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El hombre del sombrero

20 Sep

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Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Sin dejar de acariciarlo y sin sentarse, empezó a hablar. Me contó todo lo que ocurrió aquella noche, el porqué de la sangre en su camisa, el porqué de las lágrimas en sus mejillas y por qué tenía que sacar una pistola de su chaqueta, apuntarme a la frente y disparar. Y rematarme si seguía moviéndome. Me dijo que no lo lamentaría. Que volvería a guardarse la pistola, volvería a ponerse el sombrero y saldría de mi casa como entró: en silencio.

Sacó la pistola y
se acercó a mí, la pistola rozaba mi frente y mi sudor acariciaba a la pistola. Y yo no cerré los ojos, pero los clavé en el suelo con el mismo miedo con el que apoyé mi espalda en la silla.

Disparó.

Quisiera pensar que con el ruido de la bala los pájaros huyeron del sauce de mi jardín, que mi cuerpo muerto formó una escultura elegante, digna de un gran final, que mi fallecimiento conmocionó al barrio, que el que disparó a ese hijo de puta no fui yo, que no fui yo quién se puso el sombrero tras apretar el gatillo,el que salió de esa habitación en silencio, el que dejó de recuerdo un espejo destrozado, cuatro botellas vacías y ningún cadáver.

Autor: Carlos Díaz González
Narración: La Voz Silenciosa

Cansancio y soledad

18 Sep

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Llegó desnudo al lecho, después de haber cenado su cansancio, envuelto en ensalada y en tortilla, acaso distraído por el vuelo de un balón indolente y caprichoso. Llegó desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en ensalada y en tortilla, acaso distraída por el llanto de la angustia infantil incomprensible. Y el lecho compartido fue, como cada noche, dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel. Cuando al amanecer, regresen los vigías a la almena, y las pupilas alcen sus portones, él se levantará cansado y triste, a ella la soledad le cubrirá los pasos presurosos, engarzados al tiempo que se fuga. Se cruzarán vestidos, perfumados, pero su paladar no sabrá a beso, sino a café y tostada, y no tendrán caricias como salvoconducto para el día, sino el vuelo indolente de un balón y el llanto indescifrable de la infancia. Durante varias horas, el lugar será trono de olvido, almacén de silencios compartidos. De nuevo él llegará desnudo al lecho después de
haber cenado su cansancio envuelto en un puré y en pescadilla, acaso distraído por la historia de un crimen imposible y farragoso. De nuevo ella entrará desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en un puré y en pescadilla, acaso distraída por el sueño de la infancia feliz e incomprensible. Y como cada noche será el lecho dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel.

Texto: Amando Carabias.
Narración: La Voz Silenciosa

Doña Jimena

15 Sep

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Nada en su aspecto era agradable: su pelo lacio caía desordenado sobre su piel macilenta y apagada, sus ojos grises parecían mirar cada uno hacia un sitio diferente, su nariz desafiaría los limites estipulados para el tamaño de las narices si estos hubieran sido fijados alguna vez, su boca exhibía un gesto hosco, de disgusto, y su cuerpo…., qué decir de sus hombros estrechos en contraste con el abultado tamaño de su vientre, sus piernas sin embargo, seguían la estética de hombros y brazos y de tan delgados, parecían a punto de romperse.
Su carácter era tan complicado como su aspecto, y no se relacionaba ni hablaba con nadie.
Así era doña Jimena; su edad era por descontado todo un misterio, pues

su complejo aspecto daba pocas pistas acerca de la misma; se rumoreaba que rondaría los 60, claro que bien podían ser 70 o 50…
Siempre estaba sola ¿quién iba a querer estar cerca de un ser así?; el interés que despertaba en los demás, duraba lo que se tardaba en inspeccionar su aspecto y comprobar que nada era postizo, que semejante engendro era real.
Hace unos días ha aparecido muerta a un lado de la carretera, algún desalmado la atropelló y ni se dignó auxiliarla, así pues, murió como vivió: sola.
Se ha desvelado el contenido de la mugrosa bolsa de tela que colgaba de sus hombros: un monedero raído con unas monedas, un pañuelo sucio, una manzana y una nota fechada hace 60 años dirigida a una casa cuna: “Quién recoja este bebé rogamos lo trate con dulzura, es hija de un conde y su sangre es noble, se abandona por haber nacido fuera del matrimonio, el dinero que acompañamos será suficiente para darle la vida que se merece”
El gesto hosco de su boca se ha borrado, y la expresión desagradable de su rostro se ha suavizado, por primera vez su semblante exhibe una expresión relajada, llena de paz.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Se ha perdido la carta

15 Sep

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No es que se haya extraviado. Digo que se ha perdido. Desaparecido. Muerto. Sí, a eso me refiero. Ya no vamos al buzón a ver si hay algo para nosotros. Si hay alguna noticia de la familia, del ser amado… Ahora no encontramos más que avisos de cobro, facturas, resúmenes de operaciones bancarias… y publicidad. ¡Cantidades ingentes de publicidad! Como, además, la mayoría de la gente tiene la particular costumbre de ver que son folletos y dejados en montones en el buzón, pues… al suelo con ellos. Que ya vendrá algún otro vecino que tenga un poco más de urbanidad y los recogerá y tirará al contenedor de papel que es donde deben estar. Hoy poca gente mira todo lo que le llega al buzón, porque se cansa. Y también del toque indiscriminado al timbre de los pobres repartidores (que no tienen la culpa), pero que para poder hacer su trabajo lo antes posible, llaman a todos los timbres de las casas, con lo que al contestar por el portero automático, oyes: ¡Publicidaddddd! Y eso sí, te sirve para

hablar con los demás vecinos que han descolgado también y ya aprovechas y saludas diciendo: “Es lo de siempre, la puñetera publicidad”. Y encima a estas horas. Por cierto lo mismo da qué hora sea, siempre decimos lo mismo. Bien pues ya no tenemos cartas, se ha acabado la espera de ese papel escrito con cuidado y esmero, doblado e introducido en un sobre. Debidamente franqueado (y no tiene que ver con Franco, porque ahora se franquea con otras figuras e incluso sin ellas, pero se sigue llamando franqueo) y que con todo el cuidado del mundo desvirgábamos con el abrecartas, artilugio de mil formas y materiales distintos, que siempre teníamos en casa para no romper el papel que contenía el susodicho sobre. La leíamos y con ella aún delante, nos poníamos manos a la obra. Papel en la mesa, bolígrafo o pluma y a contestar a lo que nos decían. Luego dobladito y adentro. Y tras mojar el borde con la lengua y deslizar los dedos por todo el borde para dejarlo bien cerradito, al buzón. Teníamos hasta, a veces, sobres y papel de colores. Y hasta tinta de color para las epístolas. ¡Qué bonito! Te ibas a la mili y cuando venía el cartero te arremolinabas a su alrededor a ver si tenías carta. De los padres, los hermanos, la novia… Si había mucha distancia por medio, era lo único que mantenía la ilusión, la carta que te acercaba a ellos. Que conservaba viva la ilusión, porque el teléfono era caro y difícil el establecer una comunicación. Pero ahora todo ha cambiado. Para bien que no digo lo contrario. Móviles, teléfono en todas las casas, mensajes de texto y de imagen, videoconferencias. En Internet. Eso ya es el colmo. Entras al Messenger y por muy larga que sea la distancia estableces conexión con otra persona. En vivo y en directo. Instantáneo. O el correo electrónico, más bien denominado, “i-meil”. O Emilio, es igual, pero que gracias a que muchísima gente dispone de conexión a la red de redes, recibe de inmediato, al segundo de haber sido enviado. Sólo una pega, los spam. Es decir, el correo basura. ¡Que mira que fastidia! Y eso que ahora los servidores de correo lo separan y salvo que tú digas que es conocido el remitente, espera a ser destruido sin siquiera abrirse. Pero es curioso, mi hijo recibe publicidad sobre viajes, tarjetas de crédito, ipod, mp3 y facilidades para comunicarse a través de mensajes de móvil desde el propio PC. Y sin embargo yo, veo siempre lleno mi buzón electrónico de publicidad sobre Viagra, alargadores de miembro viril… Y viajes de tercera edad. Por eso me dan ganas de cuando abro una cuenta, poner una edad distinta a ver si yo consigo engañarlos a ellos. Habrá que pensar en algo… Así que… se ha perdido la carta. RIP.

Texto y Narración: La Voz Silenciosa

Ídolos de plata

14 Sep

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Está bajo el sol de la tarde, pisando con sus zapatos gastados la misma arena que en otras épocas estuvo bajo treinta metros de agua. Enciende un cigarrillo y trata de concentrar la mirada en ese círculo de llamas pequeño para no ver el otro, el que brilla enorme en el cielo, el que lo sofoca de calor y le hace doler la cabeza y ya lo tiene harto. Maldice el lago que no está, el arroyo al que ha quedado reducido, la sequía. 
De pronto una sombra lo cubre. 
Observa por encima de su hombro y ve que a sus espaldas, en absoluto silencio, acaba de encallar un barco de vela, muy antiguo, sin tripulantes.
Siente que su corazón se desplaza generando otros corazones que laten en las sienes, en la garganta, en las piernas. Siente que el corazón de las piernas le está fallando, teme caer sobre la arena ardiente. Desesperado por encontrar un punto de apoyo gira, recuesta la frente sobre el cuerpo del barco que huele a sal. El olor lo descompone, lo ofende, porque es olor a mar, porque

esa arena resquebrajada que está pisando con sus zapatos gastados, jamás conoció el mar. Y él tampoco. Ni le importa. Recuerda que cuando aquel profesor maniático de historia hablaba de las grandes batallas marinas o de los ciclones que hacían naufragar las naves, él jamás atendió.

—¿Por qué no estudia?
—Porque el mar está lejos, es de otra gente.
El barco trae a su memoria desavenencias que había olvidado.
Retrocede algunos pasos, lo mira como se mira a un ser peligroso. Reconoce que sus líneas tienen belleza pero es una belleza agresiva, que lo descoloca y logra que ahora él se adivine más feo que hace un rato cuando el intruso no estaba, logra que se sepa más imbécil. Continúa mirándolo fijo, quizá se trate de un galeón español, quizá aún conserve su carga de ídolos de plata robados.
Un hilo de baba se escurre por sus labios, agua salada que apenas toca el suelo, desaparece.
—Si un animal mediocre se enfrenta al fantasma de un animal espléndido, ¿quién ganaría la pelea? —se pregunta en voz alta.
Desde el centro de su vientre, donde siente latir al más alocado de sus corazones, saca la fuerza que necesita y con un movimiento torpe, arroja su cigarrillo aún encendido contra el velamen del fantasma.

Texto: Patricia Nasello
Narración: La Voz Silenciosa

Un tipo

14 Sep

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Soy un tipo campechano, de esos que andan con las puntas de los pies separadas, dejando caer el peso del cuerpo en cada paso, lento y rítmico.

Soy de los que se calla cuando habla y de los que habla callado. Mis pensamientos mueren si los intento escuchar y mis manos transmiten lo que mi boca no puede.
Soy de esos que no enseñan las cicatrices del pecho porque no me quito la camisa. Y por las noches rumio los acontecimientos del día para saber donde erré y no cometer los mismos fallos.
Soy de los que te echan de menos aunque nunca estuvieras, de los que le circula la sangre

sin producir ruido.
De los que no lanzarían un beso en público, aunque tus labios sean lo único evidente.
Soy consciente de mis defectos, sospechando que nunca los descubrirás.
Convierto la felicidad en momentos, porque el día tiene veinticuatro horas y no puedo estar siempre despierto. Y por mucho que haya dormido, no consigo abrir los ojos cuando pasas delante de mí.
Soy de los que la delgadez se convirtió en gordura por saborear la vida y de los que canjeé la belleza de la juventud por sabia elegancia.
Existo, pero no consigo verme en tus ojos.

Cuéntame un cuento

14 Sep

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Cada noche mi imaginación encuentra al lado de la cama de mi hijo sus alas para sobrevolar mundos imposibles, personajes llenos de encanto, parajes mágicos…, es nuestro momento preferido del día, él fija sus ojos en mis gestos y su cara va dibujando el asombro, el susto, la alegría…, al ritmo que le marquen mis narraciones, el final siempre es feliz y la última expresión de su rostro antes de dormirse es de placidez.
Hoy no encuentro mis alas.
Hoy no encuentro las palabras y mi hijo comienza a impacientarse.
-Mamá, cuéntame un cuento.
Cojo sus manos y le miro a los ojos.
Empiezo a hablar despacio

desgranando las palabras con suavidad:

Mi cuento habla de una familia como la nuestra: un padre amable y cariñoso, una madre entregada a sus hijos, una hermana mayor y un niño de 5 años, como Guille.
-¿Qué pasaría si las hadas quisieran llevarse con ellas a la mamá?, solo se llevarían su cuerpo en realidad, ella seguiría con el papá y los hijos, aunque no pudieran verla ella les vigilaría y les mandaría su cariño y sus consejos.
-Tiene que ser muy emocionante visitar el país de las hadas, si ellas quisieran llevarme me gustaría ir y no pasaría nada, seguiría contigo y cada noche dejaría un cuento muy bonito posado en tus sueños para estar juntos ¿qué te parecería Guille?
Mi hijo con el gesto huraño me mira muy serio:
-Que las hadas ya no serían mis amigas si te llevan, yo te necesito más. Cuéntame otro cuento mamá, ese es muy feo.
Lucho contra las emociones que amenazan con ahogar mi voz, trato de olvidar el grave diagnóstico del oncólogo sobre mi vida y comienzo una historia nueva, para Guille:
“Existió hace muchos años en unos mares lejanos un temible pirata…”
El rostro de mi hijo se viste de emoción, una noche más.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Normal

13 Sep

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Se puso la ropa y salió a la calle, era un día más, como cualquier otro; primavera soleada. Fue en dirección a la estación de subte; llegaría al banco un poco más tarde que de costumbre.
El calor y la humedad que despide esa gran boca con escaleras como dientes, le hacen transpirar el cuello. Saca su tarjeta, la pasa por el molinete, desciende un poco más a los infiernos; se sienta y espera, cruzado de piernas, en el andén.
Al detenerse el coche rojo, pintado un poco con aerosol, él se levanta e ingresa, toma asiento en un pequeño lugar que hay entre dos personas de grandes cuerpos.
En la estación Pueyrredón sube mucha gente, más que

en otras ocasiones, se le paran enfrente una pareja, él casi tiene el miembro del hombre en su boca, se toca el cuello como buscando hacer lugar entre este y la camisa. Comienza un desfile de vendedores, uno detrás de otro. Se acomoda el pantalón del traje, tan alineado, tan marcado que hace juego con el saco entallado, fino, que es acorde con su barba prolijamente cortada, con su pelo corto y engominado, digno aspecto de un tipo normal.

Compra un paquete de pastillas de mentol (nadie sabe si lo hace por gusto o lástima), compra pañuelos descartables, cinta métrica y la pelotita con luces de colores, llega el momento de las tijeras de marca Mondial, los cuchillos chinos que cortan cualquier cosa, todo pasa, pasa de todo.
En el noticiero matutino, algunos testigos aseguran que la masacre comenzó alrededor de las nueve y veinte de la mañana, que nadie pudo hacer nada, que los ojos desorbitados del atacante eran demoníacos. El cuerpo o lo que quedaba de él estaba en partes en las vías; y de un pedazo de tela azul, con líneas celeste claro, colgaba un plástico con una foto y un nombre junto a un coagulo espeso de sangre donde se podía leer «Jo…» y un apellido que comenzaba «Ma…», debajo, el título prestigioso de «Gerente General».
Texto: Gastón Pigliapochi
Narración: La Voz Silienciosa

Si fuera Capitán, tomaría la ruta de tu piel

11 Sep

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Por tierra.
Corriendo más como el que persigue algo, que como el que es perseguido; porque aquí nadie huye de nadie y la pasión no tiene espera. No, mejor paso a paso en un tranquilo paseo, sin prisas ni carreras. Curva a curva, sin pereza por subir, bajar, y si es preciso dar un rodeo para hacer noche en alguna cálida cueva.
Por mar.
Da igual el estilo, tú eliges. Si quieres a braza, buscándote a ambos lados del camino; a espalda sin perder de vista las estrellas que me orienten; o bien revoloteando cual mariposa con contorsiones de sirena enamorada. Para al final bucear en las profundidades de tus aguas, con el único oxigeno del boca a boca que tú me des.
Por aire.
Volando no estaría nada mal tampoco, ¿quién no ha soñado alguna vez con volar? Divisarte desde las alturas como un águila en celo, lanzarme en picado y aterrizar sobre la suave pista de tu espalda. Dulce sueño de Capitán, terminar abrazada a esa espalda, para descansar del viaje con la conocida nana de tus latidos hasta quedar dormida.
Texto: Ailema del Revés
Narración: La Voz Silenciosa

Escondido

8 Sep

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Era absurdo, irreal, pero existía. Ondulante y hondo, curvilíneo y suave, se arrastraba ante mí con una paciencia infinita, dejando su reguero de curvas insólitas en el fondo del patio. Sólo cuando se marchaba, yo me atrevía a acercarme despacio, con cautela, para buscar entre la tierra viscosa algún rastro que lo hiciera creíble.
Era manso y yo le gustaba. Lo sé porque, aún sabiendo que yo estaba allí, escondido tras la herrumbre de las rejas del patio, se sentaba blando y sesgado sobre la sombra del manzano, con la vista puesta en la cancela. Los dos nos estudiábamos: yo, con miedo todavía, él, con su paciencia infinita.
Una tarde, brotó a la superficie desde la hojarasca humedecida del único árbol del patio. Lo vi caminar

sobre la ruta encharcada que había fabricado la lluvia y sin saber cómo, de pronto descubrí que su aparente absurdo ya no me asustaba. Yo estaba allí en el patio a aquella hora porque la siesta me aburría y, mientras todos los de casa dormían, bajé a vivir las aventuras inventadas que solía. Tal vez entonces el aburrimiento venció al miedo y por primera vez me acerqué para jugar con él, los dos solos, absurdos e irreales, bajo el árbol.

Desde aquella tarde fui su amigo. Juntos dejábamos pasar las horas sobre la tierra –le gustaba mojada–. Él, construyendo movimientos nuevos para mí, curvas de estreno zigzagueantes, serpentinas que me divertían. Yo, corriendo y saltando por encima de su lentitud, una y otra vez, una y otra vez, hasta quedar extenuado o hasta que una llamada ponía punto final al encuentro.
Cuando intenté contarle a mi madre, la primera vez, lo de mi amigo, ella meneó la cabeza como siempre lo hacía cuando tenía prisa, y siguió su camino a la cocina. La segunda vez, se preocupó. Lo sé porque escuché parte de una conversación con mi padre, quien hablo de la posibilidad de llevarme al médico, de lo mal educado que me tenía y así siguieron por un largo rato, repartiéndose la culpa. Fue por eso que aprendí a ocultarlo. Temía que su aspecto irrazonable les llenara la cabeza de ideas adversas y que aquella posible hostilidad lo desvaneciera. Me asustaba pensar volver a jugar solo en el patio.
Le construí un refugio cerca del manzano, con tierra y hojas amontonadas caprichosamente. Eso me pareció suficiente para esconder su pequeña, blanda, ondulante irrealidad de los ojos de los de casa. Pareció gustarle, aunque se resistió a convertirlo en su prisión y salía con frecuencia de aquel escondrijo, sin que yo pudiera evitarlo. No era difícil de entender. Ya desde entonces, yo podía intuir que su fin último eran las ondas, la ondulación, el arco intermitente de su cuerpo sobre la tierra.
Mientras tanto, analizaba cómo me las ingeniaría en el verano, cuando se hubieran ido los días de lluvia. Pensaba sin parar en cómo mantener húmedo el patio, cómo conservar el musgo verde y ácido sobre el que le gustaba moverse, cómo defenderlo de la voracidad de los lagartos, cómo ayudarle a soportar los días de brisa caliente a ras de tierra, cómo distraerlo durante las larguísimas siestas de verano.
Se ve que no supe disimular tanto como pensaba, porque un buen día, mis padres decidieron prohibirme las tardes en el patio y clausuraron la puerta del fondo; la única que podía llevarme hasta él. Incluso colocaron una enorme, desproporcionada cadena entre las rejas de la cancela para que así me fuera imposible siquiera acercarme. Maldije que no hubiera ventanas que miraran al manzano y no paraba de pensar en él. La idea de que lo hubiesen descubierto y de que, sin poder resistir su irrealidad, lo hubieran hecho desaparecer, me resultaba insoportable.
Así pasó el verano. Ya en septiembre regresaron, poco a poco, las lluvias y con ellas, creció en mi la esperanza de que un día, al volver de la escuela, me encontrara abierta la puerta del fondo. Así fue. Una tarde nada más entrar a casa, llegó a mis oídos el sórdido sonido de un rastrillo; verdugo entre el crujido de las hojas muertas que había dejado caer el árbol. Bajé al patio, corrí hacia la cancela. Me detuve. Mi inocencia se desplomó. Se fue de golpe. Mi amigo ya no estaba. Nuevamente éramos yo y mi soledad, en medio de los años y de divanes sobre los que contarlo, una y otra vez, una y otra vez hasta esta tarde de lluvia en que también lo cuento.
Aún, después de tantos años, cuando llueve, pienso en él. Calculo cómo habrá sentido sobre sí la opresión áspera de la garra metálica y lo veo aplastado, convertidas sus ondas en un ovillo sobre la tierra mojada. Puedo incluso imaginar cómo me habrá buscado con los ojos, más allá de la herrumbre de las rejas, al tiempo que habrá guardado sus últimas fuerzas para arrastrarse en ondas y hasta puedo suponer que me habrá brindado ese movimiento final como definitiva despedida. Sin embargo, doctor, lo que no me permite vivir en paz –y por eso estoy aquí– es una duda inmensa, plana, árida. La duda de que él esté aún allí, escondido en alguna parte fuera de mi infancia, esperando por mí, con su paciencia infinita.
Texto: Isabel Expósito Morales
Narración: La Voz Sielnciosa