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Tango con luna

30 Ago

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Esta es la noche. Contempla su figura en el espejo, la imagen le satisface, la chaqueta bien ajustada, el pantalón gris que se acopla a sus piernas a la perfección, el pañuelo al cuello y el chambergo tanguero ligeramente ladeado, dejando caer apenas una sombra sobre su oscura mirada.
Es un hombre dispuesto a la conquista de su amor, quizás hoy sea posible el prodigio.
Sale a la calle, las manos medio ocultas en los bolsillos de la chaqueta, al pisar el asfalto su cuerpo inicia de una manera inconsciente el cadencioso movimiento de caderas de un compadrito.
Ella ilumina las calles que lo conducen a su cita mensual, hoy está espléndida con una claridad que hacia tiempo que no mostraba.
Ahí está su placita, el lugar de su declaración de amor. No hay farolas, no es necesario, su hermosa obsesión alumbra todo en el pequeño círculo que es su escenario.
Se coloca en el centro, durante unos segundos
permanece inmóvil, la melodía se acerca y llena su interior, sólo él puede oírla y el tango se inicia, el torso inmóvil, los pies empiezan a moverse, los brazos se levantan, en un claro gesto de abrazo sensual a una pareja invisible.
En el silencio de su mente, se deslizan mágicamente las estrofas.
“Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida…!
Sí, sabe que es una buena elección, su esquiva amante hoy tendrá que bajar y dejarse llevar entre sus brazos.
Se desliza con fiereza por la coqueta plaza, con destreza va resolviendo cortes, quebradas y firuletes, sintiendo dentro de sí todas las palabras de la canción.
“El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta…”
Los balcones son mudos testigos de sus sensuales movimientos, ni una sola luz se enciende en las ventanas.
 Apoyada en la baranda de su mirador Flora contempla el silencioso baile del hombre, no pierde ninguno de los movimientos. Sus ojos nostálgicos siguen con avidez cada uno de los gestos del personaje, de forma imperceptible su cuerpo parece acompañar el ritmo, sus viejos huesos protestan, está varada como una sirena en espera del milagro que cada luna llena se produce. Ilusionada por el regalo que la noche le entrega.
Más alejada, en el ventanal de la esquina, María se esconde tras las cortinas, sabe que la oscuridad impide que nadie pueda saber que está ahí, hace tiempo que se refugió en la soledad, nadie volvería a hacerle daño,  no padecería el dolor del desengaño.  Observa al bailarín, no puede evitar sentirse conmovida por ese derroche de pasión sin mesura que se despliega ante su mirada. Todos los meses espera impaciente la actuación, las noches de luna llena él acude puntual y ella durante el tiempo en que se produce este milagro de entrega, vive la emoción de un amor que ha renunciado a conocer.
Agarrando los barrotes con sus pequeñas manos, Victoria mantiene sus ojos abiertos, maravillada sin perder detalle de la coreografía fantástica que se desarrolla en la plaza, sueña con los príncipes que llegaran a su vida, quizás le ofrezcan como este danzarín el baile que dibuje durante toda su vida una sonrisa en sus labios.
Orlando, ajeno a las espectadoras que le observan, baila, sus ojos cerrados, sintiendo entre sus brazos el dulce peso de su amante, las lagrimas de felicidad se deslizan mansas por sus mejillas, esta noche sí, el ensueño está vivo. Su luminosa amante ha danzado en su regazo.
Texto: © Elysa Brioa Escudero
Narración: La Voz Silenciosa

El ciclo de la vida

28 Ago

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María tiene ochenta años, Alba veinte días. Casi un siglo, dos generaciones biológicas – tres si consideramos el tiempo real- les distancian y separan. Ahora están juntas, sujetada la pequeña por los brazos temblorosos e inseguros de la mayor, que no cesa de sonreír y de decir palabras halagadoras; demasiadas palabras, frases repetititivas y estereotipadas que al cabo de un rato resultan cansinas:

– ¡Qué bonita es!. Hay que ver las manos lo pequeñas que se ven. Tiene mucho pelo, parece rubio…- y vuelta a empezar
-¡Qué bonita es…- Su débil cerebro no da para más, pero nadie duda de su emoción sincera y de que esa niña nueva,
su undécima nieta, supone el regreso por unos minutos a los tiempos en los que se sintió útil – esposa, madre, abuela- y que ella ignora, aunque empiece a sospecharlo, que nunca volverán.
Alba aún no sabe hablar, apenas sonríe, necesita ser alimentada y cuidada a todas horas para sobrevivir ( las crías de la especie humana tardan en ser autosuficientes), pero llora, mama y patalea como una jabata. María, en el extremo opuesto del ciclo vital, se vale por sí misma para comer, arreglarse y asearse, mas su conversación cada vez es menos inteligible y, aunque camina sin bastón, sus pasos carecen de rumbo y su día a día requiere casi tanta supervisión como los de la recién nacida.
Dentro de muy pocos años, tres, cuatro a lo sumo, sus papeles se habrán invertido: Alba se desplazará libremente, con algún tropezón que le enseñe a caminar con prudencia, y se comunicará con palabras para entender y hacerse entender; María se parecerá cada vez más a la bebita que ahora acoge en su seno, al cachorro humano incapaz de sobrevivir por sí solo.
Hoy, que todavía es mayor el empuje de la anciana que el de la niña, inmortalizo y retengo esos momentos como homenaje a la vida, que sigue su ciclo imparable y que a veces puede ser maravillosa.
Texto: Ángeles Hernández
Narración: La Voz silenciosa

Crisis

27 Ago

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A las ocho y media de la mañana la cola ya era infinita, una cadena cuyos eslabones se soldaban más fuertes a la cruda realidad. La oficina de empleo estaba situada en una calle del antiguo barrio latino, adoquinada y flanqueada por edificios de solera. El silencio reinante irrumpía en los corazones como una ola fría que helaba el alma y la esperanza. Nadie tenía prisa ni intentaba colar el turno.
El sonido de unos pasos firmes y rápidos que se acercaban a la cola de las horas muertas, atrajeron la atención de todos. Una silueta de aspecto infantil se paró al comienzo de la insana culebra. Lo que más llamaba su atención era un enorme lazo rojo sobre un pelo castaño terminado en unos tirabuzones que enmarcaban un rostro dulce de grandes ojos profundos y labios como cerezas frescas. La vestimenta resultaba extraña y algo ridícula, pero estaba impecable: un pichi azul cielo sobre una exquisita camisa de batista, unos calcetines del mismo color que el vestido resaltados por unos zapatos rojos brillantes.
-Buenos días-dijo- ¿Es aquí donde dan trabajo?
Los asombrados penitentes laborales no daban crédito
a lo que estaban viendo, el primero de la cola contestó:
– Trabajo, lo que se dice trabajo no es que den; pero si guardas cola cuando llegue tu turno formarás parte de un mundo laboral que no existe.
– ¿Cola? – contestó el extraño personaje- ¡No tengo tiempo para guardar cola.¡Tengo que trabajar! Por favor me dejaría usted pasar? Sólo me llevará unos segundos.
 Al decir esto, un diminuto yorkshire apareció de entre los brazos de la chica, arrugó su hocico mostrando unos colmillos nada despreciables para su tamaño y sus ojillos brillaron tomando un tono rojizo. Por su apariencia se notaba que no había comido carne en varios años. La cabeza de la cadena calibró la situación y llegó a la conclusión de que era mejor dejarlos pasar ante la sospecha de tener que soportarlos un minuto más.
-Está bien -dijo en un suspiro el primero de ellos -por mí puedes pasar.
La chica dio las gracias y entró en el edifico que en otros tiempos sirvió de hospital. Se acercó a la ventanilla de demandas de empleo y tosió.
El funcionario levantó la vista sobre sus gafas de cerca. Llevaba más de veinte años como funcionario del INEM y jamás había visto algo semejante.
– ¿En qué puedo ayudarla? -dijo.
-Pues está claro, ¿No es aquí donde dan trabajo? Pues quiero trabajo, mejor dicho, quiero cambiar de trabajo.
-Muy bien-. Contestó el funcionario- lo que desea es una mejora de empleo. Dígame su nombre, apellidos, en qué trabaja y los motivos para querer cambiar de empleo.
-Me llamo Dorothy Gale , trabajo en la tierra de Oz desde el año 1900 y el motivo de querer cambiar de trabajo es que estoy hasta el lazo de cantar el “Somewhere Over the Rainbow “. Estoy harta de este vestido y estos zapatos rojos; ¿A nadie se le ha ocurrido que en más de un siglo me han crecido los pechos y los pies? ¡Me aprieta todo ¡¡Me duele todo ¡¡Y estos malditos tirabuzones ¿Usted ha visto que alguien hoy en día lleve tirabuzones? Por no hablar de mis compañeros de trabajo:
 Un hombre de lata que tengo que engrasar cada cinco minutos, y entre usted y yo; desde hace unos años más por las partes bajas que por el resto del cuerpo, porque, según él, se atora. Un hombre de paja al que he repetido mil veces que debe seguir el camino de losas amarillas y no se entera. Y para colmo, un león que dice ser un cobarde, pero que más bien es un pillo que finge tener miedo para esconderse bajo mi falda. ¿Le parecen motivos suficientes, señor calvo con kilos de más?
El funcionario no daba crédito a lo que estaba oyendo- me llamo Filiberto-dijo algo tímido.
¡Ohh! ,Lo siento -contestó Dorothy- cada uno tenemos nuestros problemas. El caso, señor Gilberto..
-Filiberto, me llamo Filiberto – interrumpió el funcionario.
 Eso he dicho, Filamento. -El funcionario suspiró resignado- Como le iba diciendo, la bruja del norte me ha enseñado un folleto de los trabajos que hacen las chicas hoy. He visto a una tal Lara Croff, que viste monísima: pantalones cortos , ¡Muuuuy cortos !, camisas ajustadas y escotadas, lleva pistolas en los muslos , da saltos enormes , el pelo recogido en una maravillosa trenza, pega patadas a todos los hombres paja del mundo, es inteligente , guapa y sobretodo: ¡No tiene que cantar constantemente ! . He decidido que quiero ser otra Lara croff. Un ligero ladrido del yorkshire cerró el argumento.
 Filiberto seca el sudor de su frente mientras imagina el maravilloso día en que su jefe le regala un reloj de oro como agradecimiento a los años de servicio durante la fiesta de su jubilación. Vuelve a su ordenador e imprime una tarjeta de mejora de empleo.
-Aquí tiene, señorita Gale, su mejora de empleo. En cuanto tengamos una oferta que se adapte a su demanda nos pondremos en contacto con usted.
– ¿Ya está? -dijo Dorothy sorprendida- ¿Tan fácil? ¡Ohh, gracias , gracias, señor Undalberto!.
Dorothy agarró temblorosa su tarjeta de empleo y salió del edificio observando con admiración aquel trozo de papel que cambiaría su vida. Caminó por el centro de la calzada sin oír el estruendo de pitidos procedentes de la larga cola de conductores que siempre llevan prisa.
– ¿Ves Toto? -dijo- ¡Mira este papel ¡Es la puerta a la libertad ¡ . Es el sueño de toda chica moderna: Fama, riqueza… Es caminar por la vida con un enorme trasero y una gran delantera. Seré el objeto del deseo de todos; idolatrada, venerada y admirada. Conseguiré imitadoras, fans enloquecidos que me enviarán flores y regalos caros. Toto, míralo bien. En este papel se esconde una nueva Dorothy Gale. Dentro de muy poco, dejaremos esa horrible granja de Kansas y nos mudaremos a una X-BOX.Pero antes quemaremos estas malditas zapatillas rojas ¡¡¡POR ESTAS!!!
Texto: Mae (Ester)
Narración. La Voz Silenciosa

Sobre la palma de la mano

26 Ago

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¿Y dices que cuestan 10 euros?
– Sí.
Los dos miran al frente y se rascan la cabeza. A unos centímetros cae el primero.
– ¿Y la gente los paga para esto?
– Sí.
El veterano emite un sonido gutural, entre gemido, ronquido y carcajada. A unos metros todo son exclamaciones.
– ¿Y luego nos los regalan?
– Sí.
Un par más caen junto al pie derecho del recién llegado que se agacha esperando tocar algo de plástico, una imitación.
– ¿Y lo cojo y me lo como?
– Sí.
Mantiene sobre la palma de la mano el proyectil mientras mira de un lado a otro. Piensa que todo es una broma, no puede ser tan fácil. Él está acostumbrado a otras cosas.
– No me lo creo.
– Pruébalo.
El veterano se adelanta hasta llegar al primer objeto lanzado. Se pone en cuclillas, da un par de botes, y se lo traga sin apenas masticar. El nuevo le imita dejando vacía su mano derecha. Entre mordisco y mordisco comienza a gritar.
-¡Son gilipollas!
La gente, excitada por el éxito, desata una tormenta de cacahuetes sobre la jaula.
Texto: Alberto García Salido
Narración: La Voz Silenciosa

Un hombre libre

26 Ago

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El prisionero número 65044 fue sacado a culatazos del barracón por dos soldados, para ser llevado en presencia del comandante del campo. Cruzaron el patio por el que deambulaban decenas de cuerpos sin alma, enfundados en mugrientas bandas claroscuras, hasta llegar a las dependencias del oficial. Los soldados cerraron la puerta del despacho al salir, dejándolos a solas.

– ¿Sabes por qué te he mandado llamar?
–No, señor–. Respondió el prisionero con una sonrisa relajada en sus labios.
–Vengo observándote desde hace semanas…– dijo mientras tamborileaba con sus dedos sobre la funda de cuero de unos prismáticos. –… y hay algo que no alcanzo a comprender.
El oficial se levantó de su escritorio y se situó frente a su interlocutor que permanecía de pie. El prisionero le mantuvo la mirada sin ningún atisbo de tensión en sus facciones.
– ¿De qué se trata, señ…?– un puño enguantado se estrelló contra su boca, derribándole al suelo.
–Se trata de esa puta sonrisa judía
con la que desafías a mis hombres a diario–. Se aproximó a la ventana desde la que acostumbraba a observar el patio. – ¡Mírales! Ellos no sonríen. ¿Es que acaso trabajas menos que ellos? ¿Tu ración de comida es mayor? ¿Es más cómoda tu litera?
–No, señor… –Hizo una pausa para limpiarse, con la manga ennegrecida de la chaqueta, la sangre que le brotaba de los labios. – …me obligan a trabajar doce horas al día, a comer dos raciones de sopa aguada y a compartir las tablas de mi litera con otros quince compañeros de barracón… – El oficial alemán, sin dejar de mirar por la ventana, estiró su mano derecha hasta la funda donde portaba una Luger semiautomática. –…me han separado de mi familia, me han robado todos mis bienes, me maltratan y me humillan a cada momento, han acotado con alambradas el espacio por el que puedo moverme… –Al soltar el seguro, la pistola emitió un leve chasquido metálico. –… mi propia vida está en sus manos. Y aún así sonrío, porque mientras siga consciente, soy libre de decidir de qué forma me afectan las experiencias que vivo. Eso, por más que lo intenten, señor, nadie me lo puede arrebatar.
El eco del disparo se propagó por todo el campo de concentración. El comandante observó la pistola que empuñaba mientras se cuestionaba acerca de su propio grado de libertad. Trató de convencerse de que las palabras de aquel judío no le habían afectado en absoluto.
Texto: Pedro Manuel Alonso Da Silva
Narración: La Voz silenciosa

El andén número 3

25 Ago

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Alguien le había dicho una vez que las estaciones de tren eran como la vida. Tenía la sensación de que las personas acudían a esos lugares para no verse ,esperando el último momento en el que se miran para sospechar lo que ya es un recuerdo e intentar aferrarse a él, siendo demasiado tarde, pues el tren ya partió.

Lugares en los que ya nada permanece, en lo que todo está destinado a perderse como un eco. Donde los sentimientos se unen al girar sin fin de las ruedas del tren, para ser elevados y hundidos mil veces para acabar en algún lejano rincón, sin que nadie acierte a saber si algún día volverán.
Luz paseaba por el andén número 3 evocando los días en los que esperaba a Julián de vuelta de uno de eso largos viajes a los que se veía obligado asistir por motivos laborales.
No podía evitar fijarse en la cantidad de maletas que rodaban, derrengadas, tras los pasos apresurados de sus propietarios. El viejo reloj con sabor a siglos movía lentamente sus oxidadas agujas, invocando vidas que a veces se rompían y otras, simplemente se miraban pasar.
Los chicos del barrio la llamaban “la loca”. Cantaban a su paso una
estúpida cancioncilla:
“Abre una ventana
Abre la otra
Toca el timbre y sale la loca
Loca, loca… Luz la loca”
Luz gritaba en medio de cuerda locura:
– ¡Yo no estoy loca, no estoy loca!
El sonido de una voz femenina anunciando la llegada del próximo tren, la devolvió al ajetreo de la estación. ¿Qué estaba haciendo allí? Cerró los ojos en el intento de capturar una retentiva que la ayudara a situarse en el espacio, porque el tiempo ya hacía años que lo había encarcelado entre sus sueños.
-Julián. Estoy aquí por Julián, su tren parará en el andén número 3.
Se situó frente al tren y sus grandes ojos comenzaron a escudriñar a cada una de las almas que bajaban ansiosas o tranquilas, tristes o alegres. Para ella sólo eran diseños. Complementos de los que se podía prescindir. Eran las cosas de la vida que distraen de lo importante.
En pocos segundos el convoy quedó vacío. Consumido, como un largo intestino enfermo que acaba de escupir todo su mal.
Luz seguía allí, parada. Esperando, esperando… Como quien espera el suspiro que le enseñe lo que no aprendió de la vida. Aspirando, espirando. Como quien atrapa el perfume de una flor para lanzar la primavera.
Pero no había nada. El ansiado suspiro hace tiempo que perdió sus armónicos y la primavera hacía siglos que había sido vencida por la reina de las nieves.
Su vida ya sólo consistía en rememorar aquella tarde en el andén número 3 y esa voz que le dijo:
– Volveré el sábado. Espérame en el andén.
Luz emprendió unos pasos malgastados hacia la salida de la estación. Su vista se perdía entre papeles en el suelo y el balanceo de sus zapatos.
“Regresaré mañana – se dijo – regresaré siempre”.
Miró atrás y lo vio una vez más. Una figura gris, alta y delgada que alzaba una de sus manos en una no tan segura despedida.

Texto: Esther (Mae)
Narración: La Voz Silenciosa

Tarde de agosto

23 Ago

—¡Ya está bien con la pelotita de los cojones!
Levantó el puño, cejijunto y congestionado, los pelos del sobaco, ralos y sudorosos, las carnes del brazo, temblonas.
La niña de las braguitas estampadas con estrellas de mar se apresuró a recoger la pelota multicolor, que abrazó con fuerza, deformándola contra su pecho. Se acercó a la orilla riendo y, alzándola sobre su cabeza, la hizo oscilar antes de lanzársela de nuevo a una de sus amiguitas, que la recogió entre chapoteos y risas.
—Pero, hombre, Manolo, que no son más que crías y están en edad de divertirse…
—Y yo estoy de vacaciones, y tengo derecho a
disfrutar de la playa sin que unas mocosas me llenen la toalla y la boca de arena con la pelotita…
—Sí, sí, ya… ya… ya…
La mujer cortó en seco lo que prometía ser una nueva retahíla de quejas.
El hombre se retrepó en la tumbona, recolocó el sombrero de tela y respiró hondo, gruñendo entre dientes. Solo pedía un poco de tranquilidad, tomar el sol y no pensar en nada. ¿Acaso era tan difícil?
—Puto mes de agosto —masculló, lo suficientemente bajo como para que su mujer no lo escuchara, bastante tenía ya con soportar a los veraneantes vocingleros que se hacinaban en la playa como para aguantar un nuevo discurso de Doña Perfecta—, tenía que haberme quedado en casita, con el aire acondicionado.
El sol sobre la cara, el calor que le arrancaba goterones de sudor, el ruido del mar, los chillidos de los chavales al sentir el agua romper contra sus piernas, el olor a coco del aceite bronceador de Matilde.
—¡Perdone, señor!
La voz infantil, recortada por los jadeos, llegó a sus oídos segundos después que el golpe del plástico fofo de la pelota sobre su pie desnudo.
—¡Me ca…!
—¡Manolo!
El hombre se irguió en la tumbona y encaró a su mujer.
—¿Es que no tienen padres que los vigilen?
La serpiente se coló de nuevo en su corazón, retorciéndose, aprisionándolo en su abrazo de ofidio. La misma serpiente que estranguló su vida esa tarde de verano…
—No te hace ningún bien, Manolo —Matilde leía con nitidez en los surcos de su rostro avejentado, contraído por el recuerdo que se asomaba a él, recurrente.
De buena gana habría añadido que los niños no tenían culpa de ser niños ni de estar vivos pero, ¿qué ganaría con remover un poco más su dolor mal digerido? También se le fue a ella. “Pero las mujeres estamos hechas de otra pasta—se dijo, cerrando los ojos, dejando que el calor del sol la reviviera—, sabemos cómo sufrir. Pero él… pobre…”.
—Esos padres tendrían que estar pendientes de sus hijos… —insistió, en voz baja, incapaz de darse por vencido, dejando que drenase un poco de la amargura que se le acumulaba en el pecho como un veneno.
Matilde hizo como que no lo oía. El verano siempre le traía malos recuerdos. Ya habían pasado demasiados años como para suponer que algún día dejaría de sentir el desgarro que partió su vida esa tarde de agosto, cuando el accidente, cuando él se encontraba en otra parte.
Texto: Ana Joyanes
Más relatos de verano aquí

El viejo del perrito

22 Ago
Mira sin ver al frente con ojos blancos, opacos de matidez pétrea. No se desvía, siempre en línea recta hacia ninguna parte, el caminar perpetuo de ida sin vuelta. Sus pupilas muertas le apagaron el mundo para instalarlo entre nieblas confusas. Ya solo alcanza a guiarse por su pequeño lázaro, de andares tan viejos como los suyos, de mirada anciana apenas menos viscosa.
Los pasos arrastrados le mantienen sobre la tierra, aferrado a la vida por pura obstinación, vagando cansino de pura obsesión. Lo único que lo conecta a la realidad, la única referencia, por eso no despega los pies del suelo, por miedo a desaparecerse en sí mismo, atrapado entre las sombras espectrales de los jirones de sus recuerdos.
Aislado por una cortina espesa, se inventó sus grietas hasta que
el delirio lo invadió por dentro, hasta que dentro y fuera se hicieron una sola cosa, o ninguna cosa. Denso bloqueo de entradas y salidas para separarse de lo vivo y entregarse a un no vivir inmortal, imposible de pensar. No pensar, caminar, musitar palabras sin oyentes, entre dientes, sin dientes.
El pelo cano, casposo, el del hombre y el del perro. Las miradas perdidas olvidados los porqués. El perro también arrastra el caminar acompasándose al andar del viejo, imitándolo en incondicional simbiosis.
Y así cada día, todos los días deambulan por las calles de la ciudad siempre desconocida. Qué rayo de luz lo cegaría, ¿tan potente fue lo que iluminó que no pudo soportarlo?

Luz de Castilla

21 Ago

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Abro lentamente los ojos. No sé dónde estoy. En la ventana, una rendija deja entrar un suave hilo de luz. Es muy temprano.

Lentamente, adormilada aún, me siento en la cama. Mis pies sienten la vieja moqueta. Sonrío: ¡ya sé dónde estoy!
Abro la vieja ventana de madera, que chirría ligeramente, con un ruido familiar. Ante mí, la Catedral se descubre clara, enorme, preciosa contra el cielo despejado. El aire fresco y seco de la mañana inunda la habitación, lleno de campanas y graznidos de chovas. Ése es el sonido de mi Segovia. Sobre el frío silencio, campanas y chovas.
Unos pasos resuenan sobre la calle de piedra

y unas voces difusas ascienden hacia la plaza. La ciudad se está despertando, como yo.

Voy a la cocina. Desde su ventana se ve la torre del Alcázar a lo lejos, almenas en el horizonte. Como todas las mañanas, mi abuela ya está allí. El humo de su cigarrillo se enreda con la luz de la lámpara encendida. Su gran taza de café reposa al lado del periódico (del día anterior) que está leyendo. Me sonríe. Me siento con ella, y entre susurros planeamos el día, hablamos de todo. Los demás duermen, y lo harán un buen rato más.
Desde el comedor, se ve el Pinarillo sobre el curso oculto del Clamores. Entre ellos, la cuesta de los Hoyos, el enterramiento judío.
Desde la terraza, se ve a un lado la nueva Segovia, creciendo hacia la Sierra, y al otro, el amplio horizonte espera al sol, que se pondrá por la tarde en un precioso espectáculo de luz anaranjada y violeta.
Mi abuelo ya se ha levantado. Antes de desayunar, en bata, canturreando, está regando los lirios de la terraza con una jarra de barro. Tiene dos, porque sabe que a los nietos nos encanta ayudar. También aquí se oyen las campanas y las chovas…
En el patio, hay dos nidos de golondrinas. Su sonido resuena en la entrada. Vuelan elegantes al atardecer.
                                               …………….
Mi abuela ya es mayor, y mi abuelo hace años que no está. La vieja habitación de mi niñez está ahora ocupada por una muchacha. Mi abuela ya no fuma, ni se despierta pronto, está muy cansada, ya no hablamos de tantas cosas. Pero todavía me sonríe. Ya no me quedo en su casa. Tengo una casa que poco a poco va formando su propia historia. Pero ahí siguen las campanas y las chovas. Desde la cocina, se sigue viendo el Alcázar, y el Pinarillo desde el comedor. Y en la terraza, aunque los lirios ya no están, se sigue viendo la ahora gran Segovia y el siempre bello espectáculo del atardecer.
Ahora mis hijos corren por la casa de mi abuela (la bisa) y se asoman a la ventana. Me alegra cuando me preguntan, ansiosos: “mamá, ¿cuándo vamos a Segovia?”
                                   ……………………….
A finales de agosto, como las golondrinas, volaremos al Sur. Siempre dejo Segovia con tristeza. Pero Segovia espera, y recibe la vuelta con cariño; con frío silencio, campanas y chovas.

Texto: Teresa Giraldez
Narración: La Voz silenciosa

Un beso envenenado

20 Ago

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¡bueno, lo que me faltaba!, parejita de luna de miel arrumacándose en los asientos de al lado, no hemos ni despegado y ellos ya van volando. Sí, sí, aprovechen, que como no tengan el tren de aterrizaje engrasado ya verán el estrellazo. Siempre es igual, nunca se prepara el descenso con la aproximación y todo eso cuando se está en las nubes. Me suena, por eso ahora sólo viajo en avión, con profesionales, nada de vuelos rasantes con aficionados de pacotilla.Y me quedan cinco horas aquí amarrada, tragándome la telenovela ésta con final de perdices. Seguro que vienen de bodorrio de Ave María y tarta de merengue, vestido blanco roto para no ofender mucho a la virgen y oleadas de ¡viva los novios! No puedo…¡Ah, qué bien! Ahí viene la azafata con el aperitivo, me encantan esas bolsitas con mixto de frutos secos que sirven a veces, estupendo, así me entretendré durante un rato, aunque no debería, con las calorías que tienen, bueno, son pequeñitas las bolsas.Se zampa él los dos paquetes, claro, la flaca esa no querrá que una miserable caloría le vaya a mancillar su cincelada escultura. Sí, sí, te creerás que te va a durar toda la vida, guapa.Pasa otro rato de miradas arrobadas, roces, susurros. Y él que se atornilla en un beso de esos que acaban con la reserva de los pulmones, eterno. Me concentro en la pantalla con el mapa de la ruta prevista: distancia, hora local, tiempo estimado, temperatura exterior, ¿a quién le importará la temperatura exterior a diez mil metros?En eso que noto una agitación repentina en mis vecinos, él que grita: ¡Mayte!, ¡Mayte! Y Mayte que se ha puesto encendida, hinchada, que se ahoga, que ahora se pone azul, que se apaga. Y él que grita más, que la sacude. Y la azafata que corre por el pasillo. Y la megafonía que pregunta si hay un médico a bordo. Traen el oxígeno y el maletín de primeros auxilios, pero el médico no encuentra adrenalina.Él se desgañita poseído: ¡los manises, los manises!Yo me pregunto estupefacta: ¿tendré poderes?

Texto: Ángeles Jiménez
Narración: La Voz Silenciosa