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Calentitos

4 Sep

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Bajo la ventanilla, el polvo del camino ha cubierto el verde del coche antes tan mimetizado con el monte. Terminas el cigarro y carraspeas. Siento que me vas a hablar, como siempre me echarás en cara lo despistadas que soy. Pero no, largas un enorme bostezo. ¿Sueño?, ¿hambre?, ¿aburrimiento? No sé. Te veo encender la radio, pero el dial da vueltas y vueltas. No se sintoniza nada en este lugar. Sacas entonces tu iphone, tampoco tienes cobertura. Perdido en medio del monte sin contacto alguno con la civilización excepto conmigo. Supongo que entonces tomas conciencia de mi presencia y me vas a hablar. Pero no, sigues en tu

mundo y yo el camino. A las tres horas de pedregoso recorrido el cuatro por cuatro llega al final de la senda. Espero no haberme equivocado de nuevo. Pero el cartel lo pone claro, “Campamento del Barranco del Infierno”. Al bajar del vehículo el calor aumenta y si no he calculado mal aún nos queda unos cuarenta minutos a pie por una vereda seca que desprende un calor diabólico. Se cala por la suela de las botas. Las mochilas en la espalda la enaguan de sudor. Chorreo por mis mejillas hilitos de mí. Tú me sigues atrás aún callado. ¿Quién me mandaría a mí elegir este lugar para unas vacaciones? Yo intuí que te gustaba la naturaleza, que te encantaba caminar, el aire, el sol, pero dudé al volverme y ver tu cara roja, crispada del sofoco.
No habíamos andado ni diez minutos y tuvimos que parar. Justo cuando nos sentamos bajo la sombra de un pino centenario, vimos venir hasta nosotros a unos guardabosques. Que si estábamos locos, que si no sabíamos que estábamos en alerta de calor, que el acceso había sido cerrado, que no se nos ocurriera encender un fuego, que diéramos la vuelta y volviéramos por donde habíamos venido.
Fue entonces cuando te decidiste a hablar y tan solo me dijiste. -La verdad Sonia, eres un desastre organizando vacaciones.
De eso ¡hace tantos veranos! Desde entonces viajo en primera, hago cruceros en enormes barcos de categoría, he recorrido toda Europa y parte de América. Este año voy a ir a Japón. A tus tres hijos les encanta ir de acampada.

Texto: Elena Núñez Ramos
Narración: La Voz Silenciosa 
Más relatos de verano aquí
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La vida B. de D. Atilano

4 Sep

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A D. Atilano no le gustaba su vida. Él no gustaba a quienes le rodeaban. Todos los días se dirigía a su trabajo en el banco, llegaba puntual y cumplía escrupulosamente sus obligaciones. Sus compañeros apenas si intercambiaban con él algún que otro comentario trivial, sobre el tiempo, el volumen de trabajo y poco más, si alguna vez se animaba a compartir la cervecita de los viernes se sentía fuera de lugar, sus palabras eran insustanciales e inoportunas, su presencia postiza y pesada.
En casa su vida cambiaba bien poco, vivía con su madre y ambos eran de pocas palabras, sus silencios eran tan espesos que cualquier sonido temía sumergirse en ellos.
Pero Atilano tenía una gran pasión: era fan de la música de los 60, y en internet encontró un modo de vivirla y compartirla sin que su gesto -entre el enfado y el asco- y su tono de voz -apenas audible- le hicieran invisible.
Su blog fue creciendo y creciendo gracias a sus exclusivas aportaciones, tenía ya un nutrido grupo de seguidores, en su perfil D. Atilano aparecía con un aspecto juvenil y desenfadado en una de las pocas fotografías que tenía sonriendo, el photoshop hizo el resto.
Su vida B era perfecta; allí era alguien, tenía seguidores que admiraban sus conocimientos y aplaudían su ingenio, su popularidad fue creciendo, quisieron conocerle. D. Atilano, horrorizado, no volvió a conectarse y su carácter se agrió aún más, fue cosechando antipatías y rechazos nuevos en su día a día.
Pronto encontró una salida, también era amante y profundo conocedor del cine de los 60; nueva identidad, nuevo blog, nuevo y seductor perfil. A partir de las cinco de la tarde a golpe de tecla, su nueva vida B mitigaba la soledad y el vacío de su rutinaria existencia.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Texto: La Voz Silenciosa