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Si fuera Capitán, tomaría la ruta de tu piel

11 Sep

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Por tierra.
Corriendo más como el que persigue algo, que como el que es perseguido; porque aquí nadie huye de nadie y la pasión no tiene espera. No, mejor paso a paso en un tranquilo paseo, sin prisas ni carreras. Curva a curva, sin pereza por subir, bajar, y si es preciso dar un rodeo para hacer noche en alguna cálida cueva.
Por mar.
Da igual el estilo, tú eliges. Si quieres a braza, buscándote a ambos lados del camino; a espalda sin perder de vista las estrellas que me orienten; o bien revoloteando cual mariposa con contorsiones de sirena enamorada. Para al final bucear en las profundidades de tus aguas, con el único oxigeno del boca a boca que tú me des.
Por aire.
Volando no estaría nada mal tampoco, ¿quién no ha soñado alguna vez con volar? Divisarte desde las alturas como un águila en celo, lanzarme en picado y aterrizar sobre la suave pista de tu espalda. Dulce sueño de Capitán, terminar abrazada a esa espalda, para descansar del viaje con la conocida nana de tus latidos hasta quedar dormida.
Texto: Ailema del Revés
Narración: La Voz Silenciosa

La vida B. de D. Atilano

4 Sep

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A D. Atilano no le gustaba su vida. Él no gustaba a quienes le rodeaban. Todos los días se dirigía a su trabajo en el banco, llegaba puntual y cumplía escrupulosamente sus obligaciones. Sus compañeros apenas si intercambiaban con él algún que otro comentario trivial, sobre el tiempo, el volumen de trabajo y poco más, si alguna vez se animaba a compartir la cervecita de los viernes se sentía fuera de lugar, sus palabras eran insustanciales e inoportunas, su presencia postiza y pesada.
En casa su vida cambiaba bien poco, vivía con su madre y ambos eran de pocas palabras, sus silencios eran tan espesos que cualquier sonido temía sumergirse en ellos.
Pero Atilano tenía una gran pasión: era fan de la música de los 60, y en internet encontró un modo de vivirla y compartirla sin que su gesto -entre el enfado y el asco- y su tono de voz -apenas audible- le hicieran invisible.
Su blog fue creciendo y creciendo gracias a sus exclusivas aportaciones, tenía ya un nutrido grupo de seguidores, en su perfil D. Atilano aparecía con un aspecto juvenil y desenfadado en una de las pocas fotografías que tenía sonriendo, el photoshop hizo el resto.
Su vida B era perfecta; allí era alguien, tenía seguidores que admiraban sus conocimientos y aplaudían su ingenio, su popularidad fue creciendo, quisieron conocerle. D. Atilano, horrorizado, no volvió a conectarse y su carácter se agrió aún más, fue cosechando antipatías y rechazos nuevos en su día a día.
Pronto encontró una salida, también era amante y profundo conocedor del cine de los 60; nueva identidad, nuevo blog, nuevo y seductor perfil. A partir de las cinco de la tarde a golpe de tecla, su nueva vida B mitigaba la soledad y el vacío de su rutinaria existencia.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Texto: La Voz Silenciosa

Fatum

3 Sep

En algunas contadas ocasiones, intentó abrirse un hueco en el complejo mundo de las letras, pero los azares del destino siempre premiaban a otros.
Con el ánimo bajo y la autoestima mermada, se encerró en sus escritos, pese a sus fervorosos deseos de no escribir. No obstante, el condenado a escribir es como un Sísifo que levanta una vez y otra la misma piedra, asciende la empinada cumbre y, una vez en ella, un sino trágico le envía su hazaña al abismo.
Anduvo durante innumerables años al amparo de su abismo florecido por las letras. No se permitió ni una sola tentativa de desafiar a los dioses y conservó su confortable anonimato. No llegaba a nadie, pero sabía que su escritura era su propia condena y su propia salvación. Se acostumbró definitivamente a su presencia constante en su vida.
Un buen día, en una ebriedad del pensamiento, quiso tentar la suerte una vez más, recomponer la ilusión y apostar por el juego peligroso. Sin meditarlo demasiado, envió su tercera novela a un premio patrocinado por una prestigiosa editorial.
Murió unos días antes de que le concedieran ese prestigioso premio que le permitiría publicar por fin.
Texto: Isabel Martínez Barquero

En penumbra

1 Sep

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La penumbra del café de siempre, con su puerta abatible de mango dorado y reluciente, el sonido casi inaudible de la radio emitiendo una milonga de corte y rasga  mientras te espero a vos, a vos que siempre aparecés aunque no vengas, me despiertan del letargo en el que me ha sumido tu recuerdo.
Recuerdo que evoco entre otras muchas figuras, a través de estas cartas de amor, de amor prohibido, de amor querido, de amor buscado, que han llegado a mis manos sin saber muy bien cómo y que traslado  a lo que me hubiese gustado que vos y yo tuviéramos: una relación de confianza aún hasta para confesarnos lo inconfesable, como ellos… y para seguir aún hoy -y siempre-, esa amistad que unió a los protagonistas de esas cartas y que les permitía apoyarse  el uno en el otro.
Como a él, el amante, Montevideo me recibe con su luz, su cielo azul, sus aromas, pero nada es igual
a como era cuando nos  encontrábamos acá, en este mismo bar, en esta misma mesa, cuando vos me revolvías el pelo con la mano y me decías: “¡qué alivio! qué alivio estar con vos, así, en la penumbra de este bar dejando todo lo demás fuera de estas puertas de cristal…” Lo recuerdo muy bien, como recuerdo cuando me trajiste uno de tus primeros trabajos con pretensión de novela y que habías presentado en varias editoriales sin fortuna y me pedías que fuese sincero con vos en mis comentarios….
“mi ilustre amigo y compañero de infortunios académicos…y ojalá llegue el día que le veamos a V. coronado como a Zorrilla, te envío mi último trabajo, ya me dirás qué te parece”.
El profesor, sí, este pobre profesor de Filosofía que ha tenido la suerte de que sus libros gusten, y de que vos, una de sus lectoras, hayas hecho lo imposible por conocerme; ¡y lo lograste, vaya si lo lograste! Conociste al profesor, al escritor, al hombre y vos me permitiste conocer al poeta que llevaba dentro y que supiste hacer salir a la superficie expresando los sentimientos más puros, más apasionados e inconfesables, más infantiles, casi.
Apareciste de pronto, sin aviso, sin que nada ni  nadie me indicaran lo que podría suceder, sin historias, sin macanas. Y fuiste, estuviste conmigo viejo, conmigo harto, conmigo cínico. Te tuve y me tuviste, despacito, sin apuro, aprovechando cada espacio de tu cuerpo hermoso, tu cuerpo vivo, tu cuerpo joven.
¡Y fijate ahora! ¡Sos casi célebre! Quizás será por eso que ya no tenés tiempo de pensarme, de llamarme, de escribirme, de hablarme, como antes. Como antes… como cuando eras casi arcilla entre mis dedos e intentaba moldearte –lo reconozco-, ¿un poco? o un mucho, como quería que fueras: amante, amada, compañera, amiga… pero no conté con vos, no conté con tu fuerza, con tu ímpetu, con tus alas y llegó…, llegó el momento del “cargo grave” como vos misma me dijiste.
“Apelas a mi sinceridad: debí manifestarla antes, pues ahora ya no merece este nombre:sea como quiera, ahora obedeceré a mi instinto procediendo con sinceridad absoluta”. ¡Vaya si lo hiciste!
Pero eso no fue lo importante, lo verdaderamente importante fue lo que vino después: los silencios cada vez más largos, la mirada perdida, la ausencia. La ausencia, ese hueco que nada ni nadie llenan, que intento hacer más pequeño recordando tus dulces y disparatadas causeries, nuestras charlas interminables, a veces serias y literarias y otras pura guasa…
“Quizás sea yo el que deba aprender a querer de otra manera …” Esto decía él, el destinatario de las cartas que llegaron a mis manos, al darse cuenta de que su mundo, el universo que se habia creado partiendo de la relación con su amada, no era sino una creación de su mente. Él como yo, había aprehendido la vida con fuerza, con ansia, viviendo y apurando cada día, cada aventura, cada amor, cada mujer, como si fuera su última oportunidad, pero jamás pensó que la única vez que no había tenido prisa por exprimir una relación, la única vez que disfrutaba de un sinfín de pequeños detalles que a veces hasta parecían superfluos, iba a tener que renunciar a ellos tan pronto.
Ha sido difícil, muy difícil aceptar la realidad. Primero me indigné, me sentí dolido, luego, sentí como si hubiera bajado una octava en mi pasión amorosa, pero lo peor ha sido la certeza, la certeza profunda de que en verdad, te he perdido. No me sirve clausurar las ventanas, poner candados en las puertas, enredarte con palabras, ya has tomado tu decisión, lo sé, aunque no me lo hayas dicho.  Y esta hora y pico que llevo ya en el bar, en nuestro bar, me lo corroboran, y duele, joder, duele.
Salgo del bar y deambulo por la ciudad vieja. Sus puertas antiguas, sus llamadores, sus balcones labrados me llevan a otro tiempo, al tiempo en que transcurrían las cartas, tiempo de misivas, de esperas ansiosas, de rúbricas que refrendan y me siento más cómodo ahí, tan cómodo que decido entrar en un boliche sin puertas abatibles de cristal, un simple boliche de la ciudad vieja donde puedo seguir emborrachándome con mi propia pena.
Texto: Victoria Hernández
Narración: La voz Silenciosa

Regalo

1 Sep

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Frente al soportal que cobija nuestras soledades y silencios, hay un puesto de lotería; la anciana que lo custodia vende sueños por 20 €, demasiado caros para quienes tan solo poseemos la piel que nos viste y poco más.
Hoy he tenido suerte, la cercanía de la Navidad y mi recién conquistado hueco a la puerta de la catedral, han llenado mi lata con una cifra importante: 21,33 €, me da para comprar un sueño y aún me sobra…, aunque el sonido de mi estómago reclama urgentemente algo caliente; miro a una de mis nuevas compañeras que dormita en el suelo, entre cartones; llegó hace dos días, siempre está callada y sola, le gusta bailar, lo sé porque

la otra noche vi cómo sacaba de una bolsa un viejo tul con el que rodeó su cintura, tarareó una cancioncilla y agitó sus brazos en un baile que finalizó entre lágrimas. Me hubiera gustado saborear la sal de su dolor y borrarlo, no sé de donde brota, pero no es justo que su juventud arrastre tantas sombras.
Sus ojos poseen un insondable abismo de abandono y desolación que me conmueve.
Cruzo la calle, le entrego el dinero a la lotera ignorando las protestas de mi estómago vacio y, con el boleto en la mano me acerco a la muchacha, responde al suave roce de mi mano sobre su hombro con una mirada hostil, quién sabe de qué meditaciones o sueños la habré sacado.
Coloco el décimo en su mano, en silencio, ese es nuestro lenguaje; interiormente deseo que mi regalo llene de luces sus profundos ojos.

Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: la Voz Silenciosa

La dedicatoria

1 Sep
Cada verano, en la primera semana de julio, llegas con tu familia. Tu presencia me llena de ilusiones desde hace tres años.
Este va a ser nuestro verano, ya somos adultos, y el tiempo del tonteo debe dejar paso a algo más serio. Me gusta todo de ti: tu forma de moverte, tu risa, ese aire misterioso que te envuelve y los libros que siempre te acompañan; gracias a ellos te conocí, ¿te acuerdas?, dejaste uno olvidado en la playa, lo encontré cuando la limpiaba, llevaba tu nombre y fue la excusa perfecta para entablar conversación. Era un libro lleno de poesías, de un tal Neruda, creo, yo de libros no entiendo nada, huí de ellos hace años, dicen mis padres que bien caro lo estoy pagando, pero yo no me quejo, alguien tiene que limpiar la playa ¿no?
Este verano será especial, lo pasaremos juntos porque yo sé que me dirás que sí, sé que te gusto. Ya estoy saboreando tus labios y el tacto de tu piel…
Me he encontrado otro libro en la playa, este es de un tal Saramago, es un libro maldito, ha destrozado mis esperanzas, junto a tu nombre lleva una dedicatoria con una fecha reciente: “Para mi prometida, con todo mi amor: Pablo.”
Texto: Yolanda Nava Miguéle
Más relatos de verano aquí

Tango con luna

30 Ago

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Esta es la noche. Contempla su figura en el espejo, la imagen le satisface, la chaqueta bien ajustada, el pantalón gris que se acopla a sus piernas a la perfección, el pañuelo al cuello y el chambergo tanguero ligeramente ladeado, dejando caer apenas una sombra sobre su oscura mirada.
Es un hombre dispuesto a la conquista de su amor, quizás hoy sea posible el prodigio.
Sale a la calle, las manos medio ocultas en los bolsillos de la chaqueta, al pisar el asfalto su cuerpo inicia de una manera inconsciente el cadencioso movimiento de caderas de un compadrito.
Ella ilumina las calles que lo conducen a su cita mensual, hoy está espléndida con una claridad que hacia tiempo que no mostraba.
Ahí está su placita, el lugar de su declaración de amor. No hay farolas, no es necesario, su hermosa obsesión alumbra todo en el pequeño círculo que es su escenario.
Se coloca en el centro, durante unos segundos
permanece inmóvil, la melodía se acerca y llena su interior, sólo él puede oírla y el tango se inicia, el torso inmóvil, los pies empiezan a moverse, los brazos se levantan, en un claro gesto de abrazo sensual a una pareja invisible.
En el silencio de su mente, se deslizan mágicamente las estrofas.
“Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida…!
Sí, sabe que es una buena elección, su esquiva amante hoy tendrá que bajar y dejarse llevar entre sus brazos.
Se desliza con fiereza por la coqueta plaza, con destreza va resolviendo cortes, quebradas y firuletes, sintiendo dentro de sí todas las palabras de la canción.
“El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta…”
Los balcones son mudos testigos de sus sensuales movimientos, ni una sola luz se enciende en las ventanas.
 Apoyada en la baranda de su mirador Flora contempla el silencioso baile del hombre, no pierde ninguno de los movimientos. Sus ojos nostálgicos siguen con avidez cada uno de los gestos del personaje, de forma imperceptible su cuerpo parece acompañar el ritmo, sus viejos huesos protestan, está varada como una sirena en espera del milagro que cada luna llena se produce. Ilusionada por el regalo que la noche le entrega.
Más alejada, en el ventanal de la esquina, María se esconde tras las cortinas, sabe que la oscuridad impide que nadie pueda saber que está ahí, hace tiempo que se refugió en la soledad, nadie volvería a hacerle daño,  no padecería el dolor del desengaño.  Observa al bailarín, no puede evitar sentirse conmovida por ese derroche de pasión sin mesura que se despliega ante su mirada. Todos los meses espera impaciente la actuación, las noches de luna llena él acude puntual y ella durante el tiempo en que se produce este milagro de entrega, vive la emoción de un amor que ha renunciado a conocer.
Agarrando los barrotes con sus pequeñas manos, Victoria mantiene sus ojos abiertos, maravillada sin perder detalle de la coreografía fantástica que se desarrolla en la plaza, sueña con los príncipes que llegaran a su vida, quizás le ofrezcan como este danzarín el baile que dibuje durante toda su vida una sonrisa en sus labios.
Orlando, ajeno a las espectadoras que le observan, baila, sus ojos cerrados, sintiendo entre sus brazos el dulce peso de su amante, las lagrimas de felicidad se deslizan mansas por sus mejillas, esta noche sí, el ensueño está vivo. Su luminosa amante ha danzado en su regazo.
Texto: © Elysa Brioa Escudero
Narración: La Voz Silenciosa