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Eterno souvenir

10 Sep
Salí de la pirámide de Keops, y volví a encontrarme con aquel misterioso vendedor que continuaba asido a su camello.

Tras el lúgubre velo, que la oscuridad había colocado en mis ojos, pude adivinar su presencia. Había algo de enigma en el contorno de su mirada, como si aquellas líneas de kohol negro separaran dos épocas remotas e irreconciliables. Sumida en una especie de magnetismo, me dirigí hacia su puesto, seducida como una serpiente bien amaestrada. Le ofrecí todo lo que llevaba, unas pocas piastras que iba a llevarme como recuerdo del viaje a Egipto. A cambio me ofreció una esfinge, algo cuarteada pero igualmente impasible. Al llegar al hotel, la coloqué en la maleta, mientras me reprochaba su compra y decidía que, dada su condición de tullida, tendría que quedármela para mí y colocarla en

la estantería de artilugios desencantados.


Ya en casa, deshice la maleta y la saqué de su envoltorio, no sin cierto desagrado. La coloqué en el lugar menos visible de la estantería, y traté de olvidarme de ella, de sus grietas, de su halo de eterna déspota, de su altivez mutilada. Pero no lo conseguí. Día tras día y por más que barriera y barriera, mis pies iban dejando un reguero de huellas en la arena del salón de mi casa.

Texto: Ángeles Sánchez Portero

Escondido

8 Sep

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Era absurdo, irreal, pero existía. Ondulante y hondo, curvilíneo y suave, se arrastraba ante mí con una paciencia infinita, dejando su reguero de curvas insólitas en el fondo del patio. Sólo cuando se marchaba, yo me atrevía a acercarme despacio, con cautela, para buscar entre la tierra viscosa algún rastro que lo hiciera creíble.
Era manso y yo le gustaba. Lo sé porque, aún sabiendo que yo estaba allí, escondido tras la herrumbre de las rejas del patio, se sentaba blando y sesgado sobre la sombra del manzano, con la vista puesta en la cancela. Los dos nos estudiábamos: yo, con miedo todavía, él, con su paciencia infinita.
Una tarde, brotó a la superficie desde la hojarasca humedecida del único árbol del patio. Lo vi caminar

sobre la ruta encharcada que había fabricado la lluvia y sin saber cómo, de pronto descubrí que su aparente absurdo ya no me asustaba. Yo estaba allí en el patio a aquella hora porque la siesta me aburría y, mientras todos los de casa dormían, bajé a vivir las aventuras inventadas que solía. Tal vez entonces el aburrimiento venció al miedo y por primera vez me acerqué para jugar con él, los dos solos, absurdos e irreales, bajo el árbol.

Desde aquella tarde fui su amigo. Juntos dejábamos pasar las horas sobre la tierra –le gustaba mojada–. Él, construyendo movimientos nuevos para mí, curvas de estreno zigzagueantes, serpentinas que me divertían. Yo, corriendo y saltando por encima de su lentitud, una y otra vez, una y otra vez, hasta quedar extenuado o hasta que una llamada ponía punto final al encuentro.
Cuando intenté contarle a mi madre, la primera vez, lo de mi amigo, ella meneó la cabeza como siempre lo hacía cuando tenía prisa, y siguió su camino a la cocina. La segunda vez, se preocupó. Lo sé porque escuché parte de una conversación con mi padre, quien hablo de la posibilidad de llevarme al médico, de lo mal educado que me tenía y así siguieron por un largo rato, repartiéndose la culpa. Fue por eso que aprendí a ocultarlo. Temía que su aspecto irrazonable les llenara la cabeza de ideas adversas y que aquella posible hostilidad lo desvaneciera. Me asustaba pensar volver a jugar solo en el patio.
Le construí un refugio cerca del manzano, con tierra y hojas amontonadas caprichosamente. Eso me pareció suficiente para esconder su pequeña, blanda, ondulante irrealidad de los ojos de los de casa. Pareció gustarle, aunque se resistió a convertirlo en su prisión y salía con frecuencia de aquel escondrijo, sin que yo pudiera evitarlo. No era difícil de entender. Ya desde entonces, yo podía intuir que su fin último eran las ondas, la ondulación, el arco intermitente de su cuerpo sobre la tierra.
Mientras tanto, analizaba cómo me las ingeniaría en el verano, cuando se hubieran ido los días de lluvia. Pensaba sin parar en cómo mantener húmedo el patio, cómo conservar el musgo verde y ácido sobre el que le gustaba moverse, cómo defenderlo de la voracidad de los lagartos, cómo ayudarle a soportar los días de brisa caliente a ras de tierra, cómo distraerlo durante las larguísimas siestas de verano.
Se ve que no supe disimular tanto como pensaba, porque un buen día, mis padres decidieron prohibirme las tardes en el patio y clausuraron la puerta del fondo; la única que podía llevarme hasta él. Incluso colocaron una enorme, desproporcionada cadena entre las rejas de la cancela para que así me fuera imposible siquiera acercarme. Maldije que no hubiera ventanas que miraran al manzano y no paraba de pensar en él. La idea de que lo hubiesen descubierto y de que, sin poder resistir su irrealidad, lo hubieran hecho desaparecer, me resultaba insoportable.
Así pasó el verano. Ya en septiembre regresaron, poco a poco, las lluvias y con ellas, creció en mi la esperanza de que un día, al volver de la escuela, me encontrara abierta la puerta del fondo. Así fue. Una tarde nada más entrar a casa, llegó a mis oídos el sórdido sonido de un rastrillo; verdugo entre el crujido de las hojas muertas que había dejado caer el árbol. Bajé al patio, corrí hacia la cancela. Me detuve. Mi inocencia se desplomó. Se fue de golpe. Mi amigo ya no estaba. Nuevamente éramos yo y mi soledad, en medio de los años y de divanes sobre los que contarlo, una y otra vez, una y otra vez hasta esta tarde de lluvia en que también lo cuento.
Aún, después de tantos años, cuando llueve, pienso en él. Calculo cómo habrá sentido sobre sí la opresión áspera de la garra metálica y lo veo aplastado, convertidas sus ondas en un ovillo sobre la tierra mojada. Puedo incluso imaginar cómo me habrá buscado con los ojos, más allá de la herrumbre de las rejas, al tiempo que habrá guardado sus últimas fuerzas para arrastrarse en ondas y hasta puedo suponer que me habrá brindado ese movimiento final como definitiva despedida. Sin embargo, doctor, lo que no me permite vivir en paz –y por eso estoy aquí– es una duda inmensa, plana, árida. La duda de que él esté aún allí, escondido en alguna parte fuera de mi infancia, esperando por mí, con su paciencia infinita.
Texto: Isabel Expósito Morales
Narración: La Voz Sielnciosa

Relatos de verano. Cerrada participación

8 Sep

Cerramos esta edición 2011 de Relatos de Verano.


Han sido muchos los participantes en esta edición de relatos de verano 2011. Un éxito que no esperábamos, más cuando la convocatoria fue a finales de Julio y todos partíamos de vacaciones. De todos los relatos llegados hemos seleccionado 36, que formarán parte de una publicación de la que ya tenemos portada.

Paciencia, que pronto tendremos esta colección de relatos juntitos y bien maquetada.

Aquí su portada

El fruto de un amor de verano

7 Sep

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Han pasado muchos veranos desde aquel que fue nuestro. Exactamente 25. El aroma de tu piel se ha despegado de mi nariz y los matices de tu voz se pierden al evocarlos después de tanto tiempo.
Aquel verano marcó el resto de mi vida, cambió el rumbo de mis pasos, precipitó acontecimientos, cambió realidades.
No quise buscarte. No quise decírtelo. Nuestros mundos eran muy diferentes. No podías darme nada mejor de lo que ya me habías dado, era mejor así.
El azar ha querido ponernos frente a frente de nuevo.
Un día más en mi trabajo, un cliente más, te pedí la tarjeta y el DNI, tu nombre y apellidos se estrellaron sobre mi presente, a tu lado, una mujer de más o menos mi edad y una joven muy parecida a ti, esperaban comentando la calidad de los objetos de la tienda.
Tú hija tiene los ojos de su hermano Miguel: tus ojos.
Después de firmar el justificante de pago, has dejado descansar tu mirada sobre mí un largo instante:
-¿Nos conocemos? Has balbuceado dubitativo.
-No lo creo. Te he dicho sonriendo.

Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Frío verano

6 Sep

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Bajo el epígrafe de relatos de verano, uno espera encontrar mar, sol, playa… Siento desilusionarles desde el principio. Mi padre alquilaba todos los estíos un apartamento, así lo denominaba él, era un ejemplo claro de ironía. La playa era un valle verde, frondoso, colonizado por inmensos rebaños de pinos, eucaliptos y robles centenarios. El mar un río angosto, que serpenteaba caprichoso entre la maleza, escondido,  invisible algunas veces, poblado de lodazales, bulímico unos días, anoréxico otros. El sol nunca fue capaz de demostrar su poderío en esos lugares y acomplejado sólo se dejaba ver un par de horas al día. La lluvia era la princesa de esos territorios, y se manifestaba jocosa, disfrazada de
todas sus vestimentas:   llovizna, chaparrón, chubasco, aguacero, tormenta, diluvio. Igual que el frío, él era el rey; aprendí que el frío, además de frío,  puede ser afilado, escarchado, gélido, glacial. Ya pueden atisbar que el mío era un verano adjetivado, de matices. Ahí nació mi pasión por las letras. En ese hórrido paraje las leyes de la naturaleza no tenían jurisdicción.
Cargábamos el coche el primer día de agosto, maletas, cajas y baúles desbordados de libros -a papá le gustaba leer-, y un par de bolsas de ropa. No anticipen, nada de bañadores, ni caribeñas bermudas, nada de castillos de arena. El vestuario veraniego consistía en dos pantalones de pana gruesa, tres jerséis raídos de vellón, un impermeable y dos pares de botas de agua. Mamá se despedía de nosotros simulando tristeza y  ataviada con su máscara de lloros sentenciaba: “no puedo ir hijo, el reuma, ese frío no puede se bueno para un ser humano”.
Mi padre decía que el apartamento –una casona destartalada- era antiguo. Si utilizamos el lenguaje con precisión yo diría que era una ruina. El tejado tenía goteras, las paredes desconchadas, las vigas carcomidas, las puertas y las ventanas no encajaban, y hacía frío, mucho frío. No les hablaré del jardín ni del baño, ellos solos darían para un nuevo relato. Nada más llegar papá empezaba a leer: leía de día, leía de noche. Sin reloj y sin el sol como referente, nunca sabías que hora era, y eso me tenía acongojado, me invadía una sensación extraña, como si el mundo no fuera mundo. Yo también leía, no dejaba de leer:  leía los caminos de las hormigas, el vuelo circular de los buitres, la dirección del viento, las huellas de los corzos; leía las ondas de la lluvia en la tierra mojada, el tintineo de los robles, el serpenteo del camino; leía el miedo en mis ojos y leía el frío. Allí aprendí que los árboles tienen nombre, y que el viento sopla de!  todas partes y de ninguna.  Mi padre preso por la zangarriana, salía del letargo, de su parálisis, una o dos veces por semana. Se levantaba de la mecedora y como si de un espectro se tratara, se acercaba cansino y acariciaba rítmicamente mi coronilla. Siempre repetía la misma frase “¿toda va bien Pablo?” –yo cabeceaba, intentando esbozar una sonrisa-. Uno, dos, tres segundos y repetía el mismo sainete “hijo, esto es el Paraíso”. Qué ejemplo más claro de eufemismo, o de sarcasmo, según se mire. Llegué a creer que estaba allí solo, que mi padre era etéreo, un holograma, y aquellos veranos un rito iniciático, una prueba del tribunal del destino.      
Pero después del verano siempre llega el otoño,  y recuerdo los primeros días de escuela, y aquella redacción explicativa de las vacaciones que Don Marcial, el maestro, nos exigía. Escuchábamos desganados aquella retahíla  de pimplarías, de historias mortecinas que desgranaban mis compañeros, llenas de sol, playa, y verbenas pueblerinas. Había que pagar ese tributo esperando mi relato: yo siempre era el último. Convertido en discípulo aventajado de Poe, desgranaba mi historia, donde las criaturas más fantásticas se mezclaban con los monstruos del averno. Se quedaban fríos, sentían miedo. El mismo frío y el mismo miedo que yo pasaba en aquel maldito apartamento. Recuerdo aquellos veranos como si se tratara de una película de terror, rodada en cinemascope, muda, en blanco y negro. Ese frío forma parte de mi vida, como los aplausos de mis compañeros y los parabienes de Don Marcial, el maestro. Al finalizar la clase, los más allegados me interrogaban “Pabl! o, de verdad, ¿en qué playa has veraneado?”. Yo los miraba fijamente y aguantando la tensión  respondía: “Es un secreto”. No les perdía de vista: auscultaba sus  miedos  y  también su frío.
Texto: Xavier Blanco
Narración: La Voz silenciosa
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Calentitos

4 Sep

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Bajo la ventanilla, el polvo del camino ha cubierto el verde del coche antes tan mimetizado con el monte. Terminas el cigarro y carraspeas. Siento que me vas a hablar, como siempre me echarás en cara lo despistadas que soy. Pero no, largas un enorme bostezo. ¿Sueño?, ¿hambre?, ¿aburrimiento? No sé. Te veo encender la radio, pero el dial da vueltas y vueltas. No se sintoniza nada en este lugar. Sacas entonces tu iphone, tampoco tienes cobertura. Perdido en medio del monte sin contacto alguno con la civilización excepto conmigo. Supongo que entonces tomas conciencia de mi presencia y me vas a hablar. Pero no, sigues en tu

mundo y yo el camino. A las tres horas de pedregoso recorrido el cuatro por cuatro llega al final de la senda. Espero no haberme equivocado de nuevo. Pero el cartel lo pone claro, “Campamento del Barranco del Infierno”. Al bajar del vehículo el calor aumenta y si no he calculado mal aún nos queda unos cuarenta minutos a pie por una vereda seca que desprende un calor diabólico. Se cala por la suela de las botas. Las mochilas en la espalda la enaguan de sudor. Chorreo por mis mejillas hilitos de mí. Tú me sigues atrás aún callado. ¿Quién me mandaría a mí elegir este lugar para unas vacaciones? Yo intuí que te gustaba la naturaleza, que te encantaba caminar, el aire, el sol, pero dudé al volverme y ver tu cara roja, crispada del sofoco.
No habíamos andado ni diez minutos y tuvimos que parar. Justo cuando nos sentamos bajo la sombra de un pino centenario, vimos venir hasta nosotros a unos guardabosques. Que si estábamos locos, que si no sabíamos que estábamos en alerta de calor, que el acceso había sido cerrado, que no se nos ocurriera encender un fuego, que diéramos la vuelta y volviéramos por donde habíamos venido.
Fue entonces cuando te decidiste a hablar y tan solo me dijiste. -La verdad Sonia, eres un desastre organizando vacaciones.
De eso ¡hace tantos veranos! Desde entonces viajo en primera, hago cruceros en enormes barcos de categoría, he recorrido toda Europa y parte de América. Este año voy a ir a Japón. A tus tres hijos les encanta ir de acampada.

Texto: Elena Núñez Ramos
Narración: La Voz Silenciosa 
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La tarde rezagada

1 Sep

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El pasodoble, solemne y predecible, que toca La Banda en el paseo del Bombé, se desparrama por el parque.
Sólo hay algunas parejas bailando y son escasos los niños que corretean entre ellas, sin embargo hay mucha gente ocupando las sillas de las primeras filas y abarrotando los bancos más alejados.
Un ciclista ralentiza su pedalear para observar a los que escuchan como hechizados.
Aire de ocio de los días festivos, siendo jueves en realidad.
Son los sonidos del oboe y los ritmos del platillo y del tambor los que enmudecen las conversaciones. Los que consiguen que el ayer esté presente hoy. Valores como lo tradicional o el sentimiento de ser respaldado por un amigo sobrevuelan el lugar, inexplicablemente, como si fuesen a cubrirlo con un manto invisible.
Un joven come un helado

mecánica y distraídamente. Al lado, una madre ceba la fruta a su bebé.
Pero es el turista, con su cámara de fotos, el que toma nota del momento: Allí está aquel anciano apoyado en el bastón, con su gorra, sus gafas de sol y la mirada perdida; también la señora que se arranca al son, rostro vibrante, avanzando lenta y juguetona hacia un hombre de pelo cano que la espera extasiado; el corredor, ensordecido por los propios auriculares, que cruza el lugar ajeno a lo que allí se desarrolla; y la aldeana, vestida aún de invierno, caminando con dificultad sobre unos zapatos excesivamente elevados.
El conjunto, es una escena que ilumina el rostro de un hombre que está impedido, sentado en una silla de ruedas.
El tiempo se detiene. Se oyen tímidos aplausos al final de cada pieza.
Todos los actores se observan, se miden, pero nadie puede percibir el sentimiento del otro. Se limitan a seguir asombrados.
No saben que es la música, suave y decidida, la que determina el éxtasis, el rezague de la tarde veraniega en un punto occidental cualquiera, de un planeta casi perdido en el sistema solar, de nuestra minúscula galaxia.

Texto: Jaime del Egido Mayo
Narración: La Voz Silenciosa
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La dedicatoria

1 Sep
Cada verano, en la primera semana de julio, llegas con tu familia. Tu presencia me llena de ilusiones desde hace tres años.
Este va a ser nuestro verano, ya somos adultos, y el tiempo del tonteo debe dejar paso a algo más serio. Me gusta todo de ti: tu forma de moverte, tu risa, ese aire misterioso que te envuelve y los libros que siempre te acompañan; gracias a ellos te conocí, ¿te acuerdas?, dejaste uno olvidado en la playa, lo encontré cuando la limpiaba, llevaba tu nombre y fue la excusa perfecta para entablar conversación. Era un libro lleno de poesías, de un tal Neruda, creo, yo de libros no entiendo nada, huí de ellos hace años, dicen mis padres que bien caro lo estoy pagando, pero yo no me quejo, alguien tiene que limpiar la playa ¿no?
Este verano será especial, lo pasaremos juntos porque yo sé que me dirás que sí, sé que te gusto. Ya estoy saboreando tus labios y el tacto de tu piel…
Me he encontrado otro libro en la playa, este es de un tal Saramago, es un libro maldito, ha destrozado mis esperanzas, junto a tu nombre lleva una dedicatoria con una fecha reciente: “Para mi prometida, con todo mi amor: Pablo.”
Texto: Yolanda Nava Miguéle
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Un verano inolvidable

31 Ago

¡Para humor estoy yo que llevo todo el verano en un apartamento precioso frente al mar y no me atrevo a salir de él! Lo he intentado muchas veces, pero nada, que no puedo. Por las mañanas me asomo a la terraza y contemplo un hermoso mar en calma y un cielo azul de ensueño. Ambos me llaman. ¡Leocadia, ven!, ven a bañarte en estas límpidas aguas que fortalecerán tus huesos. Ven a recibir una dosis justa de rayos solares que te aportaran vitamina D que tan beneficiosa es para tu salud. Y yo deseando, pero que no, que no me visto, que no me pongo el bañador y que no salgo. Eso sí, me desayuno un tazón de los grandes lleno de cereales integrales con leche y media torta de pasas y nueces que me sube la vecina cuando va a comprar el pan. La recibo en la puerta, le doy las gracias y no la dejo entrar para que no vea
mi absoluto desorden. A mediodía y por la noche como unos menús exquisitos y abundantes que pido por teléfono en el restaurante.

Las tardes son igualmente insoportables. Contemplo desde el balcón el paseo lleno de gente alegre andando de aquí para allá. En una casa cercana entonan el “cumpleaños feliz”, en otra mueven sin cesar los cubilete de dados del parchís y mi vecinita de abajo toca el saxofon, ya con cierta maestría, no con la pesadez con la que empezó hace 14 años. Yo quiero bajar , quiero pasear, tomar el aire y despejar esta cabecita mía que esta cada día más sonada, pero nada que no puedo. En el armario guardo todo el vestuario de la temporada que me compré por catálogo, muerto de risa está el pobre, ni me atrevo a abrir la puerta para que no se ría en mis narices o me diga alguna barbaridad. Qué ganas tengo de que llegue el invierno para estar tan a gusto metida en casa al amor de la chimenea.

Texto: Lucrecia Hoyos Piqueras
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La muerte no tiene vacaciones (en tres Actos)

30 Ago
ACTO 1. La vida pasa.

La jornada emergió azul; la brisa, suave; el sol, humano. La luz del día penetraba entre las oquedades del cortinaje, ofensiva, insultante, encumbrando el desorden, la anarquía de aquella desconsolada habitación de hotel. Se oteaba el mar. Ella, allí sentada; absorta, en el vidrio de la ventana se reflejaba su mirada cansina; sus ojos perdidos en el horizonte, la sombra de su existencia irradiada en el batir de las olas. Estremecida, la vida que va y viene, la vida que te moja, que te cala, que te empapa… Así estaba, meditabunda, abstraída, ensimismada, cautiva de sus aprietos, presa de sus problemas, esclava de sus ahogos. Los minutos que pasan, las horas que se suceden, el día que cae, que huye, el sol perezoso, camino del ocaso. Nubes de crepúsculo, frío, sus sueños, sus ilusiones saturadas de tristeza, de estruendos, de sal y de arena. Allí estaba, barruntando pensamientos, la vida convertida en
una ruina, devastada, calamitosa; el ruido de sus angustias, ! la cantinela de sus obsesiones, le impidió escuchar el eco de su consciencia, raída, huérfana de satisfacciones, su cerebro martilleaba a consternación, a desesperanza.

ACTO 2. Desde la ventana

El azul del cielo devino gris, tal vez negro; una soledad prepotente, vacía, inmensa, envolvió su contorno, su cuerpo sudoroso, su mente desgastada naufragaba en un mar hórrido, atroz, como si la bolsa amniótica de la existencia se hubiera roto hecha añicos, fragmentada en mil pedazos. En ese momento abrió el ventanalque le permitía ver el mundo, cortó el cordón umbilical que le unía a la vida y, retando a la ley de la gravedad, se arrojó al vacío. Mientras su cuerpo peregrinaba por el acantilado de la muerte, caviló en el mas allá: ¡puta vida!, no había túnel oscuro, ni luz cegadora, ni siquiera vio su vida despedazada en fotogramas; ni su espíritu, ni su alma, se transmutaron reencarnándose en un ave, o simplemente en aire, en viento, en polvo: nada, sólo le asaltó el vértigo infinito del fracaso. Mientras se arrepentía, como siempre, percibió que la vida le había vuelto a engañar, pero esta vez no se dejó vencer y, antes de chocar contra el sue! lo, dejó de respirar traicionando así a la muerte. Quedó allí extendida, garabateada en el asfalto. Yo sólo la vi caer.

ACTO 3: Yo sólo la vi caer.

Observé su mirada añil, su belleza, su rostro de princesa, y me sorprendió que su sangre no fuera azul. ¡Ojalá la hubiera conocido antes!, para auxiliarla, para socorrerla, para abrazar su hombro y susurrarle al oído que siempre, en cualquier circunstancia, es mejor existir. Abochornado por mi osadía, me desleí en esos pensamientos y sentí frío, el mismo que envuelve al embustero, el mismo que encubre al farsante: ¿quién soy yo para enjuiciar sus actos?, ni siquiera conozco su nombre. Ella, me da igual como se llamara, tuvo valor, se lanzó al vacío y libremente eligió expirar, morir. ¿Yo?, no tengo agallas, ni siquiera cojones para pensarlo, yo solo soy un esclavo, un presidiario de las mazmorras de la vida. ¿Quién coño me he creído? ¿Quién soy yo para decirle no temas, es mejor vivir? Quizás un mequetrefe, tal vez un majadero, un mentecato. Tendría que borrar estas líneas, desmembrar estas frases, deshacer mi indolencia, pero ya no puedo, no soy ca! paz. Yo sólo la vi caer, como pluma de ánade que bambolea el viento, como cometa perdida rebuscando una mano, y conjeturé sus últimos pensamientos, imaginé sus postreras divagaciones y me atreví a escribir esta mierda de relato. Ni siquiera conocía su nombre, yo sólo la vi caer, quedó allí tendida, extinta, su cuerpo eviscerado, descoyuntado, naufragando en un océano de sangre. Sí, por jodida que sea la subsistencia, por lacerante que sea la vida, le hubiera dicho que siempre es mejor existir. Lo siento, yo sólo la vi caer desde la ventana, y la miré a los ojos.
Texto: Xavier Blanco

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