
una ruina, devastada, calamitosa; el ruido de sus angustias, ! la cantinela de sus obsesiones, le impidió escuchar el eco de su consciencia, raída, huérfana de satisfacciones, su cerebro martilleaba a consternación, a desesperanza.

ACTO 2. Desde la ventana

El azul del cielo devino gris, tal vez negro; una soledad prepotente, vacía, inmensa, envolvió su contorno, su cuerpo sudoroso, su mente desgastada naufragaba en un mar hórrido, atroz, como si la bolsa amniótica de la existencia se hubiera roto hecha añicos, fragmentada en mil pedazos. En ese momento abrió el ventanalque le permitía ver el mundo, cortó el cordón umbilical que le unía a la vida y, retando a la ley de la gravedad, se arrojó al vacío. Mientras su cuerpo peregrinaba por el acantilado de la muerte, caviló en el mas allá: ¡puta vida!, no había túnel oscuro, ni luz cegadora, ni siquiera vio su vida despedazada en fotogramas; ni su espíritu, ni su alma, se transmutaron reencarnándose en un ave, o simplemente en aire, en viento, en polvo: nada, sólo le asaltó el vértigo infinito del fracaso. Mientras se arrepentía, como siempre, percibió que la vida le había vuelto a engañar, pero esta vez no se dejó vencer y, antes de chocar contra el sue! lo, dejó de respirar traicionando así a la muerte. Quedó allí extendida, garabateada en el asfalto. Yo sólo la vi caer.

ACTO 3: Yo sólo la vi caer.

Observé su mirada añil, su belleza, su rostro de princesa, y me sorprendió que su sangre no fuera azul. ¡Ojalá la hubiera conocido antes!, para auxiliarla, para socorrerla, para abrazar su hombro y susurrarle al oído que siempre, en cualquier circunstancia, es mejor existir. Abochornado por mi osadía, me desleí en esos pensamientos y sentí frío, el mismo que envuelve al embustero, el mismo que encubre al farsante: ¿quién soy yo para enjuiciar sus actos?, ni siquiera conozco su nombre. Ella, me da igual como se llamara, tuvo valor, se lanzó al vacío y libremente eligió expirar, morir. ¿Yo?, no tengo agallas, ni siquiera cojones para pensarlo, yo solo soy un esclavo, un presidiario de las mazmorras de la vida. ¿Quién coño me he creído? ¿Quién soy yo para decirle no temas, es mejor vivir? Quizás un mequetrefe, tal vez un majadero, un mentecato. Tendría que borrar estas líneas, desmembrar estas frases, deshacer mi indolencia, pero ya no puedo, no soy ca! paz. Yo sólo la vi caer, como pluma de ánade que bambolea el viento, como cometa perdida rebuscando una mano, y conjeturé sus últimos pensamientos, imaginé sus postreras divagaciones y me atreví a escribir esta mierda de relato. Ni siquiera conocía su nombre, yo sólo la vi caer, quedó allí tendida, extinta, su cuerpo eviscerado, descoyuntado, naufragando en un océano de sangre. Sí, por jodida que sea la subsistencia, por lacerante que sea la vida, le hubiera dicho que siempre es mejor existir. Lo siento, yo sólo la vi caer desde la ventana, y la miré a los ojos.
Texto: Xavier Blanco

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Ultílogo

29 Ago

Con sus últimas fuerzas escribiría aquel último ser, luego de haber visto todo lo que sus ojos podían ver, una frase de corta extensión para lo que fue una larga vida, pero no la vida de este ultimo ser, no, sino la larga vida de toda una especie que había habitado el lugar. Tres palabras, cada una más corta que la otra, fueron tomando forma sobre la arena, y sobre la arena también quedaban sus fuerzas. Al concluir, cayó suavemente, y de su boca un último suspiro brotó, borrando la frase.

Texto: Marian Alefes Silva

Nada es lo que parece

29 Ago

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─¿Su mujer? –Preguntó el barman mientras adornaba las caipiriñas con alegres minisombrillas de colores.

El rostro se le retorció con una expresión entre duda y extrañeza.
─Tiene muchas perras. ¡Qué le vamos a hacer!
Lo esperaba en la orilla, recostada en la hamaca, con el pelo encrespado de tanto tinte, las carnes colgonas renegridas por el sol y su sonriente boca arrugada mostrando una dentadura gastada por el tiempo.
─¡Qué bueno que te haya tocado la lotería mamá!
─ Y mejor premio aún que me hayas querido acompañar en este viaje. El que me prometió tu padre desde que nos conocimos.
Sus ojos se aguaron mientras le daba un sorbo a la bebida y apretaba fuerte la mano de su hijo invitándolo a sentarse a su lado.
Ambos se quedaron juntos, abrazados, vigilados por la atenta mirada de un camarero que retorcía su imaginación y juzgaba indignado lo que no conocía.

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Narración: La Voz Silenciosa

El ciclo de la vida

28 Ago

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María tiene ochenta años, Alba veinte días. Casi un siglo, dos generaciones biológicas – tres si consideramos el tiempo real- les distancian y separan. Ahora están juntas, sujetada la pequeña por los brazos temblorosos e inseguros de la mayor, que no cesa de sonreír y de decir palabras halagadoras; demasiadas palabras, frases repetititivas y estereotipadas que al cabo de un rato resultan cansinas:

– ¡Qué bonita es!. Hay que ver las manos lo pequeñas que se ven. Tiene mucho pelo, parece rubio…- y vuelta a empezar
-¡Qué bonita es…- Su débil cerebro no da para más, pero nadie duda de su emoción sincera y de que esa niña nueva,
su undécima nieta, supone el regreso por unos minutos a los tiempos en los que se sintió útil – esposa, madre, abuela- y que ella ignora, aunque empiece a sospecharlo, que nunca volverán.
Alba aún no sabe hablar, apenas sonríe, necesita ser alimentada y cuidada a todas horas para sobrevivir ( las crías de la especie humana tardan en ser autosuficientes), pero llora, mama y patalea como una jabata. María, en el extremo opuesto del ciclo vital, se vale por sí misma para comer, arreglarse y asearse, mas su conversación cada vez es menos inteligible y, aunque camina sin bastón, sus pasos carecen de rumbo y su día a día requiere casi tanta supervisión como los de la recién nacida.
Dentro de muy pocos años, tres, cuatro a lo sumo, sus papeles se habrán invertido: Alba se desplazará libremente, con algún tropezón que le enseñe a caminar con prudencia, y se comunicará con palabras para entender y hacerse entender; María se parecerá cada vez más a la bebita que ahora acoge en su seno, al cachorro humano incapaz de sobrevivir por sí solo.
Hoy, que todavía es mayor el empuje de la anciana que el de la niña, inmortalizo y retengo esos momentos como homenaje a la vida, que sigue su ciclo imparable y que a veces puede ser maravillosa.
Texto: Ángeles Hernández
Narración: La Voz silenciosa