Infidelidad

20 Sep
En Baeza se enamoró Elisa de un fantasma. Era lógico y posible teniendo en cuenta la alta población de espíritus que purga sus penas en los palacios e iglesias de la ciudad. Sus maneras exquisitas, su jubón carmesí y su gran lechuguilla le fundieron los huesos cuando atravesó sin querer aquel cuerpo de hombre translúcido mientras hacia una visita turística a la catedral. Fue amor a primera vista.

Desde entonces ella lo lavaba todas las mañanas con detergente para ropa delicada y lo colgaba bien estirado sobre una silla cerca de la estufa para que se secara. Cuando llegaba la noche hacían el amor hasta la extenuación y él quedaba arrugado como una pasa tras penetrar sin descanso la carnalidad de su enamorada.

Fueron felices, entre amaneceres perfumados de suavizante floral y madrugadas de lujuria hidalga, hasta que un día el caballero fantasma, tras esperar impaciente su baño diario, descubrió a Elisa gimiendo mientras dormía, con el cubrecama enrollado libidinosamente sobre el cuerpo desnudo. De nada sirvieron las explicaciones de la sorprendida amada. El hidalgo retó en duelo mortal a la traidora sábana blanca que resultó ser el espectro de Iñigo de Mora y Villegas, conocido mancillador de honras ajenas.

Texto: Mar Horno García

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El hombre del sombrero

20 Sep

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Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Sin dejar de acariciarlo y sin sentarse, empezó a hablar. Me contó todo lo que ocurrió aquella noche, el porqué de la sangre en su camisa, el porqué de las lágrimas en sus mejillas y por qué tenía que sacar una pistola de su chaqueta, apuntarme a la frente y disparar. Y rematarme si seguía moviéndome. Me dijo que no lo lamentaría. Que volvería a guardarse la pistola, volvería a ponerse el sombrero y saldría de mi casa como entró: en silencio.

Sacó la pistola y
se acercó a mí, la pistola rozaba mi frente y mi sudor acariciaba a la pistola. Y yo no cerré los ojos, pero los clavé en el suelo con el mismo miedo con el que apoyé mi espalda en la silla.

Disparó.

Quisiera pensar que con el ruido de la bala los pájaros huyeron del sauce de mi jardín, que mi cuerpo muerto formó una escultura elegante, digna de un gran final, que mi fallecimiento conmocionó al barrio, que el que disparó a ese hijo de puta no fui yo, que no fui yo quién se puso el sombrero tras apretar el gatillo,el que salió de esa habitación en silencio, el que dejó de recuerdo un espejo destrozado, cuatro botellas vacías y ningún cadáver.

Autor: Carlos Díaz González
Narración: La Voz Silenciosa

Cansancio y soledad

18 Sep

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Llegó desnudo al lecho, después de haber cenado su cansancio, envuelto en ensalada y en tortilla, acaso distraído por el vuelo de un balón indolente y caprichoso. Llegó desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en ensalada y en tortilla, acaso distraída por el llanto de la angustia infantil incomprensible. Y el lecho compartido fue, como cada noche, dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel. Cuando al amanecer, regresen los vigías a la almena, y las pupilas alcen sus portones, él se levantará cansado y triste, a ella la soledad le cubrirá los pasos presurosos, engarzados al tiempo que se fuga. Se cruzarán vestidos, perfumados, pero su paladar no sabrá a beso, sino a café y tostada, y no tendrán caricias como salvoconducto para el día, sino el vuelo indolente de un balón y el llanto indescifrable de la infancia. Durante varias horas, el lugar será trono de olvido, almacén de silencios compartidos. De nuevo él llegará desnudo al lecho después de
haber cenado su cansancio envuelto en un puré y en pescadilla, acaso distraído por la historia de un crimen imposible y farragoso. De nuevo ella entrará desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en un puré y en pescadilla, acaso distraída por el sueño de la infancia feliz e incomprensible. Y como cada noche será el lecho dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel.

Texto: Amando Carabias.
Narración: La Voz Silenciosa

Recital de narrativa SéBreve II

18 Sep
Pichar para ver programa
La asociación cultural 3d3 LiterArt organiza su segundo recital de narrativa SéBreve, el próximo sábado, 24 de septiembre, en Zaragoza, en el centro cívico Teodoro Sánchez Punter, sito en la Plaza Mayor del barrio de San José, desde las 10:00 hasta las 20:30 h. Que contará con la actuación del cantautor aragonés Mario Iriarte.

El recital constará de dos sesiones:

– Sesión matutina (10:00 – 13:30 h) donde se realizarán coloquios y se presentarán tres libros a cargo de los propios autores: Oscurece en Edimburgo, Tintas Distintas y Versos como carne.

– Sesión vespertina (16:30 – 20:30 h), donde narradores venidos de toda la geografía española contarán sus historias dispuestos a compartir una jornada literaria abierta y amena.

Fora Tempo

18 Sep
En las ciudades hay lugares que están entre paréntesis.
No es fácil descubrirlos, no se encuentran buscándolos como los otros. Lo sé porque me salen al encuentro, súbitamente, abordándome, sin tiempo para cambiar de acera como suelo hacer ante lo desconocido. Lo sé porque me detengo involuntariamente, sin motivo, miro a mi alrededor y los veo. Esos lugares te llaman. Luego ya, los conoces y te quedas. Y vuelves.
En ellos el tiempo transcurre de otro modo, fuera de los cauces habituales de lo cotidiano, a gusto del consumidor. Se detiene, retrocede, avanza más deprisa o más despacio, al ritmo de mis sensaciones o de mis pensamientos. Es inútil mirar la hora, ayer había pasado un minuto cuando pensé que eran horas, hoy ha pasado una hora vivida como un segundo.
Sólo a veces, cuando el reloj mide el tiempo de los otros, hago una pausa.
Entonces, una mujer tiende una lavadora oscura de ropa masculina en uno de aquellos balcones “otra tanda, la última, y esa mujer, y que sigue sentada en el parque, lleva por lo menos cuatro horas, vaya ganas, con el frío que hace”. Diez minutos. Disimuladamente disparo mi cámara, me mira. Un hombre pasa
 
con la bolsa del pan en una mano y el periódico bajo el brazo “a ver si ha llegado ya el abuelo o habrá que ir a buscarlo”. Me mira. Dos minutos. Un niño pasa corriendo atado a un perro, medio minuto, una caída, me mira, llanto, ladridos. El hombre deja el pan y el periódico en un banco y vuelve a consolarlo y recogerlo. Cinco minutos. El anciano, atraviesa el espacio lentamente, con dificultad:
– Buenos días- con sonrisa, parándose.
– Buenos días – las palabras me salen con sonrisa y con dificultad.
– Hace bueno hoy – se acerca-, un poco de frío, pero al sol se está bien.
– Se está bien sí- parca.
– Ale, hasta otra guapa, – vuelve a arrancar- me espera el hijo para comer.
– Adiós, no se entretenga que le he visto pasar hace un rato. Treinta minutos.
La mujer, que sigue sentada en el parque, enciende un cigarrillo. Mira el reloj y sonríe. Recuerda en ese momento que tiene que poner un programa corto para sus cuatro prendas, las que más usa, las más cómodas., mandar cuatro mails, hacer cuatro cosas. Hoy no le ha dicho nada su hijo de ir a comer con ellos. Vuelve a sonreír cuando piensa en su nieto. Mira el reloj. Hace otra foto. Cinco horas.
En las ciudades hay personas que están entre paréntesis.
Autora: Isabel Mª González Verdugo

Instante

17 Sep

El corazón calé martilla su pecho de amante mancillado tras acabar en un instante, de dos zarpazos ciegos, con la amistad traicionada y el amor sentido. Ahora en su cabeza solo queda un grito sordo y el vacío eterno teñido de carmín.

Los insectos dorados

16 Sep
Próximo el ocaso, caminaba en dirección a su casa distrayéndose con el sonido de sus pasos que se imponía sobre todo lo demás. A punto de girar para salir del lugar, distinguió entre el follaje de un arbusto un grupo de puntitos revoloteando sin ton ni son. Se desvío del sendero para averiguar, se detuvo a unos centímetros del arbusto y busco con la mirada. No tardo en quedar atrapado por el espectáculo…

Se dio cuenta que los puntitos gravitaban unos en torno a otros, se movían sinuosamente, alterando el ritmo cada tanto. Le pareció, luego de un dilatado examen, que había un orden, una especie de progresión de movimientos, como los de una coreografía; claro que, no sabía si se trataba de un proceso que avanzaba del caos al orden, o una constante que solo ahora era evidente. Cuando las sombras comenzaron a alargarse tomándose el lugar, los puntitos se detuvieron y luego se encendieron poco a poco hasta brillar como pequeños soles. Seguidamente se apagaron fundiéndose con la oscuridad, que para entonces, ya era total.


Texto: Marian Alefes Silva