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Corrígeme si me equivoco

21 Sep


Salí del zaguán, la luz del sol me daba directamente en los ojos, dejaba atrás un reguero de incertidumbre, intentaba averiguar la razón de tu desprecio.

Mis pasos marcaban el ritmo de la angustia, sabía que no iba a volver a ver esos labios sensuales dibujando susurros en mi memoria.
Intuir una explicación que borrara ese portazo, el sonido más afilado de aquellos momentos.
Frenesí, con furia y sin lógica. Terca locura. Delirios de pasión.
Primero desenfreno en tus mordidas, dedos que clavaban excitación en mi carne, inquietante danza de deseos, indescriptible contorno en tus curvas, el recuerdo del ardor que nos unía.
Después el dolor, el desgarro de perderte, la ansiedad de tu indiferencia.
Esa duda despojó tu sombra de mi cuerpo, consiguió arrancar violencia de mi alma, desvaneciendo el único aliento que nos ligaba.
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Un tipo

14 Sep

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Soy un tipo campechano, de esos que andan con las puntas de los pies separadas, dejando caer el peso del cuerpo en cada paso, lento y rítmico.

Soy de los que se calla cuando habla y de los que habla callado. Mis pensamientos mueren si los intento escuchar y mis manos transmiten lo que mi boca no puede.
Soy de esos que no enseñan las cicatrices del pecho porque no me quito la camisa. Y por las noches rumio los acontecimientos del día para saber donde erré y no cometer los mismos fallos.
Soy de los que te echan de menos aunque nunca estuvieras, de los que le circula la sangre

sin producir ruido.
De los que no lanzarían un beso en público, aunque tus labios sean lo único evidente.
Soy consciente de mis defectos, sospechando que nunca los descubrirás.
Convierto la felicidad en momentos, porque el día tiene veinticuatro horas y no puedo estar siempre despierto. Y por mucho que haya dormido, no consigo abrir los ojos cuando pasas delante de mí.
Soy de los que la delgadez se convirtió en gordura por saborear la vida y de los que canjeé la belleza de la juventud por sabia elegancia.
Existo, pero no consigo verme en tus ojos.

Nada es lo que parece

29 Ago

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─¿Su mujer? –Preguntó el barman mientras adornaba las caipiriñas con alegres minisombrillas de colores.

El rostro se le retorció con una expresión entre duda y extrañeza.
─Tiene muchas perras. ¡Qué le vamos a hacer!
Lo esperaba en la orilla, recostada en la hamaca, con el pelo encrespado de tanto tinte, las carnes colgonas renegridas por el sol y su sonriente boca arrugada mostrando una dentadura gastada por el tiempo.
─¡Qué bueno que te haya tocado la lotería mamá!
─ Y mejor premio aún que me hayas querido acompañar en este viaje. El que me prometió tu padre desde que nos conocimos.
Sus ojos se aguaron mientras le daba un sorbo a la bebida y apretaba fuerte la mano de su hijo invitándolo a sentarse a su lado.
Ambos se quedaron juntos, abrazados, vigilados por la atenta mirada de un camarero que retorcía su imaginación y juzgaba indignado lo que no conocía.

Más relatos de verano aquí
Narración: La Voz Silenciosa

Dolorosa necesidad

7 Ago
Otra vez ese dolor en el pecho. El puñal de mis pensamientos clavándose justo en el centro, siempre anunciando que la cabeza da vueltas, giros que no consiguen equilibrarme.
La necesidad imperiosa de que me quieran me hace perder la línea del horizonte, intuir quimeras en lo cotidiano.
Una mirada que sólo mira o un roce que sólo roza, se transforman en una cascada de ilusiones, taquicardia de anhelos.
Aparecerás con un inocente abrazo, me alagarás con una frase hecha con retazos de educación, inventaré una contemplación más profunda de mis gestos, cambiaré los sabores del aire que nos rodea, me impregnaré de recuerdos con olores inventados.
Y te meterás en mis sueños disfrutando de esas fantasías ideadas, permitiendo el paso de los días carentes de explicación.
Así construiré los cimientos de una necesidad, solo escrita por mí, imaginada por mí. Mi dolorosa necesidad.

Texto: Inma Vinuesa

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Jugosos placeres

30 Jul

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Cierra los ojos y contén la respiración, no los abras y empieza a relatar lo que entra por tu pituitaria.
Lentamente se inundó de olores. Peras frescas, maduras, sonrojadas y alegres mezcladas con higos lechosos que resbalaban su esencia sobre la suave brisa, bajo la sombra de una inmensa higuera.
Paladeaba el regusto de sortear los membrillos, los naranjos, los girasoles, de saltar entre arroyos y cascadas de cerezos.
Las ciruelas rociaban y anunciaban con sus brincos que estaban en el momento justo para entrar en la boca y endulzar una lengua sedienta de sabor.
Los racimos mostraban sus perlas de jade. El verdor de su jugo invitaba a descansar a su lado y cortar una a una las uvas de los collares que adornaban la parra.
El campo ofrecía su esplendor, invitaba a degustar sus frutos, cubría de fragancias el intenso calor, regalaba frescura, envolvía de gozo los sentidos, acariciaba la piel con jugosos placeres.
Texto: Inma Vinuesa
Narración: La Voz Silenciosa

Chirimiri

17 Jul

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Una tarde de esas que el chirimiri empieza a mojar las cabezas poco a poco, donde las carreras por resguardarse hacen de las suyas y provocan resbalones en el pavimento mojado. Ese húmedo día, su primo se cayó cuando pretendía llegar el primero a casa, escalando y haciendo funambulismo por la baranda de la escalera verde, esa que estaba frente por frente al portal.
La cabeza rebotó en el asfalto y el ruido ancló a todos, como si se les hubiese cortado la respiración, como si el mundo se hubiese detenido en ese instante.
Empezó a vomitar caños imparables, los ojos se revolvieron sin dirección ni tino, la cara se le transfiguró y el color de su rostro dejó de tener vida.
Ella estaba asustada, mucho, contemplando la escena, paralizada. Su tía llorando desconsolada pidiendo a gritos que llamaran al médico del pueblo, intentando no tocar mucho la cabeza de su niño por si la descomponía más de lo que ya se vislumbraba. La gente se empezó a agolpar alrededor de los dos, todos terminaron recibiendo el frio calado de las pequeñas gotas de lluvia y de la indefensión que producía ver aquella criatura convulsionar sin parar.
Nunca fue más un niño, ni un adulto, ya no fue sino un desconcierto incierto para todos. No volvió más a la plaza, no volvió más a jugar. No volvió…


Narración: La Voz misteriosa

Esa

4 Jun

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Sencilla, como las pequeñas flores del campo. Amarilla, pálida, pasando desapercibida en un manto de colores frondosos.
Allí, sin la más mínima intensión de sobresalir, sin pretender destacar por nada, ni por altura, ni color, ni aroma, ni siquiera por estar.
La de pelo rizado, la que no sabe ponerse, ni hablar, ni si reír cuando algo es alegre o llorar cuando el alma se encoge por algo nimio. Esa de ojos abiertos que piensa que la vida es demasiado intensa para que se le escape un detalle, esa…
Siente un cosquilleo inexplicable, los acontecimientos la desbordan. Desconoce cómo se metió en un torbellino de vida que contemplaba de lejos y que temblaba imaginando que podía formar parte de sí.
La que le da miedo meter la pata, la que solloza por dentro si alguien se aleja y no ha podido compartir una presencia insignificante pero cierta. La que todo lo hace al milímetro para no errar.
Esa flor solo necesita querer, creer en lo habitual, afrontar las realidades ajenas y acompañar con sabia sinceridad.
Esa pequeña unidad sólo desea estar, saber y sentirse amada, solo necesita entender la crudeza de un alrededor no tan extraño y apreciarse real agarrada por cientos de manos cálidas que la acompañan.


Texto: Inma Vinuesa
Narración: La Voz silenciosa.