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Confieso

21 Sep
En marzo evalué el veraneo de febrero. En junio, en el mismo junio, el crimen. En septiembre me torné sombrío. Y en pleno diciembre treinta y uno, intento recapacitar. En abril le di forma al plan que ejecuté en junio. En septiembre encontraron el cadáver. Que no me agredas, me desconcierta: ella no te era indiferente. Además, te amaba. No toleré que no se quedase conmigo quedándose a mi lado. Se reía. Todos sabían en el barrio. De mí, de mi inocuidad. Habrá un feliz año nuevo. Porque confieso: la estrangulé. Le pegué después de muerta, lo hice. La desnudé y le pegué. Se termina, viejo. Hoy, por fin, me siento equidistante, sincero.

Texto: Rolando Revagliatti
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Corrígeme si me equivoco

21 Sep


Salí del zaguán, la luz del sol me daba directamente en los ojos, dejaba atrás un reguero de incertidumbre, intentaba averiguar la razón de tu desprecio.

Mis pasos marcaban el ritmo de la angustia, sabía que no iba a volver a ver esos labios sensuales dibujando susurros en mi memoria.
Intuir una explicación que borrara ese portazo, el sonido más afilado de aquellos momentos.
Frenesí, con furia y sin lógica. Terca locura. Delirios de pasión.
Primero desenfreno en tus mordidas, dedos que clavaban excitación en mi carne, inquietante danza de deseos, indescriptible contorno en tus curvas, el recuerdo del ardor que nos unía.
Después el dolor, el desgarro de perderte, la ansiedad de tu indiferencia.
Esa duda despojó tu sombra de mi cuerpo, consiguió arrancar violencia de mi alma, desvaneciendo el único aliento que nos ligaba.

¿Dónde está la llave?

21 Sep

Y ahí estaba yo, haciendo de modelo excelso, de repente y sin venir a cuento, mientras tú dibujabas con tus curvilíneas letras brillos metálicos sobre mi piel.
Mientras fui lienzo, calculaste cada ángulo, cada forma, para que aquello que estabas dilucidando fuera silueta, artista consciente, ardiente; sucumbí, preso de la delicia, al aleteo silencioso y melancólico de tus pinceladas, manifiestas y olorosas, cúlmen de convulsiones rebosando miel a borbotones, dibujando aquel candado.

-¿Dónde está la memoria de los poetas?-
Se van dejando la cartera en los bares, la cabeza en los cuartos oscuros, la guirnalda agradecida en el borde del vaso, el candado encajado en la piel.

-¿Dónde está la llave?-

Desde esta agridulce certeza te sueño, te pienso y te amo.

Texto: Michel Manuel Canet

Ojos líquidos

21 Sep
Ojos líquidos de insondable mirar, de centelleos acuosos que invitan a explorar oscuridades ignotas. Ojos misteriosos que imantan voluntades atrayéndolas a sus profundidades abisales para sumergirse hipnóticas a buscar más abajo, más adentro. Ojos solitarios anhelantes de ser examinados, deseosos de iluminar y ser iluminados, ignorantes de su poder silencioso. Mirada fina, a veces afilada y otras sombría cuando se debate en las incertidumbres del claroscuro. La luz que penetra todavía solo a medias por temor a que alumbre rincones en tinieblas, sin sospechar que la claridad volatilizará los miedos espectrales adheridos al fondo de la caverna que empieza a agrietarse.
Hacia arriba y hacia afuera el día resplandece exuberante, pletórico y fecundo, sobrado de la vida. La tentación es bidireccional: la mirada líquida pulsa por derramarse atravesando los muros represivos de la contención, incontenibles, ingobernables, descontrolados, desbordantes, exultantes.
Y la luz lo invadió todo, y no quedaron vampiros en el reino de los mortales, ni fantasmas diurnos, ni deseos reprimidos, ni príncipes ni princesas.
Ojos, miradas, amores líquidos, lo humano también es líquido, no sólido, sino líquido.