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Corrígeme si me equivoco

21 Sep


Salí del zaguán, la luz del sol me daba directamente en los ojos, dejaba atrás un reguero de incertidumbre, intentaba averiguar la razón de tu desprecio.

Mis pasos marcaban el ritmo de la angustia, sabía que no iba a volver a ver esos labios sensuales dibujando susurros en mi memoria.
Intuir una explicación que borrara ese portazo, el sonido más afilado de aquellos momentos.
Frenesí, con furia y sin lógica. Terca locura. Delirios de pasión.
Primero desenfreno en tus mordidas, dedos que clavaban excitación en mi carne, inquietante danza de deseos, indescriptible contorno en tus curvas, el recuerdo del ardor que nos unía.
Después el dolor, el desgarro de perderte, la ansiedad de tu indiferencia.
Esa duda despojó tu sombra de mi cuerpo, consiguió arrancar violencia de mi alma, desvaneciendo el único aliento que nos ligaba.
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Infidelidad

20 Sep
En Baeza se enamoró Elisa de un fantasma. Era lógico y posible teniendo en cuenta la alta población de espíritus que purga sus penas en los palacios e iglesias de la ciudad. Sus maneras exquisitas, su jubón carmesí y su gran lechuguilla le fundieron los huesos cuando atravesó sin querer aquel cuerpo de hombre translúcido mientras hacia una visita turística a la catedral. Fue amor a primera vista.

Desde entonces ella lo lavaba todas las mañanas con detergente para ropa delicada y lo colgaba bien estirado sobre una silla cerca de la estufa para que se secara. Cuando llegaba la noche hacían el amor hasta la extenuación y él quedaba arrugado como una pasa tras penetrar sin descanso la carnalidad de su enamorada.

Fueron felices, entre amaneceres perfumados de suavizante floral y madrugadas de lujuria hidalga, hasta que un día el caballero fantasma, tras esperar impaciente su baño diario, descubrió a Elisa gimiendo mientras dormía, con el cubrecama enrollado libidinosamente sobre el cuerpo desnudo. De nada sirvieron las explicaciones de la sorprendida amada. El hidalgo retó en duelo mortal a la traidora sábana blanca que resultó ser el espectro de Iñigo de Mora y Villegas, conocido mancillador de honras ajenas.

Texto: Mar Horno García

Instante

17 Sep

El corazón calé martilla su pecho de amante mancillado tras acabar en un instante, de dos zarpazos ciegos, con la amistad traicionada y el amor sentido. Ahora en su cabeza solo queda un grito sordo y el vacío eterno teñido de carmín.

Un tipo

14 Sep

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Soy un tipo campechano, de esos que andan con las puntas de los pies separadas, dejando caer el peso del cuerpo en cada paso, lento y rítmico.

Soy de los que se calla cuando habla y de los que habla callado. Mis pensamientos mueren si los intento escuchar y mis manos transmiten lo que mi boca no puede.
Soy de esos que no enseñan las cicatrices del pecho porque no me quito la camisa. Y por las noches rumio los acontecimientos del día para saber donde erré y no cometer los mismos fallos.
Soy de los que te echan de menos aunque nunca estuvieras, de los que le circula la sangre

sin producir ruido.
De los que no lanzarían un beso en público, aunque tus labios sean lo único evidente.
Soy consciente de mis defectos, sospechando que nunca los descubrirás.
Convierto la felicidad en momentos, porque el día tiene veinticuatro horas y no puedo estar siempre despierto. Y por mucho que haya dormido, no consigo abrir los ojos cuando pasas delante de mí.
Soy de los que la delgadez se convirtió en gordura por saborear la vida y de los que canjeé la belleza de la juventud por sabia elegancia.
Existo, pero no consigo verme en tus ojos.

Amor con precio

10 Sep

Cerraste la puerta y sonó a bofetada. Me levanté, me asomé a la ventana y te vi perderte, decidida pero con la mirada clavada en el suelo. Quiero pensar que llorabas tras cada paso, que eras consciente de que me echarías de menos el resto de tus días. Que aunque el tiempo pueda con todo y encanezca los recuerdos, algo quedaría entre nosotros, algo del momento que acabábamos de vivir y de sudar. 

Quiero pensar que no, que es imposible que en cinco minutos estuvieras frente a otra puerta, sobre otro hombre, cobrándole lo mismo y dejando en sus oídos el mismo portazo definitivo que te hace comprar el pan de cada día.

Autor: Carlos Díaz González

Sueños de un vegetal

9 Sep

Le salvó el cinturón”, la frase atravesó las brumas del coma y rebobiné la película del accidente. Alguien me quitaba la aguja del gotero, las jeringas eran sacadas de la habitación núm. 513; se deslizaba una maquinilla de afeitar por mis mejillas y me crecía la barba. Una enfermera me subía unos calzoncillos sucios; por último, desconectaban el respirador y me sacaban en camilla de la UVI. La ambulancia salió disparada marcha atrás con las luces de señalización parpadeando para que un equipo de emergencias médicas me incrustase en el amasijo de hierros y cristales triturados. Mi coche recorrió desde el punto del impacto 60 Km. a 120 k/h por la autovía Sevilla-Huelva, aparcaba en mi plaza de garaje, me quitaba las gafas de sol y las guardaba en la guantera. Desajustaba el á! ngulo del espejo retrovisor y me desabrochaba el cinturón. De súbdito mi vida se reinició: ajusté el ángulo del espejo retrovisor, busqué las gafas en la guantera, salí de mi plaza de garaje, recorrí a 120 Km./h. los 60 km. de la autovía Sevilla-Huelva y me incrusté en un amasijo de hierros y cristales; por fin, escuché la voz apenada del jefe de la unidad del SAMUR, “nada, iba sin cinturón”.
Texto: María Dolores Rubio de Medina

¡ Boomm !

5 Sep

Me atrae…me está llamando, desde el sótano llega su voz.
Cuando vuelva a bajar será la última vez. He preparado todo para qué resulte perfecto.
Desde la colina veré saltar por los aires el edificio, y enterraré en escombros mi conciencia. Ya nunca más me hará bajar a mirar las cuencas vacías de sus ojos.
Texto: Rosa Martínez Famelgo