Archivo | Amando Carabias RSS feed for this section

Cansancio y soledad

18 Sep

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_808166_1.html

Llegó desnudo al lecho, después de haber cenado su cansancio, envuelto en ensalada y en tortilla, acaso distraído por el vuelo de un balón indolente y caprichoso. Llegó desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en ensalada y en tortilla, acaso distraída por el llanto de la angustia infantil incomprensible. Y el lecho compartido fue, como cada noche, dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel. Cuando al amanecer, regresen los vigías a la almena, y las pupilas alcen sus portones, él se levantará cansado y triste, a ella la soledad le cubrirá los pasos presurosos, engarzados al tiempo que se fuga. Se cruzarán vestidos, perfumados, pero su paladar no sabrá a beso, sino a café y tostada, y no tendrán caricias como salvoconducto para el día, sino el vuelo indolente de un balón y el llanto indescifrable de la infancia. Durante varias horas, el lugar será trono de olvido, almacén de silencios compartidos. De nuevo él llegará desnudo al lecho después de
haber cenado su cansancio envuelto en un puré y en pescadilla, acaso distraído por la historia de un crimen imposible y farragoso. De nuevo ella entrará desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en un puré y en pescadilla, acaso distraída por el sueño de la infancia feliz e incomprensible. Y como cada noche será el lecho dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel.

Texto: Amando Carabias.
Narración: La Voz Silenciosa

Anuncios

Tarde de julio

5 Ago

“Y desde ese momento, una gasa gris veló todo cuanto tenía ante sus ojos, como una niebla densa y fría…”

Basado en hechos reales



‘Mira que irme a tocar este capítulo, mira que irme a tocar precisamente éste…’.
No es fácil adentrarse en los pensamientos de la mujer de mirada oscura, hoy perdida en ideas que parecen acantilados hondos, peligrosos como dientes de caimán hambriento.
Cualquier observador detallista quizá reparase en la profundidad excesiva de unas ojeras grandes, acostumbradas a pervivir en el rostro anguloso, alargado y expresivo, demasiado tenso para una tarde de verano, en el momento previo al ocaso, cuando todo invita a la relajación, casi a la modorra. Pero la mayoría de personas no es observadora, la mayoría, como quien hoy se sienta frente a ella, sólo se percata de lo que rompe la quietud, de algún gesto o movimiento como el de ahora, cuando el libro que sujetaba la mujer hace un instante caía entre los muslos y el regazo.
Sin fijarse en la página, la mujer ha cerrado el volumen con
un mohín de fastidio. ‘Precisamente éste’, piensa de nuevo, ‘Mira que irme a tocar este capítulo…, mira que irme a tocar este capítulo’ repite con machaconería.
Si se pudiera entrar en sus pensamientos, cualquiera se percataría de que en realidad no lo son, pues carecen de voluntad; son ideas reflejas de una idea, como cuando un grifo cierra mal a pesar de estar cerrado y la gota, incesante y monótona, incansable y desesperante, golpea una y otra vez contra el fregadero.
Al otro lado de la ventanilla del tren, el paisaje corre veloz y polvoriento. La climatización de los modernos vagones del AVE impide que allí dentro, ella o cualquier otro pasajero, sientan el calor del verano, esta tarde sí, por fin ese calor tan denso, tan corpóreo, que parece querer acostarse sobre la tierra, como amante febril y ansioso. Sus ojos se distraen en las carreras de los árboles y de los surcos, o eso cree el pasajero aposentado frente a ella y cuyo deseo es adivinar el título del libro, ahora escondido entre los muslos y el regazo y que está a punto de caer al suelo.
El mes de julio no ha sido especialmente caluroso, al menos en esta parte del país, pero ella tampoco es muy consciente de este detalle, a pesar de ser el comentario generalizado tanto en su ciudad, como en esta ciudad de la que regresa, cosida al nuevo dolor, mejor dicho, a la desazón que le ha producido la noticia nueva. Ella en estas jornadas ha sido ajena a la conversación principal de un verano tan triste, de unas vacaciones tan extrañas e inútiles. No le interesa el tiempo, ni el verano, ni las vacaciones… A ella no le interesa ningún asunto. Su corazón es el nido de un malestar que la tiene paralizada para algo distinto a sufrir, como si ese dolor se hubiera hecho carne y hubiera ido a parar a los latidos de su pecho. Ni el libro ayudará en esta tarde que se desploma lentamente sobre un cielo con pujos de aguamarina, ni siquiera este libro que tiene la rara fascinación de envolverle en otra vida agitada, ese relato que ha sido capaz de sumergirla en una aventura de la que no puede salir. Pero hoy es imposible su lectura… ‘Mira que irme a tocar este capítulo’.
Cuando casi en susurros una enfermera les ha dicho a la familia que podían llamar al capellán, ha sentido un desgarro real, físico, a pesar de que, increíblemente, no vio su sangre vertida por el suelo. ‘No puede ser, no puede ser, no puede ser’ pensaba que pensó en el pasillo amplio del hospital.
El viajero de enfrente sólo está pendiente de la portada de la novela, aunque a veces le distrae el gesto crispado de aquellos dedos largos y estrechos, que le impiden leer el título.
Después de aquel susurro que sonó a antesala de cementerio, les llegó otra noticia. El médico miró con desdén a la enfermera, hizo un gesto cortante, como si espantase las palabras innecesarias y matizó la información. Mientras seguía el ademán de la mano del doctor, se fijó en el brillo del sol, y recordó que estaba de vacaciones y se dijo, ‘Menudas vacaciones, menudas vacaciones… Ojalá, si él se salva, pierda para siempre mis vacaciones’. Pasar estas semanas de asueto en un hospital, pendiente de una agonía, sólo distraída algunos ratos por la novela, no eran las mejores vacaciones de su historia.
Por suerte su hermano estaba consciente y pudo decidir entre las opciones que el médico propuso. O morir en la cama, no muy lentamente, mientras el monstruo engullía su organismo, o quizá morir en la mesa de un quirófano, mientras un experto cazador de monstruos intentaba extirparle el suyo. ‘Un cincuenta por ciento de probabilidades de morir durante la operación’ les dijo el cirujano en frase directa y clara. Su hermano siempre fue valiente; ninguna decisión de su vida había sido tomada por cobardía, al contrario, siempre había ido un poco más allá, como cuando aprendió a volar en parapente, a pesar de la oposición de la familia. Tampoco tuvo dudas en aquel momento, a pesar de volar entre riscos y ser zarandeado por vendavales de huracán o de tornado. Atisbó de inmediato la lectura positiva de su decisión: el cincuenta por ciento de probabilidades de seguir viendo crecer los seis años de su hijo, de contemplar los ojos de su mujer que se acurrucaba cada noche entre la desesperación y el dolor, o de seguir hablando con su hermana sobre cualquier cosa, qué más da, hablar por el mero afán de hablar, de mirar, de sentir… de seguir vivo…
El paisaje corría veloz, y le hubiera gustado distraerse con esa novela comprada en la feria del libro de su ciudad, distraerse como otras tardes de ese mes de julio, pero le tocaba aquel capítulo… Aquella tarde era inútil abrir el libro en cuya portada negra restallaban dos piernas de mujer, cruzadas y desnudas ante una ventana. Aquella tarde el libro no podría cumplir con su misión veraniega.
Hay cosas que a veces resultan imposibles, hasta para una novela…


Más relatos de verano aquí

Café inapropiado

5 Jul

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_722205_1.html

No ha pegado ojo en toda la noche, y su cerebro está exhausto, como escurrido, después de tantas horas al borde del miedo. Por eso, mientras espera que la máquina termine de llenar el vaso con la mezcla de café, leche en polvo y azúcar que ha seleccionado después de introducir en la ranura un euro, intuye vagamente que no tendría que haberlo hecho.
Primera pista: ningún compañero ha avisado de que no hay cambio. O sea, nada más comenzar la mañana ha perdido cincuenta céntimos. Mala señal. En vez de olvidarse del líquido oscuro, y regresar a la oficina, se encoge de hombros. Tampoco es cuestión de cancelar la operación (si se puede hacerse tal cosa), sobre todo porque necesita de la dosis de cafeína. Hoy la necesita de verdad. El resto de días ese café es un rito placentero, a pesar de ser rutinario; pero después de la noche en vela, no tiene más remedio que proteger su sistema nervioso con un aliado que le permita aguantar, al menos hasta las once y media en que hará falta otra dosis, esta vez en el bar de la esquina… La hora de la siesta está en un valle lejanísimo, inalcanzable a estas horas matutinas. “No están las cosas como para que Arcadio me pille dando una cabezada, mientras intento dibujar el diseño del maldito tornillo”.
Por lo que se oyó hace meses, Arcadio, el implacable jefe de su sección, tiene orden de abrir expedientes
a la primera. Y todos, incluida ella, saben que lo hará encantado de la vida, a pesar del poco tiempo que le falta para jubilarse.
Las informaciones llegaron en varias dosis, pero muy rápidamente. Primero, los más enterados explicaron que la apertura del expediente es una estrategia que funciona a las mil maravillas. Los de Recursos Humanos (RH lo bautizó un gracioso, cuando dijo, ‘Esta empresa tiene RH negativo’) sólo pedían que la falta fuera lo suficientemente llamativa, como para disuadir al trabajador de emprender acciones judiciales por despido improcedente, y si algún valiente había, que serían los menos, cuanto más llamativa fuera la falta, quizá, en el hipotético caso de readmisión, el juez fuera propenso a no ser muy duro con la empresa. Se trataba de despedir a cuantos más mejor, sin abonar indemnizaciones. La segunda información, según habían comentado estas personas tan próximas a RH negativo, era la eficacia de un expediente abierto por acumulación de faltas leves, o sea falta reiterada. Muchos pocos, hacen un mucho, era su máxima. Casi nadie llegaba tarde ni abandonaba el puesto de trabajo para fumarse un pitillo en la puerta de la calle.
“Dormirse en horas de trabajo es falta seria”, piensa con otra punzada de miedo, pues está segura de que Arcadio aplicará el verbo dormir a una leve cabezada, a un parpadeo más lento de lo habitual. “Y luego cómo demuestro que no, que era una cabezada, sólo una cabezdita que no afectará para nada al desarrollo del proyecto”.
La tercera información –quizá la más preocupante- era un rumor: su departamento está mal visto desde hace meses; arriba se han producido tremendas tormentas, y algún trueno se ha oído en galeras: no es época para invertir en nuevos proyectos, porque será difícil que el mercado los acepte y, además, las nuevas ideas llevan, como prendidas de sus mangas, una cantidad de gastos que los dueños no están dispuestos a afrontar. Pero la cosa no acaba ahí: si no se cargan el departamento de un plumazo, es para evitar a la prensa y porque, en casos puntuales, modificar algún detalle de la producción es abaratar costes. Desde entonces su departamento es conocido como Los Remendones.
La segunda pista había crecido, sin que lo notase, durante toda la madrugada, interminable. Ella sabe con certeza que ha sido Arcadio el causante de su noche de insomnio. Y si su jefe aún no ha ido más lejos, es porque se trata de un plan, que su torpeza acelera. Arcadio nunca ha dicho ni una palabra, pero ella conoce bien el tono de su respiración. A pesar de que nunca ha hablado, las decenas de veces que ha telefoneado, su timbre es inconfundible, incluso entre susurros y ruidos guturales. Su jefe sabe demasiado de ella. Siempre se ha preocupado por ella. Sabe dónde vive, que su madre necesita parte de su sueldo para pagar a la asistente que va a su casa días alternos. Aún falta para que el expediente que se tramita en la Comunidad Autónoma se resuelva y le concedan la ayuda de la Administración. Entretanto, el parkinson y la pensión mínima de su madre, impiden cualquier otra cosa. Y ella sabe que el momento se acerca. Y también sabe que si ella se niega, algo pasará: un despido, una suspensión de empleo y sueldo… A Arcadio no le hace falta mucho para abrir un expediente. Sí, necesita estar despierta…
Mientras revuelve distraídamente el líquido adulzado, piensa que una buena salida sería hablar con Víctor, el representante sindical en quien más confía. Quizá pueda acusar a Arcadio de acoso, pero cómo demostrarlo. Aunque el margen de duda sea más estrecho que la hendidura de la cabeza del tornillo que diseña, no puede demostrar nada, en el sentido policial o judicial del término.
Antes de acudir al trabajo, muy temprano, se ha presentado en la Comisaría para poner la denuncia. Muy amablemente le han dicho que abrirán una investigación y que si obtienen algún resultado, el canalla será detenido, ‘Porque está segura, señorita, de que se trata de un caballero, ¿verdad?’. No contestó a esa insidia, simplemente asintió malhumorada. Continuó el policía, ‘Lamento decirle que el número que aparece registrado en su teléfono se corresponde con el de una cabina telefónica’. Al decirle el nombre de la calle donde se ubica la cabina, se ha estremecido, pues es la de su misma acera, seis portales más abajo. Y el policía, experto en estas lides, le ha aconsejado que, si sospecha de alguien, haga lo posible para que ese alguien sepa que el caso ya está en manos de la policía. ‘Con esto suele bastar. Y, desde luego, tendrá que cambiar el número de móvil inmediatamente’. Lo de cambiar el móvil no es difícil. Por la tarde irá a la tienda y, presentando copia de la denuncia, le han asegurado, no tardarán en completar los trámites. ¿Pero cómo hacer para que Arcadio sepa que ha puesto una denuncia por acoso…, sin que intuya que él es el único acusado?
Los resortes de Arcadio en la empresa son poderosos.
La tercera pista se muestra ante ella pocos instantes después; pero tampoco la ha visto… Se le ha empezado a ocurrir una idea que quizá cuaje. Subía la escalera con el café humeante en la mano, dispuesta a tomárselo en la misma oficina, cuando, quizá por culpa de andar distraída, ha tropezado con el borde del escalón. Sólo ha trastabillado. Ni un golpe, ni una caída, nada… un pequeño salto poco elegante, si acaso… Pero el café ha abandonado el vaso y buena parte ha aterrizado sobre la camiseta gris y el vaquero blanco que han quedado escandalosamente condecorados…
Tendría que haberse ido, sin más, sin volver a la oficina. Haber salido a la calle camino de su apartamento, luego daría explicaciones… Pero esta mañana anda muy torpe de reflejos. Tanto miedo tiene, que sólo ha pensado en pedir permiso para volver a casa a cambiarse de ropa. El permiso sólo se lo puede facilitar Arcadio…
‘Si quieres te acompaño a casa… Así no tendrás problemas con los de arriba’, le ha contestado con una de sus más afectuosas sonrisas, que a ella le ha parecido lobuna…

Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa

Bajo la nieve

23 Jun

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_707267_1.html

Mientras cerraba la puerta de su casa, pensó que se camuflaba bajo su gorra y tras la bufanda que le tapaba cara y orejas. Las manos, aunque se cubrían por guantes de lana, estaban heladas en diversas proporciones: gélidas en las yemas, en las falanges frías, frescas en las palmas y, a la altura de las muñecas, por fin, tibias. Caminaba deprisa, en un vano intento absurdo de entrar en calor, un poco al menos.
Después del primer saludo a un rostro familiar, se percató de que nadie le reconocía. Probablemente con semejante indumentaria podría perpetrar un atraco a mano armada en la sucursal donde trabajaba su hermano con muchas posibilidades de éxito. Desistió, pues, de repetir el gesto que la más elemental cortesía le dictaba.
Actuó como si fuera un extraño en la ciudad limpiada por el vendaval blanco. Miraba todo como si todo fuera nuevo, como si todo fuera un descubrimiento trascendente. Tanto se convenció de que era un extraño, que acabó por no reconocer las calles por donde sus pasos azarosos le llevaban. No le sonaban de nada los edificios, el pavimento de las aceras le resultó ajeno a sus pies, desconocidos los desnudos árboles ateridos…
Caminó, caminó, caminó…
Sus pies, poseídos de autonomía propia, vagaban de una parte a otra de la urbe cada vez más blanca, más hermosa cada instante, más desconocida, sin embargo. Después de tres horas de vagabundeo inútil se sintió cansado y frío, muy frío.
Decidió regresar a su casa. ¿Dónde estaba él? ¿Dónde su casa?
La angustia acreció con vigor y contundencia trasmitiéndole la misma friura que los blancos copos de nieve blandamente depositados a sus pies; pero este helor era más intenso, porque enfríaba el latido de su corazón, porque detenía el paso sosegado de su sangre.
Un relámpago de lucidez iluminó sus neuronas


y pensó que si entraba en algún bar y tomaba algo caliente, un café amargo, un caldo salado, una infusión dulce…, reaccionaría y todo volvería a la normalidad. Descubríó el anuncio luminoso que, unos metros más allá, parpadeaba rojo. Atravesó la puerta y fue abrazado por el cargado ambiente humoso de las discusiones de una derrota más de su equipo favorito. Sus gafas de hipermétrope se empañaron. Tomó una servilleta de papel; al tiempo que se disponía a limpiar de vaho los cristales, miró al frente. Un espejo le devolvió el rostro de un desconocido que repetía con insolencia el mismo gesto circular y mecánico de sus dedos aún ateridos…
Pasaron unos segundos: cuatro o cinco o seis… o doce…, quince quizá. Su mente, demasiado castigada durante las últimas horas, comprendió al fin que aquel entrometido, en realidad, era él mismo.
Ahora lo hizo con miedo. Otra vez, con solemne lentitud, alzó el rostro hacia el espejo. De pronto las voces, que debían continuar pues los labios de los rostros se abrían y cerraban a velocidad imparable, dejaron de percutir sobre sus oídos y fueron reemplazadas por los golpes sordos de un latido incontenible. Se topó nuevamente con ese rostro que le miraba aterrado y suposo que era su propia mirada diluida en pánico. Y no, descubrió aterrado, no era el mismo rostro que cada mañana le devolvía el espejo de su propio cuarto de baño, descubrió que allí no se reflejaban sus anodinas facciones, sin embargo tan familiares, tan queridas: la nariz curvaba su estructura, los ojos aclaraban la mirada, los labios adelgazaban los besos y empalidecían la sonrisa o el grito, el mentón era pesada losa, el cabello albeaba, como si la nieve del ocaso descansara para siempre sobre él.
A su alrededor nadie pareció extrañarse de aquella transformación. Miró por si encontraba algún rostro familiar que le ayudara a regresar a su efigie. Nadie.
Empezaba otro partido y los rostros de los parroquianos se volvieron, nuevamente, hacia el destello de la pantalla del televisor, como hechizados por los movimientos sincopados de los jóvenes deportistas.
Decidió pedir un caldo. La voz que salió de su garganta tampoco fue la misma voz a la que estaba acostumbrado, había aflorado desde una caverna umbría y sonaba en sus oídos a lija desgastada. Mientras tomaba su consumición, decidió que no pasaba nada, que todo era una pesadilla que concluiría de un momento a otro.
Pagaría, saldría a la calle, volvería sobre sus pasos y cuando llegara a su casa (aunque no sabía exactamente dónde estaba su casa) volvería a ser él, esos labios entristecidos, esos ojos castaños, esa nariz casi recta, ese mentón estrecho, ese cabello negro. Se echó, pues, la mano, aún un poco fría, al bolsillo izquierdo… Vacío, estaba vacío… Juraría que se había metido el monedero en el bolsillo. Siempre lo hacía. Se registró el otro bolsillo del pantalón. Nada. Tanteó el de atrás. Vacío. Las manos entraron en calor súbitamente. Sudaba. Si el camarero se daba cuenta de aquella repentina reacción, pensaría que el caldo había hecho efecto, pero él sabía que no, que la pesadilla sólo había empezado.


Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz silenciosa

Idioma incomprensible

16 Jun

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_700055_1.html

El mundo vive, escribe, sueña y habla
un idioma que no me han enseñado
-o no he aprendido aún,
aunque lleve analgado en su pupitre
cuarenta y ocho cursos y un trimestre-.
Su marcapasos truena sin cansancio,
pero quizá cualquier doctor intuya
una cardiopatía irreversible…
Sin embargo, después de unos segundos,
o unos años
-aún no sé medir muy bien el tiempo-,
he descubierto que su arritmia no es tal.
Pero,
repite mi oftalmólogo privado
-un topo sin guarida-,
este anadeo sincopado y rápido,
es sólo el eco azul de mi mirada
incapaz de engarzar algún subtítulo
sobre las melodías de las noches:
unas gotas de lluvia y un reguero de sangre,
un grito vomitando estiércol sucio,
mil borracheras de mirlos prensados,
un parto con gemidos y dolor,
con orines, con heces…,
un estruendo de músculos y semen
sobre el asfalto de otro cuerpo incierto,
poluciones de pétalos llevando
cadáveres de auroras en sus brazos…
En fin vida y muerte aullando:
cristales rotos sobre llanto, silencio, miedo…, 
mientras mis ojos se desguazan dentro
de la deshilachada almohada de mis insomnios.

* * *


¿Vale más el temblor de la abstinencia
del caballo asesino,
que el temblor provocado por un beso?
¿Es más la intensidad de este cuchillo
descuartizando un corazón brillante,
que el vuelo de unos dedos sobre el cielo
de la piel amada?
¿Que es más hermoso, el miedo o la esperanza?
¿Cuesta más el verdín de las monedas
empapadas de sangre y de injusticia,
que una flor, cualquier flor, casi marchita?
¿Es más el grito de los vendedores
de eternidad y crecepelo
que el silencio de un verso sin lectores?
El mundo es una náusea que sostiene
tristes cíclopes de único ojo ciego.
Quizá sea mejor tornarme viento,
fugarme envuelto en lágrimas de aurora
convertirme en silencio sin fronteras.

Autor: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa

Desde Segovia, crónica sui géneris de una presentación.

13 Jun
Puesta de sol sobre la Catedral de Segovia. 9 de junio de 2011 (Foto Francisco Concepción)



Veinticuatro horas después de la presentación y posterior acto de firmas de Oscurece en Edimburgo en Segovia, los dedos del sol se habían tornado de color ágata de fuego y acariciaban la piel de mi Esbelta Dorada, esa prodigiosa torre de la catedral de Segovia. A mi lado, las miradas de Francisco Concepción, Ana Joyanes, Dácil Martín e Isolda contemplaban cómo la piedra caliza recibía ese abrazo hasta convertirse en ascua toda ella. ¿Dos minutos? ¿Algo menos? ¿Algo más? Un instante en que el prodigio se eternizó para siempre en nuestra memoria… A mí me faltaban personas a mi lado. Pensé en
Inmaculada Vinuesa, en Anabel Consejo, en Marcos Alonso… ¡Ay si hubieran estado, la dicha hubiera sido tan completa que no sé qué habría podido ocurrir! Y también eché de menos a tantas amigas y amigos que han estado a nuestro lado durante estos meses, poco más de catorce, desde que iniciamos la loca aventura que hoy tiene forma de libro y se titula Oscurece en Edimburgo. María Sangüesa y Ángeles Hernández se habían acercado a Segovia la víspera para acompañarnos, y también deseé que nos acompañaran, y clavé con chinchetas en mi memoria los rostros de Catherine, Flamenco Rojo, María, Mercedes Pinto, Pilar Aguarón, Marián…, en fin cuantos hicieron posible que toda la travesía llegara a buen puerto, aunque aún la travesía tenga que alcanzar otros hitos en su viaje cuyo rumbo es aún un misterio.

Aún no habían pasado veinticuatro horas, repito, desde que cerráremos nuestros respectivos bolígrafos, después de haber firmado un buen puñado de ejemplares de la novela a unos cuántos lectores que se habían acercado hasta la caseta que la Asociación de Libreros de Segovia tiene instalada en la XXXVI edición de nuestra casi íntima Feria del Libro.
En plena faena (Foto Ángeles Hernández)
Mientras rubricábamos ejemplares, por tres veces me preguntaron tres libreros (Eva, Miguel, María) ‘¿Qué ha pasado en la presentación del libro…? Algo ha tenido que suceder pues es extraña tanta expectación…’
Así es difícil concentrarse (Foto Marián)
* * *
A las tres menos cuarto de la tarde del día ocho de junio, por fin el sol rasgó la tupida consistencia de las nubes que pertinaces e impertinentes habían entoldado nuestro cielo. Ya estábamos en la Estación de Autobuses de Segovia Isolda, María Sangüesa y yo mismo esperando la llegada del autocar que procedente de la Estación de Príncipe Pío de Madrid, tras recorrer algunos pueblos de la sierra, arribaba en la ciudad. Y allí, a la vez que el sol, aparecieron Francisco, Dácil, Ana. Felices y cansados nos abrazamos, pues desde el mes de octubre pasado en Zaragoza no nos habíamos vuelto a ver.
Como me dijo Francisco nada más verme, se me notaba excitado. Cómo para no estarlo. Cuatro horas después íbamos a presentar en mi tierra esta novela. Toda una responsabilidad, toda una alegría.
Y no, no hablamos nada de la presentación, casi nada, salvo cuando nos cruzamos y saludamos al Presidente de la Obra Social y Cultural de Caja Segovia, que ha facilitado toda la infraestructura del acto. Fue una casualidad propia de las malas novelas, según algunos, por poco creíble; pero sucedió y para que todo parezca una idea de un guionista a quien la imaginación no le conduce nada más que a los territorios trillados, el encuentro se produjo a los pies del Acueducto. ¿Hay algo más tópico en Segovia? El Acueducto, el Mesón de Cándido, el punto de información del movimiento 15M con sus pancartas tendidas al sol desde lo alto de la Terraza de Santa Columba, los turistas japoneses atrapando en sus máquinas los latidos del costillar de la serpiente gruesa que diría el Arcipreste de Hita…
Tras una comida menos rápida de lo previsible, hubimos de apresurarnos un tanto. Empecé a temer que llegaríamos tarde a la propia presentación de nuestro libro, lo que sería calamitoso; pero estas cosas supongo que las piensa quien está tan excitado y con tantas ganas de ofrecer lo mejor a quienes han volado desde Tenerife para presentar un libro en esta ciudad que, aunque algunos lo escriban, y a veces lo parezca, ni es tan levítica, ni es tan mortecina, salvo que uno la visite en el más duro invierno.
El reloj no detenía su paso, y poco a poco iban llegando a la Sala de Caja Segovia conocidos, familiares, amigos, saludados y hasta desconocidos. Ángeles Hernández, a esas horas, ya estaba también con nosotros. Se había cruzado media Península, desde mi adorada Asturias para estar con nosotros. Estas cosas creo que conviene resaltarlas, sólo por una razón, porque demuestran un cariño tan impagable que no se me ocurre mejor modo que haciéndolo público.
Instantes antes de comenzar el acto (Foto El Adelantado)
Tras la sonrisa de Ana, Guillermo Herrero se dirige a la mesa
(Foto Ángeles Hernández)

Guillermo Herrero, el historiador y periodista de El Adelantado de Segovia, fue el encargado de conducir el acto. En ningún momento tuve dudas de que debía ser él el encargado, pues fue el primer periodista que publicó en un diario de papel la existencia de esta historia, pocos meses después de haberse iniciado. Gracias a él, varios convecinos han estado pendientes de esta novela, tal y como me han demostrado con algunas preguntas. En las semanas precedentes, abusando de confianza con el resto de compañeros escritores, sin consultarlos, le di total y absoluta libertad para enfocar el acto como se le ocurriera. Concretada la presencia de cuatro de los siete autores en el acto, decidió que tenía que parecerse a la esencia de la propia novela: algo coral, puesto que las 7 plumas han escrito en igualdad de condiciones y en total ausencia de preponderancia las páginas donde se encierra una historia que mezcla –como en la propia vida- pedazos de misterio, trozos de amor, esquirlas de desamor, retales de sexo, jirones de muerte, trozos de acción, fragmentos de soledad, gajos de sufrimiento, raciones de ironía, eslabones de codicia, muestras de corrupción…

Guillermo, con el oficio del periodista acostumbrado a condensar el pensamiento al máximo, en tres párrafos contundentes destacó lo que para la mayoría de los asistentes al acto era una novedad. Algo que, sin embargo, para los lectores de este blog, no lo es, pues mucho se ha hablado de estas cuestiones: siete autores, escritura colectiva sin ningún tipo de preparación previa, publicación abierta a la opinión de los lectores que, de hecho, podían influir –e influyeron- en varios detalles de la trama… Es decir una auténtica innovación respecto de los elementos más tradicionales de la escritura de una novela…
Y a continuación, tras escuchar en la voz honda y magnífica del ya buen amigo José Francisco –La Voz Silenciosa-, el capítulo segundo de la novela, para que los asistentes al acto entraran en materia, comenzó una entrevista, una conversación entre Guillermo que nos preguntaba y los autores. Él, Guillermo Herrero, tuvo la habilidad y sabiduría profesional de camuflarse, por así decir, en la escena, como buen periodista –no todos lo son- su labor era otorgar protagonismo a los entrevistados (en este caso nosotros cuatro) a través de las preguntas apropiadas que, normalmente, suelen ser la más obvias.
Un momento del acto, ante la atenta mirada de Marcos Alonso
(Foto Marián)
Repetirlas en este blog es un poco redundante, pues, insisto, mucho se ha hablado al respecto: cómo nació esta experiencia, qué problemas ha habido, cómo se fue cosiendo la trama, si es más sencillo escribir en solitario o en grupo, cómo se consiguió el ensamblaje de las diferentes voces, cómo han influido los lectores, el tipo de presión que teníamos cada autor cuando nos llegaba el momento para escribir, si alguno hemos pensado durante el tiempo de escritura abandonar la nave, cómo influirá la presencia de Internet en la literatura, y no sólo en el soporte en qué se lean los textos, etcétera, etcétera…
Mientras Guillermo preguntaba, mientras escuchaba las respuestas de mis compañeros, contemplaba los rostros del público. Y en la inmensa mayoría veía cómo el grado de interés se aposentaba en el gesto. Yo diría que nadie se estaba aburriendo allí dentro. Salvo a nosotros mismos y cinco o seis personas de la sala además de nuestras tres amigas que se habían presentado desde Madrid, Oviedo y Málaga, para el resto, todo era nuevo, por tanto yo diría que atractivo. Es verdad que uno jugaba en casa, y que a este tipo de actos suelen ir personas que están a tu favor, pero aún con esa salvedad, me percataba con certeza absoluta que estábamos sorprendiendo.
Incluso tuvimos tiempo de comentar el contenido de la novela, de la historia que anida en sus páginas y que espera a nuevos lectores, esa búsqueda de Sophie que en realidad es una búsqueda de sí misma, una lucha feroz por la libertad que sólo conseguirá cuando encuentre la respuesta a la pregunta que lastra su vida desde el día en que ocurrió la catástrofe de la desaparición de sus padres.
Todo esto pasó en la sala, en realidad pasaron muchas cosas más, porque allí estuvieron presentes también quienes no pudieron estarlo físicamente, y pasó la complicidad que se ha generado entre nosotros. Y eso se notó desde el primer momento, desde el instante en que, por ejemplo, presenté a mis amigos a mis padres. Uno se fija en esos detalles para comprender que no vive un sueño.
Instante final de la presentación (Foto Ángeles Hernández)
Y claro con estos mimbres y con ese sabor de boca, con algo de retraso, pues hubo que saludar a unos y otros, pudimos llegar a la Feria del Libro, a pesar de su proximidad.
Los libreros acabaron encantados con el rato que pasamos en la caseta, pero no todo concluyó allí. Había que seguir atando cabos y los fuimos atando ya en la fiesta. A pesar de lo que me temí, no me llegó el cansancio, el desfondamiento. Por el contrario, poder contactar con nuestros compañeros de aventura y con otros amigos a través de los teléfonos fue otro momento muy especial. Allá en Lérida, en Tenerife, en Las Palmas, en Málaga, en Sevilla había personas esperando nuestro resumen; pero creo que más que nuestro resumen esperaban descubrir el tono de nuestra voz. Poco les importaban las palabras concretas, era fundamental primero comprobar que de nuestra garganta brotaba la ilusión y la alegría. Tres de los libreros nos acompañaron en el bar, y allí es como si hubiera continuado la entrevista de Guillermo. Como ellos no habían estado –lógicamente- en el acto se repetían las preguntas, la curiosidad.
María Sangüesa había partido en el AVE camino de Madrid poco antes de finalizar la firma. Luego, unas horas más tarde, Ángeles volvió a atravesar la Península hacia el norte. Pero el resto aún teníamos ganas de seguir de cháchara. Tanto que decirnos desde la última vez…
Y al día siguiente la inmensa gozada de poder explicar las cosas que uno sabe de esta ciudad y compartir la amistad. Es difícil coincidir, y por ello hay que aprovechar al máximo el tiempo, estirarlo, ahondarlo, ensancharlo, ocuparlo sin perder ni un minuto.
Sé que lo que antecede tiene poco o nada que ver con una crónica al uso, quizá sea mejor que leáis la que Ángeles Hernández ha dejado aquí mismo en La Esfera, pero no me es posible escribir sobre este acto, sin escribir sobre todo lo demás. Y aún así me dejo en el tintero lo que importa, la verdadera esencia nutritiva de estas cuarenta y ocho horas: disfrutar de la amistad con la conciencia clara de que es verdaderamente lo que sacia el hambre del corazón, tal y como ya ha demostrado Dácil Martín en este texto.
7 plumas en Radio Cuarte, Zaragoza, octubre 2010
(Foto Pilar Aguarón)

Como puñal o beso

23 May

http://www.ivoox.com/playerivoox_ep_672059_1.html
Mis versos, como lirios de la aurora,
transitan por el quicio del silencio
mientras esperan surcos
donde depositar sus besos cálidos.

Porque son estos versos miradas sin pupilas,
donde no está mi voz,
sino vuestros gemidos
viajando en vuestras lágrimas de sangre:
verdadero sendero de esta especie,
quien pretende volar a las estrellas,
aunque hiede el planeta
a osarios sin entierro.

¿Cómo levantarán mis versos vuelos
que den a Dios alcance,
o busquen las estrellas,
o indaguen el misterio de lo humano,
o propongan carcasas de bellezas,
si estalla un alarido en el planeta
a punto de alcanzar el estertor
previo al final, silencio irreparable…?

¿Cómo levantarán mis versos vuelos,
si el hambre es tempestad sobre mis dedos,
si la guerra, huracán en mi horizonte,
si el abuso es tornado de mis sueños,
o si es un terremoto que no cesa
el maltrato de cuerpos y de mentes,
o si es como un incendio
mirar ojos de niños sin escuelas?

¿Cómo levantarán mis letras vuelos
que den a Dios alcance,
o busquen las estrellas,
o indaguen el misterio de lo humano,
o propongan carcasas de bellezas…?

Decídmelo vosotros, y si no halláis respuesta,
empuñad estos versos,
alzadlos en la noche,
como bandera al viento
sin colores ni patria,
como cristal o lágrima,
como improperio o salmo,
como puñal o beso…