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Doña Jimena

15 Sep

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Nada en su aspecto era agradable: su pelo lacio caía desordenado sobre su piel macilenta y apagada, sus ojos grises parecían mirar cada uno hacia un sitio diferente, su nariz desafiaría los limites estipulados para el tamaño de las narices si estos hubieran sido fijados alguna vez, su boca exhibía un gesto hosco, de disgusto, y su cuerpo…., qué decir de sus hombros estrechos en contraste con el abultado tamaño de su vientre, sus piernas sin embargo, seguían la estética de hombros y brazos y de tan delgados, parecían a punto de romperse.
Su carácter era tan complicado como su aspecto, y no se relacionaba ni hablaba con nadie.
Así era doña Jimena; su edad era por descontado todo un misterio, pues

su complejo aspecto daba pocas pistas acerca de la misma; se rumoreaba que rondaría los 60, claro que bien podían ser 70 o 50…
Siempre estaba sola ¿quién iba a querer estar cerca de un ser así?; el interés que despertaba en los demás, duraba lo que se tardaba en inspeccionar su aspecto y comprobar que nada era postizo, que semejante engendro era real.
Hace unos días ha aparecido muerta a un lado de la carretera, algún desalmado la atropelló y ni se dignó auxiliarla, así pues, murió como vivió: sola.
Se ha desvelado el contenido de la mugrosa bolsa de tela que colgaba de sus hombros: un monedero raído con unas monedas, un pañuelo sucio, una manzana y una nota fechada hace 60 años dirigida a una casa cuna: “Quién recoja este bebé rogamos lo trate con dulzura, es hija de un conde y su sangre es noble, se abandona por haber nacido fuera del matrimonio, el dinero que acompañamos será suficiente para darle la vida que se merece”
El gesto hosco de su boca se ha borrado, y la expresión desagradable de su rostro se ha suavizado, por primera vez su semblante exhibe una expresión relajada, llena de paz.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Ídolos de plata

14 Sep

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Está bajo el sol de la tarde, pisando con sus zapatos gastados la misma arena que en otras épocas estuvo bajo treinta metros de agua. Enciende un cigarrillo y trata de concentrar la mirada en ese círculo de llamas pequeño para no ver el otro, el que brilla enorme en el cielo, el que lo sofoca de calor y le hace doler la cabeza y ya lo tiene harto. Maldice el lago que no está, el arroyo al que ha quedado reducido, la sequía. 
De pronto una sombra lo cubre. 
Observa por encima de su hombro y ve que a sus espaldas, en absoluto silencio, acaba de encallar un barco de vela, muy antiguo, sin tripulantes.
Siente que su corazón se desplaza generando otros corazones que laten en las sienes, en la garganta, en las piernas. Siente que el corazón de las piernas le está fallando, teme caer sobre la arena ardiente. Desesperado por encontrar un punto de apoyo gira, recuesta la frente sobre el cuerpo del barco que huele a sal. El olor lo descompone, lo ofende, porque es olor a mar, porque

esa arena resquebrajada que está pisando con sus zapatos gastados, jamás conoció el mar. Y él tampoco. Ni le importa. Recuerda que cuando aquel profesor maniático de historia hablaba de las grandes batallas marinas o de los ciclones que hacían naufragar las naves, él jamás atendió.

—¿Por qué no estudia?
—Porque el mar está lejos, es de otra gente.
El barco trae a su memoria desavenencias que había olvidado.
Retrocede algunos pasos, lo mira como se mira a un ser peligroso. Reconoce que sus líneas tienen belleza pero es una belleza agresiva, que lo descoloca y logra que ahora él se adivine más feo que hace un rato cuando el intruso no estaba, logra que se sepa más imbécil. Continúa mirándolo fijo, quizá se trate de un galeón español, quizá aún conserve su carga de ídolos de plata robados.
Un hilo de baba se escurre por sus labios, agua salada que apenas toca el suelo, desaparece.
—Si un animal mediocre se enfrenta al fantasma de un animal espléndido, ¿quién ganaría la pelea? —se pregunta en voz alta.
Desde el centro de su vientre, donde siente latir al más alocado de sus corazones, saca la fuerza que necesita y con un movimiento torpe, arroja su cigarrillo aún encendido contra el velamen del fantasma.

Texto: Patricia Nasello
Narración: La Voz Silenciosa

Cuéntame un cuento

14 Sep

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Cada noche mi imaginación encuentra al lado de la cama de mi hijo sus alas para sobrevolar mundos imposibles, personajes llenos de encanto, parajes mágicos…, es nuestro momento preferido del día, él fija sus ojos en mis gestos y su cara va dibujando el asombro, el susto, la alegría…, al ritmo que le marquen mis narraciones, el final siempre es feliz y la última expresión de su rostro antes de dormirse es de placidez.
Hoy no encuentro mis alas.
Hoy no encuentro las palabras y mi hijo comienza a impacientarse.
-Mamá, cuéntame un cuento.
Cojo sus manos y le miro a los ojos.
Empiezo a hablar despacio

desgranando las palabras con suavidad:

Mi cuento habla de una familia como la nuestra: un padre amable y cariñoso, una madre entregada a sus hijos, una hermana mayor y un niño de 5 años, como Guille.
-¿Qué pasaría si las hadas quisieran llevarse con ellas a la mamá?, solo se llevarían su cuerpo en realidad, ella seguiría con el papá y los hijos, aunque no pudieran verla ella les vigilaría y les mandaría su cariño y sus consejos.
-Tiene que ser muy emocionante visitar el país de las hadas, si ellas quisieran llevarme me gustaría ir y no pasaría nada, seguiría contigo y cada noche dejaría un cuento muy bonito posado en tus sueños para estar juntos ¿qué te parecería Guille?
Mi hijo con el gesto huraño me mira muy serio:
-Que las hadas ya no serían mis amigas si te llevan, yo te necesito más. Cuéntame otro cuento mamá, ese es muy feo.
Lucho contra las emociones que amenazan con ahogar mi voz, trato de olvidar el grave diagnóstico del oncólogo sobre mi vida y comienzo una historia nueva, para Guille:
“Existió hace muchos años en unos mares lejanos un temible pirata…”
El rostro de mi hijo se viste de emoción, una noche más.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa

Normal

13 Sep

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Se puso la ropa y salió a la calle, era un día más, como cualquier otro; primavera soleada. Fue en dirección a la estación de subte; llegaría al banco un poco más tarde que de costumbre.
El calor y la humedad que despide esa gran boca con escaleras como dientes, le hacen transpirar el cuello. Saca su tarjeta, la pasa por el molinete, desciende un poco más a los infiernos; se sienta y espera, cruzado de piernas, en el andén.
Al detenerse el coche rojo, pintado un poco con aerosol, él se levanta e ingresa, toma asiento en un pequeño lugar que hay entre dos personas de grandes cuerpos.
En la estación Pueyrredón sube mucha gente, más que

en otras ocasiones, se le paran enfrente una pareja, él casi tiene el miembro del hombre en su boca, se toca el cuello como buscando hacer lugar entre este y la camisa. Comienza un desfile de vendedores, uno detrás de otro. Se acomoda el pantalón del traje, tan alineado, tan marcado que hace juego con el saco entallado, fino, que es acorde con su barba prolijamente cortada, con su pelo corto y engominado, digno aspecto de un tipo normal.

Compra un paquete de pastillas de mentol (nadie sabe si lo hace por gusto o lástima), compra pañuelos descartables, cinta métrica y la pelotita con luces de colores, llega el momento de las tijeras de marca Mondial, los cuchillos chinos que cortan cualquier cosa, todo pasa, pasa de todo.
En el noticiero matutino, algunos testigos aseguran que la masacre comenzó alrededor de las nueve y veinte de la mañana, que nadie pudo hacer nada, que los ojos desorbitados del atacante eran demoníacos. El cuerpo o lo que quedaba de él estaba en partes en las vías; y de un pedazo de tela azul, con líneas celeste claro, colgaba un plástico con una foto y un nombre junto a un coagulo espeso de sangre donde se podía leer «Jo…» y un apellido que comenzaba «Ma…», debajo, el título prestigioso de «Gerente General».
Texto: Gastón Pigliapochi
Narración: La Voz Silienciosa

Si fuera Capitán, tomaría la ruta de tu piel

11 Sep

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Por tierra.
Corriendo más como el que persigue algo, que como el que es perseguido; porque aquí nadie huye de nadie y la pasión no tiene espera. No, mejor paso a paso en un tranquilo paseo, sin prisas ni carreras. Curva a curva, sin pereza por subir, bajar, y si es preciso dar un rodeo para hacer noche en alguna cálida cueva.
Por mar.
Da igual el estilo, tú eliges. Si quieres a braza, buscándote a ambos lados del camino; a espalda sin perder de vista las estrellas que me orienten; o bien revoloteando cual mariposa con contorsiones de sirena enamorada. Para al final bucear en las profundidades de tus aguas, con el único oxigeno del boca a boca que tú me des.
Por aire.
Volando no estaría nada mal tampoco, ¿quién no ha soñado alguna vez con volar? Divisarte desde las alturas como un águila en celo, lanzarme en picado y aterrizar sobre la suave pista de tu espalda. Dulce sueño de Capitán, terminar abrazada a esa espalda, para descansar del viaje con la conocida nana de tus latidos hasta quedar dormida.
Texto: Ailema del Revés
Narración: La Voz Silenciosa

La vida B. de D. Atilano

4 Sep

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A D. Atilano no le gustaba su vida. Él no gustaba a quienes le rodeaban. Todos los días se dirigía a su trabajo en el banco, llegaba puntual y cumplía escrupulosamente sus obligaciones. Sus compañeros apenas si intercambiaban con él algún que otro comentario trivial, sobre el tiempo, el volumen de trabajo y poco más, si alguna vez se animaba a compartir la cervecita de los viernes se sentía fuera de lugar, sus palabras eran insustanciales e inoportunas, su presencia postiza y pesada.
En casa su vida cambiaba bien poco, vivía con su madre y ambos eran de pocas palabras, sus silencios eran tan espesos que cualquier sonido temía sumergirse en ellos.
Pero Atilano tenía una gran pasión: era fan de la música de los 60, y en internet encontró un modo de vivirla y compartirla sin que su gesto -entre el enfado y el asco- y su tono de voz -apenas audible- le hicieran invisible.
Su blog fue creciendo y creciendo gracias a sus exclusivas aportaciones, tenía ya un nutrido grupo de seguidores, en su perfil D. Atilano aparecía con un aspecto juvenil y desenfadado en una de las pocas fotografías que tenía sonriendo, el photoshop hizo el resto.
Su vida B era perfecta; allí era alguien, tenía seguidores que admiraban sus conocimientos y aplaudían su ingenio, su popularidad fue creciendo, quisieron conocerle. D. Atilano, horrorizado, no volvió a conectarse y su carácter se agrió aún más, fue cosechando antipatías y rechazos nuevos en su día a día.
Pronto encontró una salida, también era amante y profundo conocedor del cine de los 60; nueva identidad, nuevo blog, nuevo y seductor perfil. A partir de las cinco de la tarde a golpe de tecla, su nueva vida B mitigaba la soledad y el vacío de su rutinaria existencia.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Texto: La Voz Silenciosa

Fatum

3 Sep

En algunas contadas ocasiones, intentó abrirse un hueco en el complejo mundo de las letras, pero los azares del destino siempre premiaban a otros.
Con el ánimo bajo y la autoestima mermada, se encerró en sus escritos, pese a sus fervorosos deseos de no escribir. No obstante, el condenado a escribir es como un Sísifo que levanta una vez y otra la misma piedra, asciende la empinada cumbre y, una vez en ella, un sino trágico le envía su hazaña al abismo.
Anduvo durante innumerables años al amparo de su abismo florecido por las letras. No se permitió ni una sola tentativa de desafiar a los dioses y conservó su confortable anonimato. No llegaba a nadie, pero sabía que su escritura era su propia condena y su propia salvación. Se acostumbró definitivamente a su presencia constante en su vida.
Un buen día, en una ebriedad del pensamiento, quiso tentar la suerte una vez más, recomponer la ilusión y apostar por el juego peligroso. Sin meditarlo demasiado, envió su tercera novela a un premio patrocinado por una prestigiosa editorial.
Murió unos días antes de que le concedieran ese prestigioso premio que le permitiría publicar por fin.
Texto: Isabel Martínez Barquero

En penumbra

1 Sep

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La penumbra del café de siempre, con su puerta abatible de mango dorado y reluciente, el sonido casi inaudible de la radio emitiendo una milonga de corte y rasga  mientras te espero a vos, a vos que siempre aparecés aunque no vengas, me despiertan del letargo en el que me ha sumido tu recuerdo.
Recuerdo que evoco entre otras muchas figuras, a través de estas cartas de amor, de amor prohibido, de amor querido, de amor buscado, que han llegado a mis manos sin saber muy bien cómo y que traslado  a lo que me hubiese gustado que vos y yo tuviéramos: una relación de confianza aún hasta para confesarnos lo inconfesable, como ellos… y para seguir aún hoy -y siempre-, esa amistad que unió a los protagonistas de esas cartas y que les permitía apoyarse  el uno en el otro.
Como a él, el amante, Montevideo me recibe con su luz, su cielo azul, sus aromas, pero nada es igual
a como era cuando nos  encontrábamos acá, en este mismo bar, en esta misma mesa, cuando vos me revolvías el pelo con la mano y me decías: “¡qué alivio! qué alivio estar con vos, así, en la penumbra de este bar dejando todo lo demás fuera de estas puertas de cristal…” Lo recuerdo muy bien, como recuerdo cuando me trajiste uno de tus primeros trabajos con pretensión de novela y que habías presentado en varias editoriales sin fortuna y me pedías que fuese sincero con vos en mis comentarios….
“mi ilustre amigo y compañero de infortunios académicos…y ojalá llegue el día que le veamos a V. coronado como a Zorrilla, te envío mi último trabajo, ya me dirás qué te parece”.
El profesor, sí, este pobre profesor de Filosofía que ha tenido la suerte de que sus libros gusten, y de que vos, una de sus lectoras, hayas hecho lo imposible por conocerme; ¡y lo lograste, vaya si lo lograste! Conociste al profesor, al escritor, al hombre y vos me permitiste conocer al poeta que llevaba dentro y que supiste hacer salir a la superficie expresando los sentimientos más puros, más apasionados e inconfesables, más infantiles, casi.
Apareciste de pronto, sin aviso, sin que nada ni  nadie me indicaran lo que podría suceder, sin historias, sin macanas. Y fuiste, estuviste conmigo viejo, conmigo harto, conmigo cínico. Te tuve y me tuviste, despacito, sin apuro, aprovechando cada espacio de tu cuerpo hermoso, tu cuerpo vivo, tu cuerpo joven.
¡Y fijate ahora! ¡Sos casi célebre! Quizás será por eso que ya no tenés tiempo de pensarme, de llamarme, de escribirme, de hablarme, como antes. Como antes… como cuando eras casi arcilla entre mis dedos e intentaba moldearte –lo reconozco-, ¿un poco? o un mucho, como quería que fueras: amante, amada, compañera, amiga… pero no conté con vos, no conté con tu fuerza, con tu ímpetu, con tus alas y llegó…, llegó el momento del “cargo grave” como vos misma me dijiste.
“Apelas a mi sinceridad: debí manifestarla antes, pues ahora ya no merece este nombre:sea como quiera, ahora obedeceré a mi instinto procediendo con sinceridad absoluta”. ¡Vaya si lo hiciste!
Pero eso no fue lo importante, lo verdaderamente importante fue lo que vino después: los silencios cada vez más largos, la mirada perdida, la ausencia. La ausencia, ese hueco que nada ni nadie llenan, que intento hacer más pequeño recordando tus dulces y disparatadas causeries, nuestras charlas interminables, a veces serias y literarias y otras pura guasa…
“Quizás sea yo el que deba aprender a querer de otra manera …” Esto decía él, el destinatario de las cartas que llegaron a mis manos, al darse cuenta de que su mundo, el universo que se habia creado partiendo de la relación con su amada, no era sino una creación de su mente. Él como yo, había aprehendido la vida con fuerza, con ansia, viviendo y apurando cada día, cada aventura, cada amor, cada mujer, como si fuera su última oportunidad, pero jamás pensó que la única vez que no había tenido prisa por exprimir una relación, la única vez que disfrutaba de un sinfín de pequeños detalles que a veces hasta parecían superfluos, iba a tener que renunciar a ellos tan pronto.
Ha sido difícil, muy difícil aceptar la realidad. Primero me indigné, me sentí dolido, luego, sentí como si hubiera bajado una octava en mi pasión amorosa, pero lo peor ha sido la certeza, la certeza profunda de que en verdad, te he perdido. No me sirve clausurar las ventanas, poner candados en las puertas, enredarte con palabras, ya has tomado tu decisión, lo sé, aunque no me lo hayas dicho.  Y esta hora y pico que llevo ya en el bar, en nuestro bar, me lo corroboran, y duele, joder, duele.
Salgo del bar y deambulo por la ciudad vieja. Sus puertas antiguas, sus llamadores, sus balcones labrados me llevan a otro tiempo, al tiempo en que transcurrían las cartas, tiempo de misivas, de esperas ansiosas, de rúbricas que refrendan y me siento más cómodo ahí, tan cómodo que decido entrar en un boliche sin puertas abatibles de cristal, un simple boliche de la ciudad vieja donde puedo seguir emborrachándome con mi propia pena.
Texto: Victoria Hernández
Narración: La voz Silenciosa

Regalo

1 Sep

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Frente al soportal que cobija nuestras soledades y silencios, hay un puesto de lotería; la anciana que lo custodia vende sueños por 20 €, demasiado caros para quienes tan solo poseemos la piel que nos viste y poco más.
Hoy he tenido suerte, la cercanía de la Navidad y mi recién conquistado hueco a la puerta de la catedral, han llenado mi lata con una cifra importante: 21,33 €, me da para comprar un sueño y aún me sobra…, aunque el sonido de mi estómago reclama urgentemente algo caliente; miro a una de mis nuevas compañeras que dormita en el suelo, entre cartones; llegó hace dos días, siempre está callada y sola, le gusta bailar, lo sé porque

la otra noche vi cómo sacaba de una bolsa un viejo tul con el que rodeó su cintura, tarareó una cancioncilla y agitó sus brazos en un baile que finalizó entre lágrimas. Me hubiera gustado saborear la sal de su dolor y borrarlo, no sé de donde brota, pero no es justo que su juventud arrastre tantas sombras.
Sus ojos poseen un insondable abismo de abandono y desolación que me conmueve.
Cruzo la calle, le entrego el dinero a la lotera ignorando las protestas de mi estómago vacio y, con el boleto en la mano me acerco a la muchacha, responde al suave roce de mi mano sobre su hombro con una mirada hostil, quién sabe de qué meditaciones o sueños la habré sacado.
Coloco el décimo en su mano, en silencio, ese es nuestro lenguaje; interiormente deseo que mi regalo llene de luces sus profundos ojos.

Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: la Voz Silenciosa

La dedicatoria

1 Sep
Cada verano, en la primera semana de julio, llegas con tu familia. Tu presencia me llena de ilusiones desde hace tres años.
Este va a ser nuestro verano, ya somos adultos, y el tiempo del tonteo debe dejar paso a algo más serio. Me gusta todo de ti: tu forma de moverte, tu risa, ese aire misterioso que te envuelve y los libros que siempre te acompañan; gracias a ellos te conocí, ¿te acuerdas?, dejaste uno olvidado en la playa, lo encontré cuando la limpiaba, llevaba tu nombre y fue la excusa perfecta para entablar conversación. Era un libro lleno de poesías, de un tal Neruda, creo, yo de libros no entiendo nada, huí de ellos hace años, dicen mis padres que bien caro lo estoy pagando, pero yo no me quejo, alguien tiene que limpiar la playa ¿no?
Este verano será especial, lo pasaremos juntos porque yo sé que me dirás que sí, sé que te gusto. Ya estoy saboreando tus labios y el tacto de tu piel…
Me he encontrado otro libro en la playa, este es de un tal Saramago, es un libro maldito, ha destrozado mis esperanzas, junto a tu nombre lleva una dedicatoria con una fecha reciente: “Para mi prometida, con todo mi amor: Pablo.”
Texto: Yolanda Nava Miguéle
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