Archivo | 22:57

En algún lugar entre el condicional y el imperfecto

15 Sep
Uno podría sentarse al lado de la ventanilla y ver correr el paisaje, acercándose, alejándose. Y en medio del amplio vacío en que se mueve el pensamiento, uno terminaría considerando que es un desecho rumbo a Perpignan. Mientras pensara, uno podría seguir mirando, sin demasiado interés, las casas inclinadas hacia los raíles, que pronto serían casas olvidadas, árboles esqueléticos, alineados, repetidos hasta la indiferencia. ¿Va usted a Cervera? Un inconfundible acento gallego podría sacarlo a uno de esos devenires que el pensamiento elude y atrapa, persigue y ahuyenta. No, señora, voy a Perpignan. Voy a ninguna parte, señora, me alejo y me acerco, sin presencia, sin ausencia. Verá usted, en Cervera debo tomar un tren para Marsella, es la primera vez que viajo por aquí, antes siempre lo había hecho por Hendaya. No sé si le importa que me siente. Sí me importa, señora, en realidad me molesta
pero, no señora, claro que no, siéntese. Girona detendría el tren cuando un reloj en la estación marcara tres menos cuarto. Puntualidad. Tiempo. Distancia. Voy a ver a mi hija, ¿sabe usté?, ahora esto es un lío porque… le explico, ayer fui a comprar el billete y me dicen que esa línea no funciona ahora porque no es época de vacaciones, me dijeron que debía ir a Barcelona y es lo que he hecho, desde La Coruña, ¿sabe usté?, es la primera vez que hago el viaje por aquí, por eso no sé si debo bajar en Port Bou aunque… Celrá se anunciaría y el tren gritaría con un reclamo cansino y triste: ¡sí señora, en Port Bou cambiaremos de tren! Si quisiéramos podríamos cambiar de vida, podríamos decidir, incluso, no seguir nuestro perdón de cada día, ¿recuerda, señora? aquello de no sé por qué ni cómo, me perdono la vida cada día. Claro, claro, usted nunca leyó a Miguel Hernández. Tal vez ha hecho muy bien. Es una suerte no conocer que existen las opciones: usted debe ir a Marsella porque su hija la espera, uno, sin embargo, habría decidido ir a Perpignan porque es la última estación en un tren sin regreso; esa es la diferencia. Justo al borde de este pensamiento, Llança nos asomaría al mar. No se duerma, señora, es el Mediterráneo. Uno hasta podría emocionarse al verlo pasearse a nuestro lado, azul, marino, inmenso. Si dejara de roncar, señora, conseguiría usted saltar de la emoción de ver el mar, a ésta otra, efímera, de un abrazo en el andén mientras el tren pasa: Penépole recibiendo, al fin, a Ulises. Me he quedado traspuesta, no vea lo cansada que está una después de semejante viaje, se hará usté cargo. Claro que uno podría hacerse cargo, entenderlo casi todo, avenirse a sus conjugaciones, comprender la persona, los modos y los tiempos, todo podría ser exacto, todo, menos lo propio. A fin de cuentas, yo aún no he tomado este tren, y usted va en él porque… alguien la espera.
Texto: Isabel Expósito Morales
Anuncios

Degustando Lorca

15 Sep

Muchos poetas, escritores e intelectuales acudían a degustar las nuevas texturas y sabores del restaurante La Casa de Bernarda Alba. Su innovadora carta llamó la atención de los críticos gastronómicos, quienes acudían en masa. Los comensales solían pedir la sopa de sinestesias y metáforas, un sugerente majar que servía para estimular la creatividad y vencer la falta de ideas ante el folio en blanco. A ese plato, se sumaron otros no menos apetecibles como el consomé de estrellas y viento, el delicioso moreno de verde luna con boletus, el romancero gitano a la vasca, el suflé poeta en Nueva York o el milhojas verde que te quiero verde. Los postres también causaron estragos. El camborio de dura crin con nata y fresas o el corazón caliente de chocolate hicieron las delicias de los comensales. ! En poco tiempo, el restaurante se convirtió en un referente de la gastronomía que relegó al olvido a Arguiñano y Ferrán Adrià. Aunque, en ocasiones, era muy difícil contentar a todos:

—¡Pues yo creo que voy a pedir un polvo enamorado! —dijo un cliente al maître.
—Lo siento caballero, pero ese plato es del Restaurante Quevedo, el que está al otro lado de la calle.
Texto: Rubén Gozalo

Le Glamure fatale

15 Sep
¡Y va de exposiciones! Y exposiciones muy interesantes.
A lo largo de este mes de septiembre podemos disfrutar de la obra del iustrador tinerfeño Victor Jaubert.
Tuve la oportunidad de disfrutar de sus extravagantes y glamurosos personajes, que nos cuentan historias llenas de ironía y originalidad. 
De la mano de Víctor Jaubert crucé la selva Amazónica, contemplé un crucero de guerra en el espacio, me deshice de unos odiosos pescadores de ballenas. Pero, eso sí, con todo glamour, como las femmes fatales que pueblan sus ilustraciones.

Puedes visitar su obra através de internet en su página www.victorjaubert.com,

Víctor Jaubert expone la colección  “Le Glamure fatale”, en la sala de La Caixa, de La Laguna hasta el 30 de septiembre.
Víctort Jaubert será el invitado de La Esfera, en Radio Unión Tenerife, el martes 27 de septiembre, a las 20h., hora canaria.
Podrás escucharlo en directo en www.radiouniontenerife.com
Crítica: Ana Joyanes

Doña Jimena

15 Sep

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_810152_1.html

Nada en su aspecto era agradable: su pelo lacio caía desordenado sobre su piel macilenta y apagada, sus ojos grises parecían mirar cada uno hacia un sitio diferente, su nariz desafiaría los limites estipulados para el tamaño de las narices si estos hubieran sido fijados alguna vez, su boca exhibía un gesto hosco, de disgusto, y su cuerpo…., qué decir de sus hombros estrechos en contraste con el abultado tamaño de su vientre, sus piernas sin embargo, seguían la estética de hombros y brazos y de tan delgados, parecían a punto de romperse.
Su carácter era tan complicado como su aspecto, y no se relacionaba ni hablaba con nadie.
Así era doña Jimena; su edad era por descontado todo un misterio, pues

su complejo aspecto daba pocas pistas acerca de la misma; se rumoreaba que rondaría los 60, claro que bien podían ser 70 o 50…
Siempre estaba sola ¿quién iba a querer estar cerca de un ser así?; el interés que despertaba en los demás, duraba lo que se tardaba en inspeccionar su aspecto y comprobar que nada era postizo, que semejante engendro era real.
Hace unos días ha aparecido muerta a un lado de la carretera, algún desalmado la atropelló y ni se dignó auxiliarla, así pues, murió como vivió: sola.
Se ha desvelado el contenido de la mugrosa bolsa de tela que colgaba de sus hombros: un monedero raído con unas monedas, un pañuelo sucio, una manzana y una nota fechada hace 60 años dirigida a una casa cuna: “Quién recoja este bebé rogamos lo trate con dulzura, es hija de un conde y su sangre es noble, se abandona por haber nacido fuera del matrimonio, el dinero que acompañamos será suficiente para darle la vida que se merece”
El gesto hosco de su boca se ha borrado, y la expresión desagradable de su rostro se ha suavizado, por primera vez su semblante exhibe una expresión relajada, llena de paz.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Se ha perdido la carta

15 Sep

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_800455_1.html

No es que se haya extraviado. Digo que se ha perdido. Desaparecido. Muerto. Sí, a eso me refiero. Ya no vamos al buzón a ver si hay algo para nosotros. Si hay alguna noticia de la familia, del ser amado… Ahora no encontramos más que avisos de cobro, facturas, resúmenes de operaciones bancarias… y publicidad. ¡Cantidades ingentes de publicidad! Como, además, la mayoría de la gente tiene la particular costumbre de ver que son folletos y dejados en montones en el buzón, pues… al suelo con ellos. Que ya vendrá algún otro vecino que tenga un poco más de urbanidad y los recogerá y tirará al contenedor de papel que es donde deben estar. Hoy poca gente mira todo lo que le llega al buzón, porque se cansa. Y también del toque indiscriminado al timbre de los pobres repartidores (que no tienen la culpa), pero que para poder hacer su trabajo lo antes posible, llaman a todos los timbres de las casas, con lo que al contestar por el portero automático, oyes: ¡Publicidaddddd! Y eso sí, te sirve para

hablar con los demás vecinos que han descolgado también y ya aprovechas y saludas diciendo: “Es lo de siempre, la puñetera publicidad”. Y encima a estas horas. Por cierto lo mismo da qué hora sea, siempre decimos lo mismo. Bien pues ya no tenemos cartas, se ha acabado la espera de ese papel escrito con cuidado y esmero, doblado e introducido en un sobre. Debidamente franqueado (y no tiene que ver con Franco, porque ahora se franquea con otras figuras e incluso sin ellas, pero se sigue llamando franqueo) y que con todo el cuidado del mundo desvirgábamos con el abrecartas, artilugio de mil formas y materiales distintos, que siempre teníamos en casa para no romper el papel que contenía el susodicho sobre. La leíamos y con ella aún delante, nos poníamos manos a la obra. Papel en la mesa, bolígrafo o pluma y a contestar a lo que nos decían. Luego dobladito y adentro. Y tras mojar el borde con la lengua y deslizar los dedos por todo el borde para dejarlo bien cerradito, al buzón. Teníamos hasta, a veces, sobres y papel de colores. Y hasta tinta de color para las epístolas. ¡Qué bonito! Te ibas a la mili y cuando venía el cartero te arremolinabas a su alrededor a ver si tenías carta. De los padres, los hermanos, la novia… Si había mucha distancia por medio, era lo único que mantenía la ilusión, la carta que te acercaba a ellos. Que conservaba viva la ilusión, porque el teléfono era caro y difícil el establecer una comunicación. Pero ahora todo ha cambiado. Para bien que no digo lo contrario. Móviles, teléfono en todas las casas, mensajes de texto y de imagen, videoconferencias. En Internet. Eso ya es el colmo. Entras al Messenger y por muy larga que sea la distancia estableces conexión con otra persona. En vivo y en directo. Instantáneo. O el correo electrónico, más bien denominado, “i-meil”. O Emilio, es igual, pero que gracias a que muchísima gente dispone de conexión a la red de redes, recibe de inmediato, al segundo de haber sido enviado. Sólo una pega, los spam. Es decir, el correo basura. ¡Que mira que fastidia! Y eso que ahora los servidores de correo lo separan y salvo que tú digas que es conocido el remitente, espera a ser destruido sin siquiera abrirse. Pero es curioso, mi hijo recibe publicidad sobre viajes, tarjetas de crédito, ipod, mp3 y facilidades para comunicarse a través de mensajes de móvil desde el propio PC. Y sin embargo yo, veo siempre lleno mi buzón electrónico de publicidad sobre Viagra, alargadores de miembro viril… Y viajes de tercera edad. Por eso me dan ganas de cuando abro una cuenta, poner una edad distinta a ver si yo consigo engañarlos a ellos. Habrá que pensar en algo… Así que… se ha perdido la carta. RIP.

Texto y Narración: La Voz Silenciosa