Ídolos de plata

14 Sep

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Está bajo el sol de la tarde, pisando con sus zapatos gastados la misma arena que en otras épocas estuvo bajo treinta metros de agua. Enciende un cigarrillo y trata de concentrar la mirada en ese círculo de llamas pequeño para no ver el otro, el que brilla enorme en el cielo, el que lo sofoca de calor y le hace doler la cabeza y ya lo tiene harto. Maldice el lago que no está, el arroyo al que ha quedado reducido, la sequía. 
De pronto una sombra lo cubre. 
Observa por encima de su hombro y ve que a sus espaldas, en absoluto silencio, acaba de encallar un barco de vela, muy antiguo, sin tripulantes.
Siente que su corazón se desplaza generando otros corazones que laten en las sienes, en la garganta, en las piernas. Siente que el corazón de las piernas le está fallando, teme caer sobre la arena ardiente. Desesperado por encontrar un punto de apoyo gira, recuesta la frente sobre el cuerpo del barco que huele a sal. El olor lo descompone, lo ofende, porque es olor a mar, porque

esa arena resquebrajada que está pisando con sus zapatos gastados, jamás conoció el mar. Y él tampoco. Ni le importa. Recuerda que cuando aquel profesor maniático de historia hablaba de las grandes batallas marinas o de los ciclones que hacían naufragar las naves, él jamás atendió.

—¿Por qué no estudia?
—Porque el mar está lejos, es de otra gente.
El barco trae a su memoria desavenencias que había olvidado.
Retrocede algunos pasos, lo mira como se mira a un ser peligroso. Reconoce que sus líneas tienen belleza pero es una belleza agresiva, que lo descoloca y logra que ahora él se adivine más feo que hace un rato cuando el intruso no estaba, logra que se sepa más imbécil. Continúa mirándolo fijo, quizá se trate de un galeón español, quizá aún conserve su carga de ídolos de plata robados.
Un hilo de baba se escurre por sus labios, agua salada que apenas toca el suelo, desaparece.
—Si un animal mediocre se enfrenta al fantasma de un animal espléndido, ¿quién ganaría la pelea? —se pregunta en voz alta.
Desde el centro de su vientre, donde siente latir al más alocado de sus corazones, saca la fuerza que necesita y con un movimiento torpe, arroja su cigarrillo aún encendido contra el velamen del fantasma.

Texto: Patricia Nasello
Narración: La Voz Silenciosa

4 comentarios to “Ídolos de plata”

  1. Amando Carabias María 15/09/2011 a 7:16 #

    Patricia, suena a apocalipsis, a final, a ese instante en que todos los corazones que nos surgen están a punto de colapsarse.

  2. Luisa Hurtado González 15/09/2011 a 9:59 #

    Patricia es fan´ástica creando atmósferas, mundos, con historia y simbología detrás, removiendo sentimientos. Es difícil permanecer impasible ante ella, como es difícil para el protagonista cuando ve el barco.
    No sé si los que la leemos somos seres mediocres, sólo se que ella es una animal espléndido y que nadie tirará un cigarro encendido a su imaginación.
    Un beso lleno de agua de mar

  3. Ana J. 17/09/2011 a 7:56 #

    Me he perdido entre el lago y el mar.
    El galeón no puede estar en el lago, que ha retrocedido por la sequía. Si está en el mar, no hay lago.
    ¿Es otra metáfora?
    Me ha encantado la forma de relatar, la imagen tan potente de ese barco fantasma, de la pequeñez del hombre frente a él y de su desafío.
    Sin embargo, mi alma prosaica necesitaría tener un rumbo fijo al que dirigir mi atención.

  4. Ana J. 17/09/2011 a 7:59 #

    Quiero decir, “si el barco estABA en el mar” que, aunque he andado algo perdida, he captado que el barco estaba varado en la arena.

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